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Animalidad

Animalidad

La naturaleza y la vida son igual de caprichosas. Justino Málaga pudo comprobar que el destino da tantas vueltas como un gato en caída libre

Óscar Aquino López / Portavoz

Kenny Lee Anderson comenzó a interpretar “Memory” con su voz dulce y potente. Caracterizada como Grizabella, personaje de la gata más vieja del basurero, endulzó el oído a los 547 espectadores que llegaron al gran teatro “Mesoamericano” a disfrutar la presentación de “Cats”, la legendaria obra musical de Andrew Loyd Weber.
Desde que escuchó los primeros acordes de esa melodía, Justino Málaga pudo percibir cómo se le erizó la piel; se sentía como fuera de la realidad, en otro mundo donde sólo estaban en el escenario todos los Jellicle Cats y enfrente, ocupando las butacas F-23 y F-24, él y su novia más reciente, Soledad Farid. Para él fue una experiencia inolvidable poder disfrutar el musical. Además, en la oscuridad del teatro, pasó traviesamente su mano hacia la butaca donde estaba sentada Soledad, después tomó su pierna con suavidad y la acarició durante toda la obra, así que el goce fue total.
Soledad Farid era una joven española recién llegada a esa ciudad en busca de una oportunidad como actriz de teatro. Unos meses antes conoció a Justino por casualidad, cuando ella tenía apenas unos días de haber aterrizado ahí. Fue un miércoles de agosto cuando coincidieron afuera de un cine, ambos llegaron solos; él, desde hacía un tiempo solía hacer todas sus cosas sin compañía de nadie. Desde que su esposa se fue de la casa, Justino buscó muchas formas de ocupar su mente y no desmoronarse de dolor. Ese día decidió ir al cine a ver “Atracción fatal”. Ella, Soledad, andaba por todos lados en solitario, recorriendo la ciudad tratando de adaptarse lo más pronto posible a ésta y así descubrir los sitios más importantes donde pudiese ofrecer sus servicios histriónicos. Soledad, por su carrera de actriz, acostumbraba ir al cine y al teatro, observar las técnicas de los actores y sacar conclusiones mentalmente de lo que podría hacer para mejorar sus actuaciones y consolidarse en ese mundo.
Por alguna razón, tal vez algún designio, llegaron ese día los dos al cine. A partir de entonces comenzaron una amistad cercana. Justino acompañó a Soledad las dos veces que se presentó a hacer casting, sin que obtuviera el papel. También estuvo con ella el día que impartió una clase de actuación por la que pagaron catorce actrices jóvenes.
En medio de esa búsqueda del éxito actoral, Soledad pudo descubrir que Justino se estaba volviendo cada vez más importante en su vida. La presencia de él se estaba encargando de borrar el recuerdo de la última pareja que tuvo en España.
Conforme fue pasando el tiempo, los días y los meses, Soledad y Justino estrecharon, aún más, su amistad. La confianza que ambos sentían mutuamente ayudó a que uno y otro olvidaran esos episodios dolorosos de su pasado. Así se dieron cuenta de que habían comenzado a quererse y necesitarse. Así iniciaron una relación amorosa.
Justino era un hombre solitario que por momentos llegaba a parecer siniestro pues siempre tenía el ceño fruncido y daba la impresión de vivir enojado, aunque en realidad era un sujeto afable, de buena voluntad.
Desde el día en que su esposa se fue, la casa donde vivían le quedó demasiado grande a Justino para vivir solo, por eso decidió ofrecer en renta dos habitaciones que antes fueron ocupadas por todas las cosas, muebles y recuerdos de su ex esposa. Ella se llevó todo. Él era un hombre simple, no gustaba tener demasiadas pertenencias materiales, prefería alimentar su corazón y espíritu por medio de la meditación.
