El conjunto dominico de Nuestra Señora de la Asunción perdió sus cubiertas y sufrió graves daños en 1982; restaurado después del desastre, permanece como patrimonio, templo y memoria de una comunidad zoque que tuvo que reconstruirse
AquíNoticias Staff
Hay edificios antiguos que permiten observar una época. El templo y antiguo convento de Nuestra Señora de la Asunción, en Chapultenango, permite mirar por lo menos dos: el Chiapas colonial que extendió misiones dominicas por territorio zoque y aquel otro que tuvo que reconstruirse después de la erupción de El Chichón en 1982.
Sus muros sobrevivieron a ambos.
El conjunto religioso se localiza en la cabecera de Chapultenango, aproximadamente a 13 kilómetros del volcán. Su origen se encuentra en la presencia de la Orden de Predicadores en la región zoque y, de acuerdo con una investigación de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos del INAH, funcionó como doctrina dependiente del convento de Santo Domingo de Tecpatán. En el siglo XVIII fue secularizado y, ya convertido en parroquia, administró también poblaciones como Ixtacomitán, Nicapa y Sunuapa.
Aquella construcción terminó adquiriendo reconocimiento oficial como patrimonio mucho antes de enfrentar su episodio más destructivo.
El 30 de octubre de 1956, la Comisión de Monumentos Históricos declaró monumento histórico al templo, su atrio y anexos. La documentación recuperada por el INAH permite conocer también parte de su evolución arquitectónica: en 1929 había secciones cubiertas con lámina de zinc y otras con palma de chichón; posteriormente las cubiertas fueron sustituidas por lámina. El presbiterio conserva una bóveda de crucería, uno de los elementos arquitectónicos más significativos del inmueble.
Entonces llegó 1982.
El Chichón inició su erupción explosiva el 28 de marzo y mantuvo actividad durante aproximadamente una semana, con nuevas fases particularmente intensas entre el 3 y el 4 de abril. Las columnas de ceniza, los flujos volcánicos y la acumulación de material transformaron una amplia zona del norte de Chiapas y golpearon especialmente a comunidades zoques cercanas al volcán.
La dimensión humana fue enorme.
Investigaciones de la UNAM calculan alrededor de 2 mil personas fallecidas y aproximadamente 20 mil desplazadas, además de pérdidas agrícolas, ganaderas, materiales y profundas alteraciones en la organización de las comunidades de la región.
Chapultenango estuvo dentro de la zona afectada.
El peso de la ceniza derrumbó techos en distintas localidades y el conjunto dominico sufrió directamente los efectos de las erupciones. El INAH documenta que el templo y convento perdieron la totalidad de sus cubiertas y que una parte considerable de sus muros presentó daños graves.
Las imágenes históricas permiten dimensionar el golpe: una construcción que había permanecido en pie durante siglos quedó expuesta, sin buena parte de la protección que hasta entonces había cubierto naves y dependencias.
Pero la historia del inmueble no terminó allí.
Para su recuperación, el gobierno federal, mediante la entonces SAHOP en Chiapas, destinó recursos para intervenir el conjunto. El estudio del INAH registra una inversión de un millón de pesos de aquella época para los trabajos posteriores a la erupción.
Esa reconstrucción forma parte de una historia mucho mayor.
Después de El Chichón no sólo hubo que levantar paredes. Miles de personas tuvieron que reorganizar su vida, buscar vivienda, recuperar tierras y reconstruir relaciones comunitarias. Algunas localidades desaparecieron por completo. En Francisco León, por ejemplo, la devastación fue extrema; en Chapultenango, la ceniza afectó viviendas, actividades productivas y patrimonio religioso.
Por eso el antiguo convento tiene hoy un significado que rebasa su arquitectura.
El inmueble habla de evangelización y transformación cultural en territorio zoque, pero también conserva físicamente la memoria de una catástrofe que cambió la historia contemporánea del norte de Chiapas.
Y sigue teniendo una función viva.
El templo de Nuestra Señora de la Asunción continúa vinculado a las prácticas religiosas y comunitarias de Chapultenango. Cada agosto, la celebración de la Asunción vuelve a reunir a habitantes alrededor de un espacio que no quedó reducido a ruina ni convertido exclusivamente en objeto de contemplación histórica.
Ése es quizá su valor particular.
El patrimonio suele imaginarse como algo que debe conservarse porque pertenece al pasado. En Chapultenango ocurre también lo contrario: el antiguo conjunto dominico importa porque la comunidad volvió a ocuparlo después de que una erupción estuvo cerca de destruirlo.
Conocerlo significa, entonces, recorrer varias capas de una misma historia.
La colonización religiosa.
La presencia y permanencia de las comunidades zoques.
La arquitectura dominica.
La erupción de 1982.
La reconstrucción.
Y una población que, más de cuatro décadas después de El Chichón, sigue utilizando aquel lugar como parte de su vida cotidiana.
Los muros de Nuestra Señora de la Asunción no cuentan únicamente cuánto tiempo lleva una iglesia en Chapultenango.
También recuerdan todo lo que tuvo que ocurrir para que siguiera en pie.








