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San Pedro Mártir, ¿herejismo, divinidad o paganismo?

San Pedro Mártir, ¿herejismo, divinidad o paganismo?

En Tuxtla Chico, allí el escepticismo hace una mixtura de unidad entre lo que es sagrado y lo profano. La cura inexplicable de enfermedades, las creencias y la fe son el resultado de ofrecer una fiesta en honor a su patrón San Pedro Mártir.

Darinel Zacarías

Entre una mezcla de divinidad y fuertes tintes de paganismo, se hacen presentes, como hace ya varias décadas, en la tradicional fiesta en honor a San Pedro Mártir, donde cobran vida una serie de ritos sagrados y de creencia entre sus pobladores y centenares de peregrinos de distintas partes del país.
Es en el municipio de Tuxtla Chico, Chiapas, allí el escepticismo hace una mixtura de unidad entre lo que es sagrado y lo profano, donde el concepto cíclico o esférico del tiempo, el rechazo a considerar a la naturaleza como propiedad privada del hombre, que puede explotarla y destruirla de forma arbitraria.
La cura de enfermedades inexplicables, las creencias de un pueblo, las voces de mando, la fe y devoción, las sanaciones de males incurables y la devolución de vida a personas desahuciadas son el resultado de ofrecer una fiesta en honor a su patrón San Pedro Mártir.
Los llamados cofrades y su arraigo cultural cargado de fe y religiosidad, ponen en práctica dogmas que para algunos son bien vistos, aunque para otros son ritos considerados fetichistas o de chamanes, alejados del catolicismo y de muchas iglesias cristianas.
Tuxtla Chico una ciudad de cuyo origen se atribuye las emigraciones de Izapeños y Mames, llegados posiblemente de Centroamérica, de los que tenemos vestigios en el vestido, lengua, gastronomía, tradiciones y costumbres, está asentado a sólo tres kilómetros de las ruinas arqueológicas de Izapa.
Y es que precisamente aquí en tierra Maya, donde las costumbres y tradiciones aún perduran, dando espacio a la hechicería, mezcla de los sacrificios, los ritos de los Vudos (negros) traídos por los misioneros dominicos, forman parte del llamado Teatro Popular.
Según los cofrades, los españoles utilizaron esta técnica para evangelizar e imponer la religión, amalgamados, dieron lugar a la festividad ritual de San Pedro Mártir o mejor conocida como “Jalada de Patos”.
Según los estudios y aportaciones de personajes históricos de esta ciudad, narran que los primeros misioneros dominicos, así como algunos soldados españoles que el conquistador Pedro de Alvarado fue dejando a su paso en la costa de Chiapas, se encontró con los pobladores de Izapa, una cultura mística y enigmática, considerada como toda cultura prehispánica como politeísta, misma que rendía tributo con sacrificios humanos y de animales.
Por ellos los frailes decidieron buscar dentro de su santoral a un beato que se identificará con el herejismo de nuestro pueblo, teniendo por fortuna dentro la hermandad dominica a San Pedro Mártir.
Desde entonces hasta nuestros días, los habitantes de Tuxtla Chico, doblegados en su momento por estos frailes españoles, empezaron con las representaciones teatrales por las calles y plazas públicas del pueblo, destacando en ellas los rituales que consisten en la velación de las armas y banderas, las múltiples oraciones y cumplimiento de penitencias.
Asimismo el galopar a caballo grandes distancias hasta llegar a territorio enemigo y la guerra por la conquista de nuevas tierras para el Rey y más almas para Dios, acompañados de música de los tambores, chirimía y la danza de los negritos, para culminar con el sacrificio de los patos en ofrenda, ante sus ídolos y la intercesión de San Pedro Mártir para que Dios escuche sus suplicas y peticiones, son parte del teatro que aún vive en un pueblo marcado por la conquista, pero con grandes devotos a este hereje, que según testimonios ha dado muestra de milagros y sanaciones a enfermedades inexplicables por la ciencia.