Cuando era niño sufrió severas complicaciones respiratorias, se ahogaba repetidamente todos los días, si se enfermaba de gripe, podía terminar en neumonía. Sus padres estuvieron muy al pendiente en todo su crecimiento. En aquel entonces, visitaron especialistas en busca de una respuesta convincente acerca de lo que estaba sucediendo con la salud de Justino. Por fin encontraron al doctor Tovar, un pediatra especializado en asuntos respiratorios, quien se encargó de hacer exámenes médicos al niño, además de una profunda investigación acerca de sus hábitos y los de sus padres adentro de la casa.
Justino, su madre y su padre vivían en una casa suficientemente amplia para alojar a la familia, dos gatos y dos perros, además de tres cotorritas australianas, puestas en jaulas separadas en el patio trasero. Esas pequeñas aves siempre causaron curiosidad en Justino, quien solía admirarlas sin hablarles, disfrutando los tornasoles que se formaban en el plumaje de cada una de ellas.
La madre de Justino siempre fue protectora de animales, solía adoptar perros y gatos de la calle para darles hogar y alimento. Así fue como llegaron los animales que en ese momento tenía como mascotas.
El doctor Tovar, después de las pruebas clínicas que realizó durante semanas a Justino, por fin encontró la respuesta y se la dijo a los señores:
-Su hijo es alérgico a los animales. La presencia del pelo que sueltan los gatos y los perros está provocando estas complicaciones. Será necesario que se deshagan de ellos y comenzaremos el tratamiento con Justino-.
Desde ese día, los animales quedaron completamente prohibidos en la casa. Justino creció sin mascotas, nunca logró sentir alguna afinidad hacia los animales, aunque siempre reconoció la gracia y belleza de algunas especies.
Sin embargo, la vida y sus casualidades pusieron a Justino en la situación de haberse quedado solo, sin esposa y con una casa demasiado grande nada más para él. Fue entonces cuando comenzó una historia con la que terminó convencido de no volver a tener cerca a ningún animal.
Sucede que Justino ofreció en renta los cuartos vacíos de su casa, pensando en recibir un dinero mensual extra al que obtenía en su trabajo como redactor. Pensó que esa podría ser una solución efectiva a la abrumadora tristeza que sentía y que se acentuaba al llegar a su casa y ver tanto espacio vacío y oscuro. Incluso, llegó un momento en el que sintió miedo de ir hacia la parte posterior de su casa, donde sus padres tenían a los animales cuando él era un niño.
Aunque, en realidad, él era la única persona que sabía al cien por ciento qué tipo de pensamientos pasaban por su cabeza al verse en esa situación.
En esos días recibió la visita de un grupo de conocidos, entre ellos iba una joven morena de evidentes curvas, quien llegó como invitada de una de las conocidas de Justino, Belén Regueiro. Esa ocasión también estuvieron otros amigos. Justino compartió con todos, sus anécdotas de vida, desde la infancia hasta su experiencia de casado; después les enseñó la casa completa.
Entraron al pasillo estrecho de azulejos verdes en el suelo, en seguida el corredor con piso de cemento gris, continuaron hasta llegar a la primera recámara, donde, ahora, Justino dormía solo, después de haber compartido la cama con su esposa, de quien acababa de separarse.
Cuando llegaron a la parte posterior, mostró a sus invitados las dos habitaciones que habían quedado vacías. Fue entonces cuando la morena de curvas evidentes, quien en realidad se llamaba Zoila, le propuso a Justino que le permitiera vivir en ese cuarto a cambio de la renta que él solicitase. Él sintió que era demasiado rápido para responder, aunque en el fondo se sintió interesado.
Terminaron de recorrer la casa, Justino evitó dar una respuesta inmediatamente a la propuesta de Zoila y todos regresaron a la parte frontal de la casa, donde estaban sentados al principio. Justino reaccionó hasta el momento cuando todos dijeron que ya se iban. Pensó que, quizá, no volvería a ver jamás a Zoila y dejaría ir la oportunidad de generar ingresos, tener en servicio la casa y evitar la soledad que, para esos días, ya lo tenía agobiado. Por todo eso, antes de que Zoila saliera de la casa, él le dijo que aceptaba darle rentada la habitación y que podía pasar sus cosas cuando quisiera.
