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La historia de Perico, el campeón más pobre

La historia de Perico, el campeón más pobre

Senobio tuvo muy pocas opciones en su camino desesperado por salir del mal momento; su hijo, Perico, enfrentó las consecuencias de una decisión con la que no estuvo de acuerdo

Óscar Aquino López / Portavoz

Alguna vez en su juventud intentó dedicarse profesionalmente al boxeo. Durante casi cinco años concentró sus fuerzas y entusiasmo en entrenar con el profesor Adalberto Petris, en el gimnasio “Águilas Negras” del barrio Guadalupano. Pedro Santonio era su nombre, sus vecinos desde siempre lo conocieron como “Perico”.
En su infancia, la mayor parte del tiempo la pasó en el patio de casa de su abuela, un lugar en el que hallaba entretenimiento jugando con las gallinas blancas que normalmente estaban en el gallinero, encerradas detrás de la malla metálica, pero que él mismo liberaba para corretearlas después.
Se batía de tierra los pies persiguiendo animales, sonriendo, disfrutando de ser simplemente un niño, pero a su madre no le parecía tan divertido pues era ella quien al final tenía que lavar las ropas embadurnadas de sudor y polvo; lavarlas así, con las manos, tallarlas hasta quitar la mugre por completo. Eran extenuantes jornadas las que vivía la madre de Perico al lavar la ropa de toda la familia, que incluía a su esposo Senobio y a sus otros tres hijos, hermanos de Pedro.
Muchas veces, la madre de Perico, doña Lucila Gándara, estuvo a punto de abandonar a su familia. Desesperada por la pobreza infinita en la que se encontraban, se sintió impulsada a dejarlo todo e irse lejos. Fueron las peores épocas. Senobio, que era la cabeza financiera de ese hogar, iba para un año sin conseguir trabajo.
Pedro sentía temor de sus tres hermanos mayores por creer que no eran tan buenas personas como mucha gente pensaba; así fue desde que encontró a los tres pateando al unísono a un muchacho acurrucado sobre el suelo, recibiendo la golpiza con gritos, suplicando piedad, mientras ellos reían e insultaban al tipo bapuleado.
Pedro vio todo hasta el momento en que sus hermanos se fueron del lugar, caminando por la acera empedrada, sonriendo, abrazados todos como celebrando un logro. El desconocido se quedó tirado sobre el suelo, con sangre en la nariz y la boca; la ropa sucia y la cara también. Lo tundieron con odio. Perico no supo quién era ese sujeto y tampoco preguntaría por temor a que sus hermanos reaccionaran igual que contra el desconocido. Mejor guardar silencio. Siempre fue así, Pedro nunca sintió que tuviera derecho a opinar sobre las cosas de la casa y de la vida.
Se quedó con la duda sobre la identidad del hombre al que apalearon sus hermanos. Lo dejó en el pasado, pero lo tomó como el claro ejemplo de las cosas que lo hacían sentirse lejano a ellos. No podía indentificarse con personas así, aunque fueran sus propios hermanos.
Doña Lucila pasaba las horas de la tarde limpiando la casa; primero la cocina. Siempre había polvo en ese lugar, la tierra del patio trasero colindante volaba en diminutas partículas que terminaban formando una capa fina de pequeños brillantes tornasolados entre los que se marcaban las huellas de quien caminase por ahí.
Barrer, trapear y sacudir. En esas tres simples cosas, Lucila pasaba más tiempo del que cualquiera podría imaginar. Esa era su vida. Si no era la cocina, era la ropa, la habitación de ella y su esposo y la de los niños. Siempre había algo antes que ella misma. En realidad amaba a Senobio y a sus hijos, pero desde que la pobreza se apoderó de toda la familia, el ritmo y el sentido de la vida cambiaron radicalmente, sobre todo para ella, que era la encargada de todo lo relacionado con el hogar.
Se sentía cansada y con sueños, pocos a esas alturas, pero aún soñaba lograr cosas o ver que alguien de sus más amadas personas consiguiera éxitos en cualquier sentido y de la forma que fuese. Senobio era sin duda el hombre de su vida, pero el gesto recio del carácter firme que lo identificaba, se fue perdiendo con el tiempo desde que se quedó sin el trabajo de supervisor en el almacén de maquila.