Cofrades

Los llamados capitanes o bastones de mando de la festividad milenaria, son los encargados nombrar al “Cofrade” y a los dos abanderados, el primero será el responsable de tener el local adecuado para los velorios y los otros deberán tener los lugares donde custodiarán las banderas, una amarilla y la otra roja, de forma cuadrada pegadas a la asta y con dos listones cruzados.
El Cofrade y los abanderados, son personas que siempre aceptan con el mayor orgullo y fe los cargos que les confieren. Mismo que aun sabiendo que les espera grandes gastos, ofrecen en venta sus cosechas de cacao, maíz o frutales o fracciones de terrenos, para poder cumplir, sabedores de que San Pedro Mártir les recompensara su disponibilidad y fervor divino.
Los rituales dan comienzo cuatro sábados antes del día 27 de abril, en la casa donde se celebrará el cofrade. Se hace un altar con hoja de pacaya, flores de corozo y diversas imágenes en bulto de San Pedro Mártir y San Marcos; los participantes y fieles llevan flores, velas y veladoras.
Los velatorios son acompañados por el sonar de tambores y unas chirimías o flautas de madera con hojas de palma en la boquilla. Allí se hacen presentes todos los integrantes de la cofradía, alrededor de ciento cincuenta, entre jóvenes y adultos, así como un centenar de negritos, niños desde seis meses de edad hasta mayores de 18 años. Los negritos usan ropa usual, pañuelo rojo al cuello, pintada la cara con color negro, sacado del tizne de los cómales o de las ollas de barro, un chin chin o maraca.
Al ritmo de los tambores y la chirimía, en un reducido espacio frente al altar, danzan un monoritmo, sin coreografía, casi caminando de atrás a delante y viceversa.
Entonando en coro el siguiente estribillo: Viva San Pedro, Viva San Marcos., Viva el cofrado, Viva el pueblo, Viva la costumbre, Viva el pueblo.
Este rito dura de 15 o 20 minutos. Cuando termina, los negritos todos sudorosos, salen en busca de agua en los comercios de bebidas y comestibles que se han instalado en las calles adyacentes al cofrado; los negritos que no caminan, las madres los tienen brazos y agarrándoles la mano con el pequeño chin chin siguen de pie el ritmo de los tambores.
Esto es el pago por un favor recibido de San Pedro Mártir, en la salud de ese negrito. Una media hora después, vuelven los tambores a sonar, los negritos corren a pararse frente al altar e iniciar nuevamente su danza y a cantar el mismo estribillo.

 

 

Acto de Purificación y Abstinencia Sexual

Llega la noche del día 27 de abril, hay alegría en tres casas, la del cofrade y la de los abanderados, estos últimos hacen oración ente el emblema de su ejército, que portarán y defenderán en la guerra del día 29 de abril. Por la noche todos los integrantes de la cofradía, llevando a la vanguardia la música de los tambores y la chirimía, salen hacia la casa del primer abanderado, y son recibidos con bombas y cohetes, se reparte café o chocolate, pan, tamales y aguardiente. Los negritos danzan ante esta bandera.
Terminada esta ceremonia, y ya llevando esta bandera al frente, se dirigen hacia donde está la otra, donde son recibidos de igual manera y se hace la misma ceremonia.
Teniendo ya las dos banderas al frente, la procesión, que para ese momento suman más de 500 personas entre participantes, familiares y públicos, se dirigen hasta el domicilio del “abuelo” o chaman, quien los recibe también con cohetes, su altar adornado, frente al cual los negritos ejecutan su danza.
Se inicia el regreso, ya acompañados del abuelo, hasta la casa del cofrade donde el chamán procede a ser el acto de purificación, que consiste en limpiar con velas a todos los integrantes de la cofradía, inician con el cofrade, los capitanes, los correlones (jinetes) y los negritos.