Ella no dudó en aceptar. A los dos días estaba tocando el timbre de esa casa; era de tarde, Justino abrió la puerta, la vio a ella parada frente a él, cargando una mochila repleta de ropa, detrás de ella estaba estacionado un coche con todas las pertenencias de Zoila. Entre todas las cosas que llevaba consigo, Justino pudo ver a un gato, al cual tenían adentro de una caja de cartón.
Preguntó si el gato era suyo, Zoila dijo que el animalito se llamaba Luthor y era su fiel compañero, por lo tanto, lo había llevado a la casa. Justino se sintió acorralado, por un lado, nunca hablaron acerca de que ella tenía un gato y, aún así, él aceptó el trato. Por la otra parte, estaba el hecho de que Justino llevaba toda su vida alejado de los animales a consecuencia del mal respiratorio que lo enfermó en la infancia. No sabía cómo interactuar con un gato. Ya se temía lo que podría pasar: Que el gato quisiera estar adentro de la casa y no en el patio, además de los efectos negativos que podrían ocasionar los deshechos del felino si ese aspecto no era bien cuidado por ella.
Pero su palabra ya estaba dada, no había vuelta atrás. Justino permitió que Zoila se hospedase en una de las habitaciones junto con el gato. Luthor era un felino de tamaño mediano, su pelaje era gris con algunas franjas blancas; era de edad corta, muy inquieto, difícil de domesticar porque prefería salir a rondar por las azoteas en las noches y volver con su protectora únicamente cuando necesitaba comida.
Esa noche, la primera de ambos en la casa de Justino, transcurrió sin contratiempos. Casi a la media noche, ella apagó la luz del cuarto. Justino se dio cuenta desde el pasillo de azulejos verdes; también vio que, con la luz apagada y Zoila profundamente dormida, Luthor salió de la recámara hacia lo profundo del patio; de un salto se subió en una barda y caminando sobre el borde se perdió entre la noche serena.
Justino volvió a ver a Zoila hasta la noche siguiente. Cuando él llegó de trabajar, entró en la casa y vio que ella estaba en el patio sacudiendo un tapete y ordenando cosas en un pequeño rack para utensilios de cocina. Él, la saludó de lejos, entró en su recámara donde permaneció por un buen rato. En eso hubo un silencio que inundó toda la casa, fue sólo un instante, pero suficiente para que Justino pudiera escuchar maullidos como si hubiera un grupo de gatos cerca de ahí.
Cerca de las once de la noche, Justino salió de su habitación hacia el pasillo, se disponía a salir a dar un paseo, pero antes de que llegase a la puerta, escuchó que Zoila lo llamó desde el patio. Él atendió el llamado, fue hacia ella tratando de adivinar cuál era el motivo de su inquietud.
Zoila se sinceró desde el principio de esa conversación. Le explicó que había terminado de llevar a la casa sus pertenencias, pero entre ellas había una gata llamada Tatcher y un gato llamado Vader. En total, Zoila tenía tres felinos. Para ese momento, los tres estaban ya en casa de Justino; los maullidos que escuchó momentos antes fueron de esos mismos animales a los que ahora se veía obligado a aceptar como inquilinos. Después de más de 20 años de vivir sin un sólo animal cerca de él, ahora tenía que compartir su hogar con tres de ellos.
La vida en casa de Justino comenzó a cambiar gradualmente. En pocos días, los gatos prácticamente se habían apoderado de todos los espacios. Se metían en el cuarto que aún seguía vacío, ahí orinaban y defecaban. Hacían lo mismo en el patio, en la azotea y, seguramente -pensaba Justino- también en los techos de las casas vecinas.