Senobio tuvo que buscar trabajo en otras partes. La empresa en la que trabajaba hizo un recorte en la nómina operativa por ajustes financieros. Él y 13 más fueron obligados a firmar un acta de renuncia, con ello autorizaban la excepción en el pago de sus liquidaciones. La empresa estaba camino a la quiebra. Ellos fueron los primeros 14, unas semanas después se fue otro grupo. En menos de cuatro meses, el almacén quedó cerrado definitivamente, la empresa desmantelada. Los dueños se fueron de ahí.
Senobio estaba en la peor crisis de su vida. Sin dinero y sin saber hacer otra cosa que operar las máquinas de la maquila que ya no estaba en ese sitio. Intentó las veces de albañil, pero le fue mal. Pensó en aprender electricidad, pero el miedo a molir electrocutado lo hizo detenerse. Quiso vender verduras, pero su clientela rápidamente comenzó a quejarse por su poca capacidad de diálogo y su muy limitada paciencia. Más temprano que tarde abortó esa misión.
Una de las pocas cosas que paliaban su sufrimiento era acudir a la pequeña arena de box que improvisaba don Torcuato en el terreno detrás de su casa. Cada dos semanas, colocaban un graderío hecho de madera y en el centro el caudrilátero con cuatro postes de madera sembrados a mazasos, entre los que se ataba el encordado con sogas y sin esquineros. Boxeo en su estado más elemental, pero igual de emocionante que los grandes combates de aquella época.
Senobio acudía infaltablemente a las funciones de viernes por la tarde. De vez en cuando apostaba en las peleas estelares, pero nunca tuvo mucha fortuna, así que dejó de hacerlo y desde entonces se limitó a ver lo que ocurría en el cuadrilátero.
Entre las peleas más memorables que fueron protagonizadas en ese coliseo de la pobreza estuvo la que enfrentó al “Cañonero” Murcy contra Mariano “el torpedo” Muñoz. Desde el primer asalto, los dos salieron a entregar hasta la vida con tal de ganar. Fue un intercambio de golpes brutal. Murcy era famoso en el mundo de las peleas clandestinas por su golpe recto de derecha con el que había dejado en la lona a más de tres. Pero “el Torpedo” también tenía un arma con la que se distinguía de los demás peleadores: el gancho. Era preciso y contundente a la hora de pegar sobre la zona del hígado de sus oponentes. Un golpe de esos era suficiente para dormir las piernas del rival y después rematarlo con un volado hacia la quijada. El uno-dos manejado magistralmente.
Senobio estuvo de pie durante todo el combate. En realidad no tenía favorito entre los dos gladiadores, pero terminó emocionado por la forma de entregarse en nombre del triunfo y de la honra propia. Después de 10 rounds, no hubo un ganador. Pero los jueces dieron la victoria al “Cañonero” Murcy por decisión dividida. El veredicto encendió los ánimos entre los aficionados del “torpedo”. En grupo iniciaron el desorden que terminó en una batalla campal más intensa y sangrienta que la del box.
El box era algo que Senobio disfrutaba a fondo. Más cuando la vida se puso difícil por la falta de dinero. En sus sueños, se veía a sí mismo ganando campeonatos y dinero como boxeador. Pero el tiempo de hacer eso ya se había ido. Ahora sólo le quedaba la añoranza.
Pedro acompañó a su padre a cuatro funciones de box en la arena de la escasez. La primera vez se sintió asustado al ver los golpes que se daban entre ambos peleadores y la fuerza de los impactos. Sólo al ver ese espectáculo, supuso que difícilmente aceptaría participar en algo así. Ni por dinero.

Senobio tuvo que dejar de ir a la arena pobre, improvisado coliseo. Se resignó a la ausencia de emociones, al cambio, de la adrenalina a la tristeza y el hambre. Perico, el más pequeño de sus hijos, se acercó a él la tarde del primer viernes en que no fue a ver el box. El niño, triste igual que el padre, trató de calmarlo con caricias en la cabeza. Perico no sabía qué decirle a su papá al sentirlo desconsolado.
