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Responso ante “las patrias” de Daniel Viglietti
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Responso ante “las patrias” de Daniel Viglietti

 Había nacido un 24 de julio allá, en el Sur del mundo, en el que éste no sólo existe sino vale y late como el lado azul del corazón. Como el lado aciago de nuestro país: precisamente el Sur

Jorge Mandujano

Para Ana Bustillo

● Había nacido un 24 de julio allá, en el Sur del mundo, en el que éste no sólo existe sino vale y late como el lado azul del corazón. Como el lado aciago de nuestro país: precisamente el Sur.
Su madre, una pianista; su padre, un guitarrista. Lyda Indart se llamaba ella. Cédar Viglietti, él (¿recuerdan el nombre en otros muchos espíritus musicales?)
Total que Daniel Viglietti nació al amparo de una familia de virtuosos, quienes lo llevaron de la mano por las amplias avenidas de la música clásica y, más tarde, por las veredas de la popular. Que, para el caso, es lo mismo.
Todo ese bagaje habría de conferirle harta disciplina cotidiana. Los varios quehaceres. Los trajines con todos y para todos.
Así, sus contenidos ya no eran secretos para nadie, en tanto había echado su suerte del lado de los desposeídos.
De hasta atrás y hasta ahí, nacieron sus “Impresiones para canto y guitarra y canciones folclóricas”, en 1963. De allí, en cascada cinco producciones más.
En la desesperanzada vigilia del año 1973, Daniel es aprehendido (aprendido, debió haber sido), en 1972; justo cuando se fraguaba el Golpe de Estado en su país. De ahí en adelante –recordarán, recordaremos- una campaña que vino del Sur y hasta la totalidad del Orbe: habría de poner en la calle al gran Daniel Viglietti, con la única salvedad: fuera de su Patria.

El Cronopio Mayor, Julio Cortázar, Jean Paul Sartre, Óscar Niemeyer y el mismísimo Francois Miterrand, habrían de encabezar la demanda internacional que puso a Viglietti fuera de la cárcel… pero también de su país.

Si algo ―o mucho― tiene que recordar la muchachada de la Gran Ciudad de México (más las que se sumaron desde la provincia), es su comparecencia en la explanada de CU, donde cantó interminablemente aquel memorable mediodía, hasta que “alguien” (quien pidió cantar), rompió una cuerda de su tan cálidamente amada guitarra.

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Andado el tiempo, en París, Daniel Viglietti habría de recordar la tarde remota en que Anaclara era la única utopía realizable, la perfecta. Así la trazó, y la propuso para los demás cantautores. Fue más allá: puso tiro ante los músicos del universo: para cantar, hay que tocar.

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Jubilada la pena de vivir en un país que no era el suyo. Concluido el exilio y –como me dijera alguna Jaime Sabines―, “como el niño que le dan permiso de asomarse por vez primera a la calle”―, Daniel volvió a Montevideo el 1 de septiembre del 84. Lo recibieron, no como héroe sino como el ser humano más honesto y más creativo del mundo.
Un año más tarde, habría de retomar los trajines con otro gran uruguayo universal llamado Mario Benedetti, quien tuvo en el exilio su mejor novela (La Casa y el ladrillo) y con quien ahora debe estar cantando allá en el cielo o en el infierno, diciendo ―no recitando―, los poemas más bellos, escogidos, los que nunca fueron escritos para ser canciones…

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