Zoila, en realidad, no era una experta protectora de animales, era más bien una coleccionista de perros y gatos abandonados en la calle. Ella los recogía y adoptaba a pesar de que no tenía un hogar propio; entonces optaba por rentar lugares con espacios abiertos con tal de que por ahí pudieran estar libremente sus animales. Sin embargo, no contaba con recursos propios suficientes para la manutención de sus mascotas. El resultado de todos esos factores fue que la vida se salió de control.
Justino, casi obligadamente, aceptó la presencia de los gatos en la casa mas especificó que no debían entrar en los espacios cerrados. De alguna manera, sentía temor de que la manada pudiera causarle los mismos males que lo aquejaron en la infancia.
Las cosas empeoraron con el paso de los días. Una tarde, al entrar en su cuarto, Justino vio con asombro y enojo que Luthor estaba echado, durmiendo una plácida siesta encima de una de las almohadas de la cama. Con una escoba lo azuzó hasta que el gato se fue de la recámara.
Al día siguiente, cuando caía la noche y Justino estaba acostado en su cama leyendo una novela de Ernest Hemmingway, se vio sorprendido por un alboroto repentino, parecía que alguien estaba golpeando la loza de la azotea. Instantes después se escucharon gruñidos y maullidos, por último, Justino vio a Luthor caer desde el techo de la casa, enredado en un pleito feroz con un gato al que nunca antes había visto. De lo alto caían mechones de pelo de gato desprendidos en el fragor de esa batalla originada por razones desconocidas y únicamente posibles de explicar dentro del mundo y la lógica animal.
Pocos días después, Justino despertó en la madrugada, sintiendo que se ahogaba. Tenía la sensación de que algo estaba bloqueando su garganta y le estaba impidiendo respirar. Se angustió porque el ahogo no se quitaba con golpes en la espalda, ni levantando la cabeza hacia el cielo, ni poniendo los brazos hacia arriba. En pocas palabras, sintió que se moría.
En las siguientes horas de ese día volvió a tener tres episodios similares. En ellos volvió a sentir que se le tapaba el paso de la respiración. En la tercera fue necesario que él mismo se azotara de espaldas contra la pared y sólo así logró destapar sus vías respiratorias.
Justino tuvo que ir a que un doctor lo revisara y le dijera qué estaba pasando. La respuesta fue muy sencilla una vez que contó sus antecedentes clínicos de la infancia. El doctor le dijo que tendría que deshacerse de los gatos inmediatamente porque eso que tenía era un cuadro alérgico provocado por la cercanía con los felinos.
Al volver a casa, Justino explicó la situación a Zoila y le pidió que se llevara de ahí a todos sus gatos. Ella, hasta dos días después, pudo llevarse a Vader. Sin embargo, en las siguientes horas, Tatcher dio a luz a cuatro gatitos. Es decir, se fue uno, pero nacieron cuatro. Zoila nunca avisó que su gata estaba embarazada cuando llegaron a vivir en esa casa.
Zoila se vio en aprietos ante la necesidad de llevarse a los gatos y ante su necedad de querer mantenerlos a pesar de su precaria situación económica. Uno de esos días, Justino, quien, gracias a los medicamentos recetados por el doctor, había controlado los ahogos, decidió salir al patio para ver de cerca a los pequeños gatitos que aún seguían ahí.
Con una cámara fotográfica que tenía guardada en el cajón del bureau al lado de su cama, fotografió a los cuatro pequeños felinos que jugaban en el patio de la casa. Sin embargo, cuando estuvo cerca de ellos, Justino se percató de que todos tenían escoriaciones alrededor de la nariz. Se preguntó si serían consecuencia de algún pleito, aunque dudó de su teoría pues los gatos eran demasiado pequeños para ello.
Cuando tuvo las fotografías en sus manos, decidió mostrarlas a una mujer conocida suya. Ella, al ver las imágenes, reaccionó con enojo y comenzó a regañar a Justino, lo llamó irresponsable por permitir que sus mascotas estuvieran en esas condiciones. Le dijo que, si tenía mascotas, debía hacerse cargo de brindarles una vida saludable y feliz, y no tenerlos padeciendo sarna o siendo presas de algún hongo que estaba deteriorando su piel.
