Inicio » Colores » Alvarado, y mis tiempos de juventud
Alvarado, y mis tiempos de juventud

Alvarado, y mis tiempos de juventud

Ya cuando el tiempo se fue y los años se nos quedaron encima, solo quedan los recuerdos de aquellos maravillosos días de niñez y juventud. Lo demás lo dejo para después, porque la felicidad me ha cobijado tanto y siempre, que no quiero desaprovechar la oportunidad de contarle esa parte de mi vida.
Podría yo ser el centro de esta historia, pero alrededor de ella hay muchas gentes, anécdotas, situaciones y lugares que hacen de uno la vida más placentera, como aquella tarde noche en que cumplí mis 15 años y mi mamá, mi papá y mis hermanos me los celebraron

Ruperto Portela Alvarado

Ya cuando el tiempo se fue y los años se nos quedaron encima, solo quedan los recuerdos de aquellos maravillosos días de niñez y juventud. Lo demás lo dejo para después, porque la felicidad me ha cobijado tanto y siempre, que no quiero desaprovechar la oportunidad de contarle esa parte de mi vida.
Podría yo ser el centro de esta historia, pero alrededor de ella hay muchas gentes, anécdotas, situaciones y lugares que hacen de uno la vida más placentera, como aquella tarde noche en que cumplí mis 15 años y mi mamá, mi papá y mis hermanos me los celebraron.
Dice José José: Yo he rodado de acá para allá
Fui de todo y sin medida
Pero te juro por dios que nunca llorarás
Por lo que fue mi vida
¿Qué? al fin te lo han contado, amor
Seguro que te han dicho: Ten cuidado
Que un hombre que ha sido como yo
Acaba por volver a su pasado.
No se equivoca porque yo irremediablemente regreso a mi pasado en el recuerdo y en el amor a mí mismo, a mi tierra, a mis paisanos alvaradeños, a mis padres, mis hermanos, mi familia y mis amigos, siempre.
Era el año 1966 y cumplía 15 años. Nos sabía que en la casa de mis papás me tenía preparada una fiesta, mientras yo andaba por el barrio de la Fuente y llegué corriendo –como siempre—sin zapatos. No porque no tenía, sino porque no me gustaban al grado de que hasta los once años, en quinto grado, fui a la escuela con calzado.
Pero ese no es el asunto sino lo que sucedía cotidianamente. Frente nuestra casa vivía don Guillermo Peña, a quien conocimos como “El Negrito Peña”. Recuerdo que a su hija Camerina le gustaban muchos los cenzontles a los que les enseñaba a silbar muchas melodías. A su hermana “La Negra Peña” yo le hacia los mandados y por las tardes me mandaba a comprar tacos ahogados de Pompeyo porque los quería comer calientitos. Nunca le fallé.
Correr era mi pasión y lo hacía sin conocimiento de causa; casi por instinto. En ese tiempo también, la esposa de Felipe“El Loco” Tiburcio Enríquez, a quien le decían “La Chata” me pedía le hiciera sus mandados y una vez me mandó hasta el barrio de la fuente por un catre cuyas patas eran más largas que mi tamaño. Pero los dos o tres pesos que me pagaba, valían la pena.
Mi prima hermana María Elena Figueroa Alvarado hacía unos flanes congelados que yo vendía a 20 centavos, en el viejo mercado municipal que estaba ubicado frente al monumento a los “Héroes de Sotavento” en la prolongación del boulevard Juan Soto, de la chocomilería de Ángel Valerio que al lado estaba la cantina “Los Gansos” de Chema Roqueque.
Ahí, en ese mercadito que hoy quieren rehabilitar, empecé mi historia con la Sonora Santanera, pues a la entrada, donde ponía mi cajón repletos de flanes congelados, Carlos Cuellar tenía su restaurante “La Jarochita” y una rockola donde los clientes ponían su canciones por 20 centavos. Por eso le llamaban “traga veinte”, ya que a veces no salía la melodía.
De ese mercadito pasé al nuevo mercado municipal –ahora más viejo y deteriorado— que está en calle Llave y Juan Soto. Otra vez me encontré con esa rockola y las mismas canciones de la Sonora Santanera: “Luces de Nueva York” y “Cabaretera”, que tuvieron, no sé por qué, mucho éxito y que marcaron mis recuerdos. Por cierto, en el área de carga y descarga había una gran explanada donde se organizaban los bailes sabatinos y que hoy es una parte más del mercado alvaradeño.
Otra vez no me podría olvidar de las gorditas negras de frijol y blancas que hacía mi tía Anastacia con su inigualable chile jalapeño cocido y machacado en la chilera, que era una delicia. Por el otro lado estaba Luis El Chocomilero quien hizo un éxito sus preparados porque le ponía un toque de alcohol de 96 grados. Sin faltar los churros que hacía una señora de la que no recuerdo su nombre.
