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Cotidianidades… / Luis Antonio Rincón García

Cotidianidades… / Luis Antonio Rincón García

Una razón que me motiva a seguir escribiendo, es el enorme disfrute que me produce leer, ya sea por el uso que un autor le da a la palabra, por las nuevas perspectivas que ofrece para observar el mundo, por el reto intelectual que implica o porque la historia es tan atractiva que detener la lectura me resulta un acto similar a desperdiciar un poco de vida.
Entonces, después del goce, sueño con alcanzar el nivel de esos autores que me hipnotizaron y sedujeron. Es evidente que, además, de esas lecturas tomo ideas, estrategias para contar el día a día y hasta motivos para generar nuevos textos. Y eso fue lo que me ocurrió en esta ocasión con esta columna, que nace inspirada en una de las “Arenillas” del Maestro Alejandro Molinari Torres, comiteco de corazón, intelectual generoso y un experto en el uso de la palabra.
El Maestro Molinari en su “Carta a Mariana, donde se cuenta cómo ingresa un nombre al diccionario”, con sutileza lanza un reto —o al menos así lo quise entender yo—, en el que nos invita a realizar ese juego de mencionar los diez libros de tu preferencia o las diez películas de tu predilección, pero ahora con palabras, es decir, armar una especie de diccionario sentimental, con aquellos vocablos que se refieran a conceptos, personas o lugares que hayan marcado tu andar por este mundo.
Apenas terminé esa “Arenilla” acepté el reto y comencé a buscar aquellas palabras que me han significado como persona.
La primera palabra que vino a mi mente fue “Verónica”, la portadora de la victoria, y es que así se llamó mi primer amor platónico. Cuando la conocí rondábamos por los once años, ella era una adolescente con una sonrisa contagiosa y un carisma irresistible a quien, desde aquel entonces y a pesar de la corta edad, la comprendí como la persona ideal para mí, con tal suerte que veintitantos años después nos volvimos a encontrar y comencé a llamarla “la dueña de mis quincenas”.
Honestamente, tan pronto pensé en su nombre sentí una especie de remordimiento, porque quizá “mamá”, “papá” y “Luvia” (la tía que me cuidó durante mi primera infancia) debieron ser las primeras en aparecer en la lista, en tanto fueron las primeras palabras que pronuncié en mi vida, o tal vez me pesó no haberlas puesto en primer lugar porque con el tiempo también para mi “hijo” —ese querubín que aún antes de nacer ya le había dado un giro a mi existencia— yo dejaré de ser el primer convocado en sus juegos, aventuras y tristezas.
También vino a mi mente la palabra “Argentina”, un lugar que amé y donde fui muy feliz, y por supuesto que también saltó al podio la palabra “Chiapas”, el imán eterno que siempre me hace volver para sumergirme en su alma.
Junto a ellas emergió “literatura”, un poco atrás aunque muy sonriente llegó la palabra “ilusión” —hermana de la magia y de los sueños—, y casi de la mano con ella venían los “vientos”, como el nombre del noticiero para niños y niñas, como la organización donde he jugado a crear fantasías por casi una década.
Entonces me faltó espacio para colocar “parachico”, “San Cristóbal”, “café con pan” —que si bien son tres, todo buen chiapaneco las conjunta en una sola—, “Pretty”, “Güerita” y, entre muchas otras, “agradecimiento”, porque fue lo que sentí hacia el maestro Molinari por invitarme a conformar un pequeño diccionario de emociones complejas, llenas de historias, pero que pueden ser enunciadas con una sola palabra. Espero que usted también se anime a realizar el suyo. Hasta la próxima.

 

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