Justino no tenía idea de que eso estaba sucediendo con los pequeños gatos. En realidad, el día que los fotografió fue la primera y única ocasión que estuvo cerca de ellos. Por eso se le subió el coraje al escuchar a su conocida regañándolo por algo que no era de su competencia.
Al regresar a la casa, se dirigió inmediatamente hacia la habitación de Zoila, solamente para decirle que ese mismo día tenía que llevarse a los gatos. Le aclaró que ella podía permanecer en la casa, pero sin uno sólo de los animales. Zoila se fue con sus cosas y sus gatos al día siguiente. Desde entonces, la salud de Justino regresó a la normalidad.
Fue un poco después cuando conoció, por casualidad a Soledad, la actriz española con quien comenzó una amistad sincera que después se convirtió en cariño hasta que llegó el momento en que cambiaron todas las cartas del juego.
El día que ambos fueron a ver Cats en el teatro “Mesoamericano”, fue un día antes de que Soledad viajase de regreso a su país, para acudir a una audición, en busca del papel de Jennyanydots, en la versión española del gran clásico de Broadway en el que se representa la reunión anual de los gatos Jélicos o Jellicle Cats en el basurero, donde el gran líder de la manada elige al gato que resucitará en la vida Jelical.
Aquella era la oportunidad que Soledad estuvo esperando toda su vida. No podía faltar a esa audición, así que se las ingenió para conseguir el dinero para pagar los boletos de avión. Acomodó sus tiempos de tal manera que pudo ir a la obra de teatro con Justino y llegar con holgura de tiempo a la audición en Madrid.
Antes de partir, Soledad tuvo algunas complicaciones, una de ellas fue encontrar a quién encargarle que vigilase su casa durante su ausencia, la otra dificultad fue encontrar quién quisiera encargarse de su gata, llamada Celestina. Soledad se iría por espacio de un mes pues aprovecharía la estancia en su país natal para convivir con sus familiares y recorrer algunos sitios importantes históricamente hablando. Por ello no podía dejar sola a Celestina en su casa y necesitaba quién cuidara de ella pues ese animalito era muy importante para ella. Era su compañera, su consentida.
El día del viaje se acercaba y Soledad seguía sin poder dejar encargada a su gata. Sólo hasta que no tuvo más opción, y aún consciente de que Justino había pasado aquellos episodios funestos en sus intentos de acercarse a la vida felina, le encargó el cuidado de Celestina.
Justino volvió a sentirse acorralado. No podía fallarle a Soledad, se sintió en la responsabilidad de ayudar a que ella tuviera éxito en su audición y para ello necesitaba estar tranquila. Sin embargo, él, en lo más profundo de su ser, no quería tener ese compromiso ya que no tenía idea de cómo atender a una gata que, supuestamente, gusta de vivir en casa y no en la calle.
Con todo y el pesar que sintió en ese momento, Justino aceptó que Celestina se quedase en su casa. Pensó que lo mejor sería dejarla encerrada en uno de los cuartos vacíos, acomodarle algunos trapos en los que pudiera dormir y ahí mismo poner alimento, agua y un arenero para que hiciese sus necesidades fisiológicas gatunas. Así lo hizo.
El día después de Cats, Soledad abordó un avión en el que viajó, primero, tres horas, después transbordó y voló durante casi un día hasta llegar a Madrid.
Mientras tanto, comenzó la experiencia de Justino con Celestina. Primero, la gatita llegó a la casa, encerrada en un cesto para ropa sucia. Él la llevó directamente hacia el cuarto, ella no pudo ver el camino pues el cesto estaba envuelto con una tela oscura. En el cuarto, él acomodó un montón de trapos y ropas viejas que previamente preparó, después abrió el cesto y dejó salir a Celestina. Ésta se escondió rápidamente detrás de un montón de tablas con las que se armaba la cama que alguna vez estuvo en esa habitación. Justino dejó un traste con comida y uno con agua, también regó arena en el traste especial para que la gata pudiera cagar y orinar.
