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El enigma de Juan Rodolfo

El enigma de Juan Rodolfo

El misterioso silencio, difícil de resolver y de soportar, fue el distintivo en la historia de Juan Rodolfo; con la madurez, se llenó de soledad; en su rostro, ninguna señal de dolor

Óscar Aquino López / Portavoz

El 9 de abril de 1977, en el Centro Médico Santa Rosa, nació el niño Juan Rodolfo Navarro Vizcarra, pesó 3 kilos con 100 gramos, midió 46 centímetros, un bebé grande y fuerte que llegó al mundo gracias a la unión de don Magdaleno Navarro y la señora Valeriana Vizcarra; ellos se habían casado recientemente y no quisieron esperar más para procrear a su primogénito. Lo llamarían Juan Rodolfo, en memoria del abuelo de Valeriana, el maestro Juan Rodolfo Vizcarra Cazorla, célebre instrumentista y director de orquesta, fallecido cinco meses antes de la boda.
El pequeño Juan Rodolfo nació a las 13 horas con 21 minutos, en medio de la ansiosa espera de sus padres; ellos, durante el embarazo, jugaron a adivinar si su hijo se parecería más a ella o a él, si sus ojos serían cafés oscuros como los de Magdaleno o verdes aceitunados como los de Valeriana. Juanito fue, en ese momento, la imagen viva de lo que ellos definirían como felicidad. Lo fue todo.
El médico obstetra ayudó a Valeriana en los trabajos arduos del alumbramiento; los esfuerzos de ella se tuvieron que prolongar por casi cuatro horas en las que los pujidos se convirtieron en gritos y los gritos en alaridos de dolor con los que casi se desmaya a medio camino.
A pesar de lo complicado que fue, Valeriana logró dar a luz a Juan Rodolfo. Cuando el doctor dijo “es un niño”, Valeriana sintió como si de inmediato le hubieran sido devueltas todas las ganas y los hálitos que dejó durante el parto. Se le iluminó el rostro. Casi se podría decir que revivió.
Sólo hubo un pequeño detalle que dejó sorprendidos a todos los presentes en el quirófano del Centro Médico Santa Rosa. Una vez que cortaron el cordón umbilical, el doctor, dentro de su procedimiento habitual en nacimientos de bebés, asestó una palmada de mediana intensidad en las nalgas del recién nacido. La criatura, en vez de llorar, soltó una carcajada y rió con más fuerza con cada nalgada. Dos, tres, cuatro y el bebé siguió riéndose casi incontrolablemente ante el asombro de todos los demás.
El doctor dejó de golpear el pequeño trasero; el bebé paró de reír para quedarse en un silencio casi absoluto, sólo interrumpido por los ligeros resoplidos lanzados con su respiración al quedarse profundamente dormido. Fue un momento difícil de explicar; el médico no tuvo una respuesta científica. Era la primera vez que le ocurría algo así. Valeriana tampoco supo cómo tomar lo que acababa de suceder.
Momentos después, las enfermeras trasladaron al pequeño Juan Rodolfo a la zona de cuneros para practicarle los estudios propios de un neonato. Midieron el ritmo cardiaco y respiratorio, la presión sanguínea y los reflejos nerviosos por medio de golpecitos en las rodillas, con un pequeño artefacto con forma de martillo, especial para esas tareas.
Lo único que no pudieron hacer fue valorar los reflejos oculares pues el bebé no abrió los ojos en los primeros tres días de su vida; tampoco volvió a reír ni llorar, simplemente durmió y así, sin despertar, bebió la leche que le dieron las enfermeras en mamilas plásticas.
Magdaleno estuvo junto a Valeriana en los siguientes tres días, mientras ella se recuperó del parto y atendió de cerca el cuidado que llevaba Juan Rodolfo en los cuneros. Al pasar esos días, Valeriana y Juan Rodolfo recibieron el alta médica.
La emoción volvió a conmover a los nuevos padres cuando entraron en su casa por primera vez con el nuevo integrante de la familia. Esa misma tarde, mientras Valeriana amamantaba a su hijo, este abrió los ojos por primera vez. Fue un momento extraordinario. Ella presenció el instante justo en que el bebé dejó ver sus ojos color verde, llenos de luz y de energía.