Esa noche, antes de dormir, Perico tuvo una idea. Iría en secreto a las peleas de box buscando alguien que pudiera ayudarle a su padre, quizá darle un trabajo, por lo menos darle la oportunidad de ganar algo de plata auxiliando como second a los boxeadores. Cualquier cosa estaba bien.
El pequeño Pedro cumplió su palabra una semana después, al siguiente viernes cuando, de nueva cuenta, fue levantada la arena de madera y el humilde encordado para los gladiadores sin gloria, Perico llegó decidido a que lo escuchase alguien con el poder suficiente y la posibilidad de ayudar a su padre. En primer lugar, pensó en ir hacia el grupo de señores que siempre se reunían en las gradas donde hacían sus apuestas, todas con dinero en efectivo.
Abraham Cerezo era uno de los dos sujetos encargados de levantar las apuestas antes de la pelea y entregar el premio al término de ellas. Se veía imponente con su sombrero tejano, botas y dos esclavas, una de oro y la otra de plata, colgando de sus muñecas.
La historia de ese hombre se volvió interesante gracias al box. Para ese entonces, llevaba 26 años promoviendo a peleadores llaneros como los que subían al cuadrilátero cada 15 días en el pancracio de la humildad.
Perico se acercó a él con cierta pena y tal vez hasta temor. Necesitó tomar mucho valor de quién sabe dónde para dirigirse hacia el señor Cerezo que estaba hablando con un joven. Le hablaba con un tono serio, imperativo, haciendo ademanes que Perico no comprendió; el pequeño sólo habló hasta que Abraham terminó su discurso hacia el joven.
Abraham Cerezo atendió amablemente a Perico. El niño contó la situación en la que se encontraba su padre y toda la familia; concluyó pidiendo su ayuda. Cerezo, sin dar una respuesta concreta, pidió que Senobio hablara directamente con él.
Abraham Cerezo manejaba las peleas de varios boxeadores, a todos les conseguía rivales de entre los hombres del pueblo, o bien, llevando a peleadores de provincias cercanas. Ganaran o perdiera, los púgiles ganaban dinero. La competencia ahí consistía en ver quién de ellos aguantaba más estóicamente los golpes.
Perico sintió que su padre podría ser un buen trabajador en las funciones de box. Al menos cada quince días ganaría algo de plata; obviamente, nadie podía asegurar que esa sería la solución a la crisis de dinero que estaban viviendo.
Esa misma noche, Perico habló con su padre, le contó lo que había hecho y la plática que tuvo con el señor Cerezo. Senobio conocía a Abraham pues era frecuente visitante de las polvorosas peleas en el coliseo de madera. Un poco incrédulo al principio, aceptó la propuesta de acudir al representante de los peleadores en busca de una oportunidad de trabajar.
Llegado el plazo, Senobio regresó al escenario de las peleas quincenales de box. Ese día, en el cartel lucían los nombres de Antonio el “Yaki” Fernández y Miguel “Huracán” Mendoza. Ambos púgiles se enfrentarían en la pelea estelar. Abraham Cerezo era el manejador de Fernández. Antes del combate, apostó 26 mil pesos a su muchacho. Sólo uno de los ahí presentes aceptó el reto.
Senobio vio correr el dinero de mano en mano, conforme fueron pasando las peleas. Minuto a minuto se sintió con más deseos de dejar su vida atrás y entrar de lleno en el mundo del box como second de algún talento a los que el señor Abraham sabía sacar dinero.
Al final de la función, Senobio fue recibido por Abraham Cerezo. Detrás de las gradas, ambos se reunieron. Perico no pudo estar en la plática, lo mandaron a ayudar a limpiar la sangre de los peleadores que acababan de bajar del ring. No tuvo opción. Tuvo que irse y dejar a su padre hablando con el señor Cerezo.
-Te doy 500 mil pesos por tu hijo Pedro. Si me lo vendes, yo lo sacaré de pobre. Lo volveré un campeón de talla mundial- dijo Abraham Cerezo, sin decir antes nada. Simplemente así hizo la propuesta.
Con esa cantidad de dinero, Senobio tendría para darle de comer y vivir tranquilamente con su familia por lo menos cinco años. Fue una propuesta tan interesante como desconcertante.
-¿Qué hará con él?- preguntó Senobio.