El animal era grande, robusto, con un pelaje muy fino, terso y con unos ojos color verde que podían hacerte sentir hipnotizado.
En el momento en que Celestina se escondió detrás de las tablas, Justino quiso confortarla pues la sintió temerosa, espantada, fuera de su lugar. Se acostó en el piso y arrastrándose, pudo acercarse a la gata. Intentó acariciarla; el animal, tímido, reculó, pero se dejó tocar. Justino comenzó a hablarle:
-No te preocupes, Celestina, yo te cuidaré y protegeré mientras Soledad no esté con nosotros-.
La gata hizo un movimiento ligero con la cabeza, fijó su mirada en el rostro de Justino y se quedó inmóvil, sin emitir un solo ruido, únicamente observando a su interlocutor.
Justino le repitió que la cuidaría y que no debía tener miedo. Le hablaba con una ternura inusitada, increíble para él mismo. La noche avanzó, Justino decidió salir del cuarto, al hacerlo cerró la ventana, apagó la luz, cerró la puerta y dejó a Celestina en el rincón, detrás de las tablas.
La mañana siguiente, después de haber realizado algunas actividades, Justino entró en el cuarto donde estaba Celestina. Primero la buscó por la cama en pedazos, pero no estaba ahí. En el cuarto sólo había una delgada caja de cartón, en la que no podría entrar la gata, además de eso, sólo estaba el montón de ropa que le puso a manera de cama. Debajo de esos trapos estaba agazapada Celestina.
Justino se acercó, ella se quedó quieta, se dejó acariciar; mientras él pasaba su mano por el cuello de Celestina, ésta se regodeó. Él volvió a decirle que no era necesario preocuparse porque todo estaría bien. Esa misma dinámica la realizó cuatro veces en el segundo día que la gata estuvo en su casa.
En la noche del tercer día, Justino salió del cuarto. Celestina se quedó detrás de las tablas, pero cuando él apagó la luz, vio que la felina tenía fija la mirada en la puerta, como si estuviese pensando que por ahí podría escapar. Al menos eso pensó Justino.
Los olores de gato ya comenzaban a cundir por todo el cuarto porque había permanecido con ventanas y puerta cerradas. Antes de salir esa noche del cuarto, Justino pensó que sería buena idea dejar ligeramente abierta la ventana, con tal de ventilar la habitación.
Esa noche, Justino durmió sintiéndose tranquilo pues consideraba que había empezado a ganarse la confianza de Celestina. Pensó que, quizá después, podría permitirle andar libremente por toda la casa, pero para eso había que esperar.
Con esa sensación de haber avanzado en la encomienda de cuidar a Celestina, Justino se despertó la mañana siguiente. Lo primero que hizo fue ir al cuarto, quería saludar a la gatita pues se sentía entusiasmado con la idea de hacer una amistad con ella. Consideraba que Celestina podía ser la excepción a la regla en cuanto a experiencias de Justino con gatos a lo largo de toda su vida.
Al abrir la puerta del cuarto, se agachó buscando a Celestina cerca de las tablas. No la encontró. En seguida removió las ropas viejas. La gata tampoco estuvo ahí. Justino entró en alarma. La gata había desaparecido.
Justino recorrió tres veces la casa completa gritando el nombre de Celestina con todas sus fuerzas, no tuvo ninguna respuesta. En ese momento no sabía qué hacer porque ese mismo día esperaba una llamada telefónica de Soledad y estaba seguro de que preguntaría por su gata y no sabría qué responder.
Todo el día fue angustiante para Justino. Por su mente rondaban muchas preguntas: ¿Qué podía hacer? ¿Dónde podría buscar a Celestina? ¿La gata seguiría viva?