Valeriana llamó a Magdaleno para compartirle la alegría del momento. Ella dejó de amamantar, colocó al bebé en la cama. Magdaleno y ella intentaron comunicarse con su hijo. Hicieron trompetillas, señas con las manos, cantaron canciones, le dieron vuelta a un carrousel de juguetes con lucecitas de colores que habían comprado desde antes de que naciera. El pequeño Juan Rodolfo no gesticuló ni respondió a los estímulos de sus padres.
Valeriana reportó telefónicamente la situación a un pediatra. Tan inusual habían sido algunos hechos particulares en los primeros días de vida de Juan Rodolfo que a todos les resultó complicado emitir un diagnóstico que no fuera obtenido por medio de exámenes más especializados y profundos.
En las siguientes ocho semanas, Juan Rodolfo fue sometido a tres tomografías, dos encefalogramas y otros exámenes neurológicos. Ninguno de ellos arrojó señales de que algo pudiera estar mal en el sistema nervioso de la criatura. Difícil adivinar por qué razón mantenía los ojos abiertos sólo por breves instantes y no hacía gesto alguno, ningún llanto, por hambre ni por la razón que fuese; ninguna risa, casi ningún sonido.
La felicidad causada por el nacimiento de Juan Rodolfo era igual en dimensión a su enigmático silencio y su inexpresividad, características inesperadas para sus padres, para los médicos y para todos los que conocieron la historia.
Todo el primer año de vida de Juan Rodolfo transcurrió en consultorios de diferentes especialistas que se sumaron a la búsqueda de un diagnóstico definitivo con el que pudieran iniciar el tratamiento más efectivo contra el silencio y la impavidés del bebé.
En la fiesta que sus padres organizaron con motivo de su primer cumpleaños, Juan Rodolfo volvió a sorprender a todos. Mientras su madre lo tenía en brazos, Juanito dijo -Fuego-, señalando hacia la velita encendida al centro del pastel.
Valeriana gritó de emoción ante la mirada inexpresiva de su bebé. Los presentes en esa reunión se acercaron a ver a Juan Rodolfo; intentaron hacerlo repetir lo que dijo, pero el niño solamente volvió a su estado acostumbrado de mutismo. Era grande la intriga que Juanito causaba entre sus más cercanos.
Nadie de ellos había presenciado algo así con niños conocidos, de hecho, no tenían memoria de ningún caso de ese tipo.
Lo complicado de la situación hizo que Valeriana y Magdaleno pusieran todos sus esfuerzos, primero, en saber qué ocurría y también en mantener la armonía dentro de su hogar. Sin embargo, no podían ocultar su preocupación.
Una tarde de esas, mientras Valeriana lavaba mamilas en la cocina de la casa, Magdaleno llegó de la oficina, encontró a Juan Rodolfo, de un año de edad, parado en la mitad de la sala, sujetando un pequeño trapo de color verde. Padre e hijo se vieron directamente a los ojos, ambos se quedaron parados, como petrificados. Magdaleno extendió sus brazos invitando a su hijo a unirse con él en un abrazo amoroso. Juanito no respondió. Por un momento permaneció ahí, de pie, después se dio la media vuelta y caminó hacia su habitación.
Magdaleno entró sorprendido hasta la cocina, donde Valeriana continuaba lavando mamilas sin haberse percatado de lo que ocurría con su hijo y su esposo en la sala. Él le platicó a su esposa lo recién ocurrido. Ella corrió a ver a Juanito, pero lo encontró acostado, durmiendo en su cuna, como si así hubiera estado por mucho tiempo.
Valeriana se molestó con Magdaleno, lo acusó de haber inventado la historia de que Juanito se puso de pie y caminó. Una discusión ocurrió esa noche entre ambos. Él, trató de convencerla de que todo era verdad, pero la impaciencia rompió con la paz y la armonía. Al sentirse ignorado por su esposa, Magdaleno gritó con fuerzas, producto, en parte, de la frustración ante todo el problema en que se había convertido la presencia de su hijo, y en parte también por no recibir comprensión de parte de Valeriana.