Eran tiempos buenos en ese mercado limpio y luminoso, donde llegábamos a las 5 de la mañana a instalar el puesto de carnes de puerco de mi tío Ángel Portela Sánchez y que muchas veces atendió mi primo Angelito Portela Chávez al que le decían “El Auténtico” porque su pregón a la venta de la rellena (tripa rellena de sangre de puerco preparada con cebolla, garbanzo, un tanto de tomate y cilantro) era: “aquí está la auténtica”.
En ese tiempo el ferrocarril Alvarado-Veracruz estaba en su apogeo. Ahí llegaban las lanchas cargadas de piña de Loma Bonita para cargar el tren al igual que azúcar y muchas veces maíz a granel, que entonces llegaba hasta el atracadero del ferry y la panga. En ese muelle se congregaban muchos vendedores, principalmente del barrio de la Fuete que vendían desde un chicle, empanadas, tacos, dulces, naranjas peladas, hasta un verso de picardía que hizo por largos años una industria que nos llevó “a la mala fama que nos han dado”, diría Pablito Coraje.
Mishi, el hijo de Víctor Luis Delfín el dentista, entonces se colgaba a los camiones cargados de piña que pasaban por la calle Dr. Luis E. Ruiz, Aldama, Galeana y Guerrero para tomar la carretera. Iba tirando y contando cada una de las piñas y, en una de esas, a Carmen Arano se le ocurrió levantar unas piezas que luego le tuvo que regresar, porque el “chavo” era de armas tomar.
También en ese paso de vehículos por la panga estaba el tradicional restaurante cantina “El Repriss” que ahora es un billar y antes bar “La Mojarra”, propiedad del actor René Muñoz. Toda una historia de Alvarado y los alvaradeños que se acabó con la construcción del puente, allá por el año de 1966, si mal no recuerdo. El puente también acabó con los negocios de comidas, restaurantes y vendimias que había en el lado de Paso Nacional, que después se fueron a unos metros de la caseta de cobro. Hoy ya no existen. En ese tiempo ya andaba yo como maletero en las estaciones de los camiones “Rojos de Los Tuxtla”, del AU y el ADO.
Allá por el barrio de la Fuente conocí a gente buena y bonita. Fueron mis amigos, pero más mis amigas, Irma Hernández Rojas, una pizpireta chamaquita; Virginia la hija de Machirula y su hermana Nelly; Martha hija de Don Toño el que vendía agua que cargaba en dos latas colgadas de un palo atravesado entre los hombros, porque entonces todavía no habían puesto las tomas para traer agua del Puerto Piloto. Fue cuando aprendí a matar y destazar puercos, freír chicharrones, embutir longaniza y rellena; ser mesero y hasta mandadero para llevar taxis a la cantina “El Gallo Rojo”.
En ese tiempo estaba el auge de Productos Pesqueros Mexicanos que nosotros le llamábamos el Puerto Piloto. Ahí llevábamos producto de puerco para el restaurante que funcionaba al interior y, como dice la canción, “todo se derrumbó…”. En esa explanada de la entrada del Puerto Piloto también se celebraban bailes populares que acabaron con el tiempo.
En la Fuente recuerdo a mi tía Esperanza Pérez y Juana Bravo Portela; y en lo que ahora es la colonia Valente Cruz a mi tío Sisto Pérez y otro al que le apodaron “El Águila Descalza” porque cuando fue a España a buscar los barcos, le hicieron ponerse zapatos –que nunca había usado—y ya abordo del avión se los quitó. Eso me cuentan.
Ahora a través de este invento de hombre blanco que es el Facebook, me he reencontrado con dos amigas de mis años mozos vividos en el barrio de la Fuente, como Sandra Luz Padrón Arredondo quien era una gran corredora de 75 y 100 metros planos y mi prima Virginia Alvarado Román, quien no ha perdido su sentido del humor y la amistad. También, entre muchos y después de más de 50 años de no saber el uno del otro, supe de Jesús Eduardo Rivera Magaña, mi estimadoChucho Rivera, quien fue mi compañero de equipo en atletismo y en la carrera de relevos con la antorcha olímpica en 1968. Saludos a todos.
De esta historia hay mucho que contar, pues la vida en Alvarado ha sido placentera y para los que hemos tenido que emigrar a otras latitudes por necesidad o gusto, la añoranza de nuestra tierra está presente siempre. Y como dice la canción,“algún día hasta tus playas lejanas, tendré que volver”…
Con un saludo desde la Ciudad del Caos, Tuxtla Gutiérrez y tierra del pozol, el nucú, la papausa y la chincuya…
Para contactarme: rupertoportela@gmail.com

Deja un Comentario

Tu dirección de email no será publicada. Required fields are marked *

*

3 × 4 =