Esa noche, como pudo le inventó a Soledad que Celestina estaba bien, pero que pasaba mucho tiempo escondida en el cuarto donde la tenía encerrada. Al terminar la llamada, dejó el traste con comida y el de agua afuera, en el patio, como una carnada para hacer que volviera, entonces atraparla y volver a ponerla en el cuarto, pero sin volver a abrir la ventana.
Se durmió hasta tarde esperando una eventual aparición de Celestina por algún lado, pero no sucedió nada. Al día siguiente vio que los trastes estaban intactos. Nadie comió de ellos en toda la noche.
Fue hasta el quinto día cuando Justino sintió algo de esperanza volver a su alma. Como todas las noches desde que Celestina se fue, él salió a hacer guardia en el patio, esperando la llegada de la felina. En uno de esos instantes, Celestina apareció, asomándose discretamente, por la azotea de la tercera recámara. Justino, al verla, reaccionó con demasiado revuelo y eso espantó a la gatita; ésta retrocedió unos pasos hasta desaparecer.
Justino se quedó con una sensación extraña, una mezcla entre el alivio y el desasosiego. No podía creer lo que le estaba sucediendo. Él, que toda la vida había estado alejado de los animales, que no sabía nada acerca de cómo cuidarlos y que, incluso, los rechazaba, ahora tenía en sus manos la responsabilidad de recuperar a la gata más importante en la vida de la mujer a la que amaba.
En los días siguientes buscó diferentes maneras de llamar la atención de Celestina y convencerla de volver. Una de sus ideas más desesperadas fue colocar en el patio, junto a los trastes de alimento y agua, un par de pequeños muñecos con rostro de monstruos amigables, pensando que Celestina podría bajar a jugar con ellos. Como era de esperarse, esa estrategia no funcionó en absoluto. La que sí funcionó fue la de colocar un poco de atún fresco en un plato a un costado de las croquetas. Durante todo ese día, Celestina no apareció por la casa. Justino, cansado de esperar, se fue a dormir, pero a la mañana siguiente descubrió que ya no había atún en el plato. Celestina se lo comió.
-Sólo espera a que no haya gente cerca para bajar a comer- se dijo Justino a sí mismo.
Días después tuvo otro encuentro con la gata. Ella volvió a asomar sigilosamente sobre la azotea de la tercera recámara. En esa ocasión, Justino le habló y ella respondió con maullidos cada vez que él le dijo algo. Eso le dio una buena espina a él, sintió que por fin podía mantener en casa a la gatita. Rato después, esa misma noche, Justino encontró a Celestina en el pasillo de azulejos verdes. Ambos se vieron fijamente, él le habló con voz suave tratando de calmarla. La gata, de un salto llegó cerca de donde él estaba, al caer volvió a saltar pasando su cuerpo entre los brazos de Justino que no pudo atraparla; únicamente vio cómo se volvía a escapar con rumbo indefinido.
El problema más serio es que los días han pasado y Soledad está cerca de regresar desde Madrid, únicamente irá a recoger sus cosas, principalmente su gatita Celestina a quien se llevará de regreso a Europa donde comenzará la gira de Cats, en el papel de Jennyanydots, el cual obtuvo en el casting al que acudió.
Justino aún no sabe qué hacer para encontrar a Celestina. Ha tratado de encontrar soluciones viendo videos de la obra de los gatos Jellicles. Piensa que viendo a los personajes encontraría uno similar a Celestina y de esa manera sabría cómo proceder. Sin embargo, sabe de antemano que, en este caso, el teatro no es como la vida real. Ahora espera que Celestina llegue y se quede en casa antes de que Soledad llegue de Madrid, porque, en caso contrario, deberá encontrar una buena manera de contar que no ha sido capaz de cuidar a la mascota más importante de su vida. Lo único que tendrá seguro cuando llegue ese día, es que en su destino difícilmente habrá un nuevo episodio con gatos, a menos que sean los del gran Andrew Loyd Weber.

 

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