Carrizo, tambor y cascabeles despiden un antiguo ciclo ritual en Tuxtla

La Hata Roque Etzé recorrió barrios de la capital chiapaneca para cerrar las celebraciones dedicadas a San Roque y San Bartolomé, entre sones tradicionales, simbolismo religioso y antiguas peticiones por lluvias favorables para el campo

AquíNoticias Staff

Antes de que Tuxtla entrara de lleno en el tránsito y el ruido de un lunes cualquiera, el sonido del carrizo, el tambor y los cascabeles ya recorría algunas de sus calles.

La Danza Hata Roque Etzé salió nuevamente este 24 de agosto para cumplir una función que rebasa el espectáculo: cerrar un antiguo ciclo ritual ligado a San Roque, San Bartolomé, la lluvia y la relación de las comunidades con el campo.

La jornada comenzó a las 7:30 de la mañana con la llamada “levantada de baile”, en un domicilio de la 4ª Sur y 11ª Poniente. Desde ahí, el grupo encabezado por el maestro Juan Ramón Álvarez visitó viviendas cercanas a los barrios de La Lomita y el Señor del Cerrito, pasó por San Pascualito y llegó alrededor del mediodía al atrio del templo de San Roque.

La celebración corresponde a la llamada “octava”, el remate que se realiza siete días después de una fiesta principal. En este caso, siguió a las jornadas del 16 de agosto, día de San Roque, y del 17, dedicado a San Jacinto.

Juan Alejandro Sarmiento, segundo de baile del grupo, explicó que esa secuencia permite cerrar ceremonialmente las festividades. Es una lógica que también aparece en otras danzas tradicionales, donde el baile principal tiene posteriormente su propio remate.

Durante la Hata Roque Etzé se ejecutan siete sones con carrizo y tambor. En esta ocasión participaron alrededor de seis danzantes, acompañados por músicos tradicionales encabezados por el maestro Jorge de la Cruz.

La danza conserva una participación masculina entre sus ejecutantes, aunque Sarmiento señaló que algunas mujeres jóvenes han comenzado a aprender a tocar el tambor, un cambio que muestra cómo una tradición puede conservar sus formas centrales mientras nuevas generaciones se acercan a ella.

Detrás de los pasos, los sonidos y la indumentaria existe además una antigua relación con el clima.

Según explicó Sarmiento, la celebración coincide con el cierre de la canícula, periodo que dentro de esta tradición comienza el 16 de julio, día de la Virgen del Carmen. Por ello, la danza funciona simultáneamente como agradecimiento y petición.

Si el temporal ha sido seco, se pide lluvia. Si el agua ha caído en exceso, la solicitud cambia: que las lluvias encuentren equilibrio y permitan trabajar el campo sin provocar daños.

Así, lo que ocurre en las calles de Tuxtla conserva una lectura de la naturaleza construida mucho antes de los pronósticos meteorológicos disponibles en un teléfono. El agua se pide, se agradece y también se teme cuando llega en exceso.

Entre los personajes que acompañan el ritual destacan los “niños perrito”, menores caracterizados como perros y vinculados con la iconografía de San Roque.

De acuerdo con Sarmiento, la veneración al santo en Tuxtla se remonta aproximadamente al siglo XIX y está relacionada con épocas en las que la ciudad enfrentó fuertes epidemias. San Roque fue reconocido como protector frente a esos males.

La tradición religiosa cuenta que, durante la enfermedad del santo, un perro lamió sus heridas y contribuyó a su recuperación. Ese relato explica la presencia del animal dentro de la representación que todavía acompaña la celebración tuxtleca.

También la vestimenta habla.

Los danzantes portan un penacho confeccionado con entre 13 y 26 plumas de pavorreal, adornado con figuras llamadas “chocolatillos”. Una bandana y un espejo colocado al frente representan al sol y sus rayos.

El pantaloncillo rojo, las bandas ceñidas, el saco negro y los cascabeles completan la indumentaria. Estos últimos están relacionados simbólicamente con el agua y el rayo.

Al cuello aparece otra pieza cargada de memoria: el chachal, formado por monedas antiguas, algunas de origen guatemalteco, y asociado al linaje y al estatus dentro de comunidades indígenas de Tuxtla.

La música y los recorridos continuaron durante buena parte del día. Entre las seis y las siete de la tarde, la Hata Roque Etzé llegó finalmente a su cierre.

Para quienes observan desde fuera, pueden quedar los colores, los penachos y el sonido de los cascabeles. Para quienes participan de la costumbre, detrás permanece una trama más antigua: pedir agua sin exceso, agradecer lo recibido, recordar a quienes estuvieron antes y cerrar correctamente un ciclo para poder comenzar el siguiente.

En una ciudad que cambia con rapidez, la Hata Roque Etzé todavía encuentra calles por donde caminar.

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