A mitad de la discusión, un sonido interrumpió la tensión; Juan Rodolfo estaba llorando en su cuarto, sentado enfrente de la ventana, balanceándose hacia el frente y hacia atrás. Sus padres intentaron hablar con él.
-Hijito, Juan Rodolfo, ¿estás bien?- dijo Valeriana.
Juan Rodolfo ni siquiera volteó a ver a su madre. Siguió meciéndose sentado en el piso, de frente a la ventana. La situación se fue haciendo cada vez más extraña y difícil de manejar para Valeriana y Magdaleno. Una de las principales aflicciones era saber qué sería de Juan Rodolfo cuando creciera y se volviera un hombre. Nada más complicado de saber.
El caso de Juan Rodolfo requirió la intervención de varios especialistas. Neurólogos, Psicólogos, Paido psiquiatras, terapeutas para problemas de lenguaje y hasta una señora con dotes en la brujería blanca y negra. Por años intentaron llegar al fondo del asunto. Juanito, en promedio, dijo una palabra por cada año de vida, es decir que a los 10 años de edad, únicamente había pronunciado 10 palabras y volvió a ser el mismo silencioso, sigiloso, extraño niño de siempre.
Un mes y cuatro días después de haber cumplido seis años de vida, Juan Rodolfo rompió su acostumbrado silencio para decir la palabra “Júpiter”. Eran las 2 de la mañana con 11 minutos. Esa noche, como todas las demás, Juanito dejó la puerta abierta de su recámara pues, aunque él no podía expresarlo facial ni verbalmente, sentía miedo. El sonido notable de la voz infantil despertó a Valeriana. Se puso las pantuflas después de batallar tratando de encontrar, en medio de la oscuridad, la pantufla derecha hasta encontrarla del otro lado de la cama. Corrió procurando no hacer mucho ruido, llegó a la recámara, encontró a Juan Rodolfo sentado en la orilla de la cama, con los pies descalzos y su pijama de ovejitas.
Con la mano izquierda estaba sujetando un trapo verde que solía abrazar al dormir. Sus ojos color aceituna, bien abiertos, se estaban fijos en el horizonte. No se percató de que su madre entró corriendo al cuarto. La tenía enfrente suyo, pero no la escuchaba, tampoco ponía su mirada en ella, a pesar de tenerla ahí nada más. Valeriana le dijo. -Tus ojos son misteriosos y dulces-. Él no se inmutó.
En un acto desesperado, Valeriana decidió quedarse ahí, hincada exactamente enfrente de su hijo de seis años; permanecería inmóvil si fuese necesario, pero esta vez estaba decidida a establecer algún tipo de comunicación con Juan Rodolfo, que al menos se vieran a los ojos por un momento. A las siete de la mañana con nueve minutos, Juanito se acostó, le dio la espalda a su madre, se durmió en el total silencio, sin señal alguna de advertencia. Su madre vio casi con horror cómo su hijo se tiró a dormir sin decir nada, sin mover un músculo de la cara durante más de cinco horas en plena madrugada.
Rendida física y moralmente, Valeriana caminó lentamente hacia su recámara. No lloró. Siempre hizo el esfuerzo de mantenerse estoica hasta descifrar el misterio de su hijo. Aquello no fue más que una nueva frustración por digerir. Al entrar en el cuarto, Valeriana encontró a Magdaleno completamente dormido, sin idea de lo que había sucedido en toda la noche. Con sólo verlo, Valeriana perdió el sueño.
La vida continuó con la creciente tensión entre Valeriana y Magdaleno. Ninguno de los dos podía decir una opinión útil; él, Magdaleno decía no poder hablar acerca de algo que ni siquiera comprendía. Ella consideró esa actitud como desinterés. Le recriminó por rendirse. Estuvo a punto de estallar una nueva discusión.
Los médicos encargados de Juan Rodolfo se reunieron incontables ocasiones, se esforzaron en ser asertivos. Cambiaron de diagnóstico seis veces, cada una de ellas implicó también el cambio de medicamentos. El resultado fue nulo. Fueron varios años intentando estimular con fármacos a Juan Rodolfo, sin conseguir nada. Ninguna novedad.