-Se irá conmigo a todas las giras del box. Primero será mi ayudante, después, quizás se convierta en campeón- respondió Abraham Cerezo. Le dio a Senobio un plazo de tres días para pensarlo y tomar una decisión.
Durante las siguientes horas, Senobio se mantuvo callado, de pocas palabras, pensativo; sin la voluntad necesaria para dejar a su hijo en manos de Cerezo, pero con un deseo inmenso de solucionar todos sus problemas económicos.
Los días, para Senobio, transcurrieron más lento de lo normal. En su cabeza giraron mil ideas, recuerdos de cómo perdió el trabajo y la estabilidad emocional, financiera, familiar. Sólo faltaba un rato para que tuviera que presentarse ante Abraham Cerezo con una respuesta sobre la propuesta de dejar a su hijo por 500 mil pesos o renunciar al dinero y seguir en la penuria. Durante los tres días, Senobio pensó muy bien lo que haría, pero no dijo nada a nadie, ni a su hijo.
Llegado el día, Senobio y Perico caminaron hasta el entarimado del box. Cuando llegaron había poca gente aún, no vieron a Abrahan Cerezo por ahí, sólo esperaron, dejaron pasar unos minutos y después apareció con su acostumbrada estampa con sombrero tejano, botas y sus esclavas, una en cada muñeca.
Primero se acercó a sus boxeadores, los que pelearían en la función de ese día. Los animó a ganar y les recordó que en caso contrario, perderían sus contratos y la posibilidad de seguir como púgiles.
Duna vez dejada claras las cosas con sus muchachos, Abraham Cerezo fue a donde lo esperaban Senobio y Perico.
-Qué bueno que vinieron, pensé que no te había interesado la propuesta- dijo Cerezo a Senobio, el tono de su voz dejó sentir un dejo de ironía. Apretó la mano de su interlocutor, abrazó tímidamente al niño y se quedó de manos cruzados, en espera de una respuesta.
Perico no sabía a ciencia cierta qué estaba pasando, pero todo lo quedó claro cuando escuchó a su padre decir: -Tenga, lléveselo con usted y que Dios los bendiga-.
Cerezo volvió a sonreír con la misma ironía que acostumbraba cuando se salía con la suya. Sin chistar, alcanzó un maletín que estaba encima de una pequeña mesa que, a la vez, era la que funcionaba como su escritorio de ejecutivo del box. En la bolsa, atados en fajos gruesos, había 500 mil pesos constantes y sonantes, todos para Senobio; con ello podría salir de pobre, resolver sus problemas y vivir tranquilamente por un buen tiempo. Pero, en cambio, abandonó a su hijo en manos de un extraño.
Al finalizar el acuerdo comercial, Senobio se fue sin decir palabra. Con los ojos a punto de explotar en llanto, sólo alcanzó a mururar “lo siento” cuando abrazó a Perico por última vez en la vida. Después de alejó con el maletín en la mano, en medio del bullicio en las gradas del coliseo.
-A partir de ahora serás mi ayudante-, dijo Cerezo a Perico. El niño estaba tan atónito que no pudo llorar. Se quedó en un silencio que evidenciaba su tristeza, su desconcierto y un naciente odio hacia su padre nunca experimentado.
Senobio, regresando a casa, contó el dinero. Con los fajos de dinero en las manos, salió de su casa dispuesto a saldar todas sus deudas. Así lo hizo, gastó mucho dinero en ello y aún así le sobraron suficientes billetes. Doña Lucila, su esposa, absolutamente confundida por lo que sucedía, decidió abandonar a Senobio para siempre. Los tres hermanos mayores de Perico terminaron en prisión por forasteros y asaltantes de personas inocentes.
Perico se convirtió en el ayudante principal de Abraham Cerezo. Ganó dinero gracias a su trabajo. Ahí creció, acudiendo a peleas en diferentes arenas en los pueblos cercanos al suyo. Dicen que le tomó cinco años prepararse a conciencia y entrenar como los mejores.
Nadie en el pueblo supo con certeza cuál fue el futuro de Perico. Hubo quien dijo que había alcanzado fama mundial en los cuadriláteros. Otros lo mencionaron como un entrenador exitoso. En realidad, el único que supo al cien por ciento la historia, fue Abraham Cerezo, el hombre que lo compró.

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