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Romper el silencio

Romper el silencio

Siempre he pensado que el amor y el desamor, así como la viruela, si te da ya grandecito puede conducir a la gran fiebre de la locura o, en un descuido, a la muerte. Por eso las mamás —y uno que otro papá responsable, de los contados que andan por ahí— aprovecha cualquier brote de viruela para que de una vez les dé a todos sus hijos y por fin despojarse del pendiente.

Rodrigo Ramón Aquino

Siempre he pensado que el amor y el desamor, así como la viruela, si te da ya grandecito puede conducir a la gran fiebre de la locura o, en un descuido, a la muerte. Por eso las mamás —y uno que otro papá responsable, de los contados que andan por ahí— aprovecha cualquier brote de viruela para que de una vez les dé a todos sus hijos y por fin despojarse del pendiente.
Conocí a la niña Mayra los primeros días de universidad. Mudita ella, casi no hablaba, o más bien, pensaba mucho lo que iba a decir. Afable, con esa peculiar cordialidad de los pueblos, su tiempo lo dedicó a cumplir con sus responsabilidades. Aplicada en el estudio, mesurada y prudente, jamás noté en ella los síntomas de la fiebre amorosa. Si tuvo dolor y lloró, también lo calló.
En 2008 nos graduamos de esta universidad. Ya pasó una década desde que nos despedimos. Dos lustros le gusta decir a los literatos. Mayra se convirtió en Mayya. Tan distintas una de otra. El silencio y el grito. La discreción y la exhibición del sentimiento. La Eva de las ilusiones. La Lilith de las pasiones. Metamorfosis que catalizó el amor.
El canto amoroso de Mayya en Primavera es dulce hasta el desbordamiento. En Verano tiene notas que se encaminan a poesía filosófica. En Otoño —mi capítulo favorito—, caen las hojas y se estruja un corazón. Atrás quedó la miel en la boca. Aquí es justamente cuando la niña Mayra no sabe decir dónde le duele y —para fortuna de sus mejores versos— llora.
“Hoy ha sido un día triste —escribe Mayya—, salió el sol pero no hubo un buenos días, una bendición desde tu boca, desde tus manos; esa es la carga que he tenido en las últimas 14 horas.”
¿Notan la desesperación? Sólo han pasado 14 horas. El duelo continúa:
“Si supieras que es en tu ausencia cuando más te he sentido, si supieras que son las noches mis mejores días junto a ti, si supieras que en la penumbra de la soledad te he encontrado intacto, sobrio, entero.”
Y tras la negación, el lamento y el crujir de dientes, poco a poco la calma y la renovada esperanza:
“Algún día me iré de ti, tierra fértil, tierra amada, atravesaré mesetas, caminaré descalza entre los huesos rotos del pasado, buscaré entre los escombros del amor su aroma, su esencia, todo con tal de dejarte atrás y explorar los nuevos mundos de los que ayer escuché, esos que en los años de abundancia me deslumbraron y perseguí sin mirar atrás.”
Sí, se trata del corazón humano, se trata del amor, ese sentimiento al que todos tarde o temprano asistimos, de cuya presencia marcados quedamos y del que lamentamos guardarnos palabras cuando lo sentimos. El gran mérito de Mayra Alfaro es haber roto su muy personal silencio.
El no permitirse guardar una sola emoción sentida. El reconocerse con y en su voz.
Algunos pueden pensar que no se trata más que de otro libro de versos amorosos, que en más de una ocasión nos evoca al famoso Cartas a Ricardo, de Rosario, y de algún modo tienen razón, el universo literario está colmado de historias de amor y desamor. Pero a veces el más universal de los sentimientos se vuelve insoportable si no se escribe. Personalmente, su ópera prima me obliga a escribir la mía. Muchas gracias.

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