Juan Rodolfo creció, sus padres perdieron el ímpetu de seguir investigando el caso, pero en el año 1989, les devolvió un poco de esperanza. Un día de agosto, antes de las cinco de la tarde, comenzó a caer una lluvia fresca sobre la ciudad. Valeriana corrió a tapar cualquier resquicio de la puerta que daba al patio trasero para que no hubiera por donde pudiera filtrarse el agua al interior de la casa.
Encontró a Juan Rodolfo parado a medio patio, elevando los brazos al cielo, dejando que las gotas de agua cayeran sobre su rostro. Sonriendo con el sonido de las gotas sobre su cara. Fue una sorpresa mayúscula para Valeriana. Por primera vez, vio a su hijo sonreír. La emoción tímidamente expresada por Juan Rodolfo atrajo inmediatamente a su madre, ella, bajo la lluvia, se acercó a él, Juanito la vio a los ojos. No dijo ni una palabra, pero la vio y sonrió otra vez. Valeriana abrazó a su hijo con todas las fuerzas que encontró.
A partir de entonces, Juan Rodolfo se acercó más a las otras personas. Siguió sin hablar, sólo alguna palabra muy de vez en cuando. Se le hizo costumbre salir de su casa todos los días y pararse afuera, con la espalda pegada a la fachada, el cuerpo en posición de firmes y viendo en varias direcciones; a veces al frente, con la mirada perdida en la profundidad del horizonte; otras veces, observando el cielo, como en espera de que algo fuera a caer de ahí y otras tantas ocasiones, su vista se fijaba en el suelo y más particularmente, en el andar de las hormigas que caminan en una sola hilera, entrando y saliendo de un agujero en la tierra; cargando pedazos de hojas verdes. Juan Rodolfo veía todo el procedimiento de los insectos al trasladar comida hacia su hogar.
En esa pared de su casa se recargó miles de veces. Juan Rodolfo se volvió un hombre, pero igual de callado que siempre. Cuando rondaba los 35 años, en enero, el mes más frío del año, Juanito salió de su casa 16 minutos después de la medianoche. Hacía mucho frío y viento. Tenía el pecho descubierto, todo el plexus estaba en contacto directo con la noche casi gélida.
Se mantuvo de pie, ahí afuera, durante toda la noche. En la mañana, alguien lo encontró tendido sobre el piso de la banqueta, su rostro estaba casi morado de frío. Juanito, en su tiritar, intentaba decir algo, pronunciar alguna palabra que nadie entendería. La gente siguió llamándolo Juanito aun cuando ya era un hombre adulto.
Producto de esa noche fría, Juan Rodolfo enfermó de gravedad, una pulmonía lo debilitó considerablemente, pasó varias semanas en cama, con complicaciones respiratorias. Enfermo, casi agónico, Juan Rodolfo permaneció serio, con los ojos abiertos bien fijos en un punto exacto del techo de su habitación.
Al superar un prolongado tratamiento médico a base de antibióticos, inyecciones y nebulizaciones, Juan Rodolfo superó la neumonía. Su madre, Valeriana, en edad avanzada, lo vio sobrevivir. 23 días después, la señora murió. En su casa dijeron que si murió fue de tristeza y de frustración. Magdaleno buscó otros rumbos lejos de Juan Rodolfo.
Actualmente, Juanito tiene 39 años, vive solo en la casa que era de sus padres. Aprendió a moverse por sí solo, a bañarse y jugar con las gotas de agua cayendo en su rostro. Esa sensación le evoca el recuerdo de su madre, pero no puede expresarlo, como no ha podido expresar casi nada en toda su vida.
Hace poco sorprendió a sus vecinos cuando estos lo encontraron persiguiendo una gallina que se había escapado de una casa cercana. Entre la gente que lo conoce, lo cuidan, lo alimentan y lo quieren. Juan Rodolfo sigue viviendo en su silencioso mundo sin que alguien haya podido descifrar los enigmas que trajo de nacimiento.

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