Invoca en cada limpia a San Pedro para que los mantenga sanos y que los libre de algún accidente en los otros actos de la festividad. Y que sus cosechas de cacao, maíz, frutales y ganado sean abundantes. Todos los que toman parte de ella, deberán hacer desde 40 días antes una abstinencia sexual, de no hacerlo la limpia no surte afectos.
A las dos de la madrugada del día siguiente, acabada la limpia, vuelve a salir una más todo el contingente con el abuelo a la cabeza. Llevando grandes trastos de brazas con copal e incienso, recorren las calles que, horas después los ejércitos recorren, limpiándolas y purificándolas, así como los lugares donde se realizaran los principales actos el 28 y 29 de abril.
El día más esperado es el 29 de abril, donde desde muy temprano en la casa del cofrade se escucha el relinchar de los caballos, les adornan la cabeza y la cola con moños de listones de diversos colores, que las madrinas les han obsequiado y que el sacerdote de la parroquia ha bendecido.
Los caballos lucen adornos, los correlones estrenan pantalones, camisas, sombreros de palma y al cuello pañuelo rojo.
A una orden de los capitanes, montan sus caballos y de dos en fondo, primero los dos capitanes de cada bando el cofrade, los abanderados y todo los correlones. Adelante van los tamboreros y la chirimía, los negritos, familiares y pueblo.
Posteriormente los capitanes ordenan colocar las banderas en un sitio especial, mientras otros, en una cuerda que cruza la calle a la altura del brazo levantado y a caballo, amarran de las patas a casi 10 patos que quedan con la cabeza colgando. Estos animales adornados los cuellos con listones de colores aletean desesperados por la incómoda posición y suponiendo el triste fin que les espera. Han sido obsequiados a la cofradía por personas devotas de San Pedro Mártir.
Los correlones o jinetes al llamado del capitán inician con la jalada de patos, se asegura de la montura del caballo y a galope al grito de “Viva Señor San Pedro”, pasa jalando la cabeza del ave de corral, en múltiples ocasiones por diversos montadores.
En este acto poco a poco las camisas de los correlones van tiñéndose de sangre, hasta desprenderla y quién la logre cortar, se la lleva para merendarla en su casa con sus familiares.

 

La Guerra de los Dulces

Posteriormente los correlones buscan entre el público a sus esposas, hijos u otros familiares, quienes ya tienen preparado “tanates” o bolsas de manta, en las que guardan panecillos pintados de rojo, de harina muy dura, llamados chuchitos secos, dulces de chilacayote, de coco, así como terrones de azúcar comprimida. Los panecillos y dulces son obsequiadas entre amigos y público con el desorden que se forma y que los negritos tratan de controlar.
El sonar de los tambores cambia de ritmo, un sonido especial convoca a la guerra, los ejércitos se agrupan cada uno en su respectiva esquina. Los capitanes se adelantan, se rentan, los terrones de azúcar van siendo arrojados con fuerza y con dirección de los contrarios, en momentos la lucha decrece, el pueblo aplaude y anima al ejército de su predilección, se utilizan algunas estrategias, simulan no tener parque y permite que el enemigo se acerque, cuando los tienen a tiro, arremeten con furia, los caballos caracolean y relinchan, la calle se tapiza de dulces, los curiosos tratan de meterse en las patas de los caballos para recogerlos, los negritos hacen valer su autoridad y con fuete en manos los sacan del área de combate. Se corre un ejército, ha perdido, ya no tienen parque, el público aplaude al ganador, las marimbas tocan dianas y las bombas y cohetes alegran el espacio.
A las seis de la tarde se suspende la jalada de patos y todos en forma ordenada, llegan a la iglesia de Candelaria donde la imagen de San Pedro Mártir está esperándolos en un bonito trono.
Esta es llevada en hombros y recorre entre cantos, rezos y estallidos de cohetes, la ruta de regreso ya establecida por la cofradía, el calvario, el parque central, hasta iglesia para dejar a la imagen.
Los correlones, la mayor de las veces totalmente mojados porque es época de lluvias, otros totalmente borrachos, doblados sobre las sillas del caballo, llegan a la casa del cofrade y , sin desmontar, se escucha la voz autoritaria del capitán principal que dice: “damos las gracias a todas las personas que colaboran con dinero y con truenos para nuestra celebración”.
Finalmente, adentro, se ha quedarán, como cada año solamente el altar con las imágenes de San Pedro Mártir y San Marcos, muchas veladoras encendidas y parece que en sus paredes ha quedado impregnado el olor del copal y del incienso, el sonar de los tambores, el quejido de la chirimía, y el canto de los negritos, así se vive una tradición que mezcla lo divino con lo pagano, así es Tuxtla Chico.

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