A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

El Grito más allá del mito

No es fácil contrastar una visión histórica que los mexicanos hemos sacralizado desde la educación escolar donde se nos inculcan valores cívicos que adoptamos como parte de nuestra identidad. Si alguien se atreve a cuestionar o poner en duda la inmaculada imagen de nuestros próceres patrios corre el riesgo de ser desmentido sin mayores argumentos que la fe.

Más ahora que tenemos un gobierno que utiliza simbólicamente a personajes muy conocidos de nuestra historia. El pretendido afán del merolico mañanero es ocupar un lugar junto al mausoleo de esas egregias celebridades. Asume que por hacer propias las gestas reivindicatorias ocupará por ósmosis unas cuantas páginas de nuestra historia póstuma. Entre el mito y la realidad hay que revisar al pasado para reconsiderar aspectos poco conocidos o ignorados por aquello de que hay aves que cruzan el pantano y no se manchan.

El Cura Hidalgo

Nos referimos en esta primera aproximación, ni más ni menos que al padre de la patria Don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor, para mayores señas Miguel Hidalgo y Costilla. El junto al capitan Ignacio José de Jesús Pedro Regalado de Allende y Unzaga, mejor conocido como Ignacio Allende y el abogado Ignacio Aldama urdieron junto con otros personajes como La Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, el movimiento que dio origen a la independencia de México.

Entre francachelas y tertulias artísticas y literarias, estos mestizos y criollos, no ocultaban sus resquemores contra los llamados peninsulares y conocidos popularmente como gachupines, una clase social relativamente alta caricaturizada como prepotente durante el virreinato. En realidad, los hidalgos – hijo de fiohalgo, como hijo de algún linaje- no provenían de la nobleza. Y quizá por ello, muchos de ellos se hicieron a la mar para encontrar en la Nueva España un lugar donde sentar sus reales.

Los peninsulares por el hecho de provenir de España ocupaban los más altos cargos en el virreinato y la estructura eclesiástica. Los criollos, hijos o descendientes directos de españoles, así como los mestizos ocupaban cargos secundarios en las estructuras de poder, asunto que no les caía en gracia. Durante el virreinato muchos de estos personajes fueron sindicados como conspiradores, descubiertos y enjuiciados. Eso pudo suceder con los llamados insurgentes a no ser por advertencia oportuna de La Corregidora.

La insurrección

Durante la mañana del 16 de septiembre de 1810 frente a la iglesia de Dolores, Hidalgo llama a sus feligreses a revelarse contra el mal gobierno. Libera presos y llama a las multitudes indígenas menesterosas a matar gachupines y al saqueo indiscriminado. Su proclama es por la independencia, pero no de la Corona Española, sino a la no dependencia de los españoles peninsulares. Se declara leal a Fernando VII, rey depuesto de España por la invasión napoleónica. Dos años antes, en 1808, los españoles libraban su propia guerra de independencia y clamaban por derrocar a José Bonaparte, hermano de Napoleón, para colocar en el trono por sucesión a Fernando VII, preso por Napoleón, en un cómodo palacete francés. Mientras el pueblo español se batía con los franceses, el depuesto soberano se dedicó a montar a caballo, bordar, recibir lecciones danza, tocar el pianoforte, leer, jugar al billar y a las cartas, y asistir a funciones de teatro. Estaba tan cómodo como prisionero de Bonaparte que llegó a gritar en la boda del «Pequeño Corso» «¡Viva el Emperador, nuestro Augusto soberano, viva la Emperatriz!»

Se podría decir que nuestra guerra de independencia es una secuela de la guerra de independencia española. En todo caso una revuelta contra el virreinato de la Nueva España que se hacía de la vista gorda ante la lejana invasión francesa. Partamos de ahí. A Hidalgo se suman de inmediato Allende y Aldama y comienza el saqueo multitudinario en San Miguel, Celaya, Valladolid y Guanajuato.

Masacre en la Alhóndiga

Lo toma de la Alhóndiga de Granaditas de la que surge la leyenda de El Pípila, no es otra cosa que lo actualmente se conoce como un crimen de lesa humanidad. Más de 400 niños, mujeres y ancianos se refugiaron ahí y fueron despiadadamente masacrados «En el suelo se entremezclaron en una masa informe la sangre, la carne, las vísceras y los huesos humanos… Las paredes estaban empapadas de sangre, como si la piedra y el ladrillo la hubiesen rezumado desde dentro», escribió un cronista de la época.

Hidalgo en Guadalajara

Tiempo después se aproximaron a las puertas de la ciudad de México. Se dice que hasta 80 mil indígenas acampaban junto a los insurgentes. Pero la posibilidad de enfrentar al ejército realista con una masa disforme armada con machetes, palos y piedras daba escasas posibilidades de triunfo. Por eso deciden retirarse. Hidalgo se trasladarse a Guadalajara, el botín de aquella rica ciudad era jugoso. Temerosos los religiosos, comerciantes y pobladores deciden recibir al cura Hidalgo a cambio de su conmiseración.

Su Alteza Serenísima

Nos cuenta el historiador Don Lucas Alamán -al que ahora el presidente compara con Krauze- que «Tan repentino engrandecimiento, hizo desvanecer completamente la cabeza a Hidalgo. Dábasele el tratamiento de «Alteza Serenísima» y en todo se hacia tratar como un soberano. A medida que creía Hidalgo consolidado su poder, iba dejando caer en el olvido el nombre de Fernando VII, cuyo retrato hizo quitar del dosel bajo el cual recibía en público, e igualmente fueron desapareciendo los vivas de su nombre cuando antes era aclamado por las turbas que seguían la revolución y comenzó a insinuar que estaban rotos todos los vínculos con el trono español.

Otra masacre

Hacia el 12 de diciembre de 1810, el cura ordenó que, en pequeños grupos, 700 españoles presos y sus familias fueran pasados a cuchillo. Varios días duró la barbarie. Cada noche cerca de 50 peninsulares completamente indefensos e inocentes eran asesinados sin juicio alguno. Allende, que ya se había sumado de nuevo a las fuerzas insurgentes trató junto con Abasolo de frenar la absurda masacre, pero el cura incontrolable, prosiguió con los asesinatos hasta que no quedó un sólo preso en pie. El historiador Francisco Javier Moreno afirma que Allende era un «caballero» por cuya instrucción militar «No le interesaba matar ni fusilar a sus enemigos derrotados, mucho menos la violencia o el saqueo»,

La caída

Ante la persecución del ejército realista y después de varias derrotas huyeron al norte. La turba saqueadora fue abandonando una causa por la que en realidad nunca peleó. Antes cruel, ambicioso, ensoberbecido, endiosado; ya durante su juicio Hidalgo afirmó: «Veo la destrucción de esta tierra, que he ocasionado, la ruina de los caudales, la sangre que con tanta profusión y temeridad se ha vertido, y lo que no puedo decir sin desfallecer: la multitud de almas que por seguirme estarán en los abismos». Hay que señalar que éstas brutales acciones no fueron casos aislados, por el contrario, fueron hechos recurrentes desde el inicio de la insurrección hasta el día de su aprehensión por las fuerzas del virrey Francisco Javier Venegas, el 21 de marzo de 1811 en Acatita de Baján.

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