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“No habrá una nueva guerra fría, pero podría haber algo peor”

“No habrá una nueva guerra fría, pero podría haber algo peor”

Así lo cree el ministro de Exteriores ruso, Sergéi Lavrov, o al menos fingió creerlo amenazadoramente ante las represalias suscitadas por el ataque químico de Salisbury

Agencias

Regresan los aires gélidos y tenebrosos de una nueva guerra fría, otra vez entre Rusia y Estados Unidos. Soplan desde hace algunos años, especialmente desde el incendio de Ucrania, cuando se produjo la anexión de Crimea por Rusia en 2014, un hecho insólito en territorio europeo desde 1945. Pero se han intensificado en los últimos meses, por un puñado de acontecimientos, todos inquietantes.
Por una parte, Vladímir Putin ha terminado de consolidar su poder al asegurarse la presidencia rusa hasta 2024, camino de superar en longevidad política a Joseph Stalin, la figura histórica en alza con quien el actual inquilino del Kremlin comparte la idea de fortaleza y de protagonismo mundial. La pieza central de su campaña presidencial, ganada antes de librarla en las urnas, fue la exhibición de un nuevo arsenal de armas nucleares que declaró invencibles.
De la otra, el Londongrado de los magnates rusos ha proporcionado escenas que parecen extraídas de las novelas de John le Carré, como el ataque químico a un exespía de Moscú y a su hija y las expulsiones masivas de diplomáticos y agentes secretos rusos por parte de Reino Unido, Estados Unidos y una veintena larga de países aliados, replicadas inmediatamente por la Federación Rusa con medidas simétricas.
Washington y Moscú se hallan enfrentados también en dos contiendas peculiares. Una bien caliente y sangrienta, la de Siria, en la que ambos Estados mayores se coordinan para no dispararse directamente, pero aprovisionan, instruyen e incluso bombardean para favorecer a los bandos enfrentados que apadrinan cada uno de ellos: Rusia a Bachar el Asad e Irán, y Washington a los rebeldes suníes y a los kurdos. La otra, subrepticia pero bien ruidosa, es la que desarrolla Rusia en la ciberesfera, en la que se le atribuyen numerosas interferencias en elecciones y procesos políticos, empezando por la propia elección de Trump.
Atendiendo a las sonoras broncas en el Consejo de Seguridad, donde los embajadores intercambian terribles acusaciones de genocidio y de terrorismo, se diría que el mundo ha regresado a los cincuenta y sesenta. Si entonces fueron la crisis de los misiles de Cuba, Berlín dividido o la guerra de Vietnam lo que suscitaba los vetos y divisiones en el impotente máximo organismo de Naciones Unidas, e incluso una alineación en bloques polarizados, ahora es la guerra de Siria y especialmente el uso de armas químicas por parte de Bachar el Asad.
El miedo que atenazaba entonces al mundo era el de la destrucción mutua asegurada (MAD, en sus siglas en inglés) como resultado de un incidente incontrolado y de una escalada entre Moscú y Washington que condujera a un intercambio de disparos y al consecuente apocalipsis nuclear. Ahora el miedo se ha hecho plural, es más diverso. Persiste el temor nuclear limitado a la península de Corea, ante la escalada nuclear norcoreana y la espiral de amenazas que la ha acompañado hasta hace apenas unas semanas. Pero son el terrorismo, las inmigraciones descontroladas, el ascenso de las ideologías extremas, los brotes de nacionalismo étnico y la crisis de las democracias liberales lo que suscita los mayores temores de inestabilidad, pérdida de riqueza y aparición de conflictos calientes, especialmente en los lindes del continente europeo.
La idea de una guerra fría es una contradicción en sus términos, un oxímoron según el catálogo de las figuras de la retórica clásica. Si es guerra, es caliente. Si no es caliente, es que no es guerra. Fue un término surgido al final de la II Guerra Mundial ante el creciente temor a una inmediata tercera guerra, en la que se enfrentarían los dos aliados de la segunda, Estados Unidos y la URSS.
Por encima de la retórica y de las analogías siempre posibles y atractivas, lo que cuenta son las diferencias, que historiadores y politólogos sitúan en cuatro cuestiones. En primer lugar, el actual no es un enfrentamiento global, ni divide el mundo en zonas de influencia como sucedió entonces. No hay, en segundo lugar, un enfrentamiento entre dos ideologías y dos sistemas como eran el capitalismo y el comunismo. La tercera característica es que el actual no es un enfrentamiento bipolar y total, que busque la derrota absoluta y sin compromiso del adversario y con ella la hegemonía mundial. Finalmente, a pesar de los peligros actuales, no hay hoy nada semejante a la MAD, cuando el planeta entero se encontraba bajo la amenaza de entrar en un invierno nuclear después de perder a millones de sus habitantes y de sufrir la destrucción de numerosas ciudades como resultado de los lanzamientos nucleares encadenados.
La más destacada diferencia se concentra en el concepto de globalización, resultado directo del final de la confrontación bipolar y ahora considerada como irreversible nada menos que por el todopoderoso líder chino, Xi Jinping. A pesar de sus averías, que son muchas y serias, es imposible imaginar un mundo dividido en dos hemisferios prácticamente incomunicados y en competencia ideológica como era el planeta en los años de la auténtica Guerra Fría.
No habrá una nueva guerra fría, pero puede haber algo peor, una buena guerra caliente. Así lo cree el ministro de Exteriores ruso, Sergéi Lavrov, o al menos fingió creerlo amenazadoramente ante las represalias suscitadas por el ataque químico de Salisbury. Lawrence Freedman, profesor emérito del King’s College, comparte esta impresión (“La nueva guerra fría de Putin”, en New Statesman). Para este insigne historiador de la guerra, la mayor semejanza con la Guerra Fría es la posibilidad creciente de una guerra caliente, que tiene esta misma semana en Siria su punto de fricción más peligroso.

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