Un estudio con 68 niños de entre ocho y 10 años encontró que quienes presentan discalculia tardan más en cambiar de estrategia para resolver problemas y muestran diferencias en patrones de actividad cerebral. Una mala calificación, por sí sola, no basta para hablar de este trastorno
AquíNoticias Staff
Que un niño tenga problemas con las matemáticas no significa automáticamente que tenga discalculia. Puede haber vacíos de aprendizaje, dificultades con el método de enseñanza, ansiedad, falta de práctica o problemas de atención. Pero cuando la dificultad para comprender números, realizar cálculos o razonar matemáticamente es persistente, incluso después de recibir apoyo, puede ser necesario mirar más allá del rendimiento escolar.
La discalculia del desarrollo es un trastorno específico del aprendizaje relacionado con el manejo de números y operaciones matemáticas. Una investigación publicada el 21 de septiembre de 2026 en The Journal of Neuroscience aporta nuevas pistas sobre lo que ocurre durante la resolución de problemas.
El equipo encabezado por Oliver Lasnick, de la Universidad de Stanford, estudió a 68 niños de entre ocho y 10 años. Los investigadores analizaron no sólo si podían resolver ejercicios aritméticos, sino también cómo elegían y modificaban sus estrategias para llegar a una respuesta.
Los menores con discalculia mostraron menor eficiencia en tres formas de resolver operaciones: contar, recuperar resultados aprendidos de la memoria y descomponer los problemas en partes más sencillas. También tardaron más en pasar de una estrategia a otra, respondieron menos a los cambios en la dificultad de los ejercicios y tuvieron mayores problemas para escoger el procedimiento más conveniente.
Eso introduce una diferencia importante. El problema no estaría únicamente en “saber” o “no saber” una operación, sino también en procesos que permiten decidir qué hacer cuando una estrategia deja de funcionar.
Los investigadores encontraron además patrones diferentes de actividad cerebral entre los niños con discalculia y aquellos con un desempeño matemático típico. Las diferencias aparecieron de manera distribuida en regiones frontoparietales, el hipocampo y áreas visuales relacionadas con los procesos utilizados durante la resolución matemática. Esos patrones permitieron predecir algunas diferencias en la eficiencia para contar y cambiar de estrategia.
El hallazgo, sin embargo, no significa que una resonancia magnética pueda utilizarse para diagnosticar a un niño. Actualmente no existe una prueba de imagen, análisis de sangre o examen de laboratorio que confirme por sí mismo la discalculia. La evaluación se basa en el desempeño matemático, la historia escolar y pruebas especializadas, además de descartar otras explicaciones posibles.
Tampoco basta con reprobar matemáticas o necesitarlas estudiar durante más tiempo. Como referencia clínica, las dificultades relacionadas con el sentido numérico, el cálculo o el razonamiento matemático deben persistir durante meses aun cuando el menor recibe ayuda dirigida antes de considerar un trastorno específico del aprendizaje.
Por eso, tratar la discalculia simplemente como flojera puede ocultar un problema real; pero utilizar la palabra para explicar cualquier bajo rendimiento tampoco ayuda. Entre ambos extremos está la evaluación.
Algunas señales que pueden justificar una revisión más cuidadosa son las dificultades persistentes para comprender cantidades, recordar operaciones básicas, manejar tablas de multiplicar, interpretar símbolos matemáticos, organizar números o resolver problemas de varios pasos, especialmente cuando continúan pese a la enseñanza y la práctica.
El estudio de Stanford tampoco plantea que estos niños sean menos inteligentes. Lo que muestra es que pueden llegar al problema matemático mediante procesos distintos y con mayores costos cognitivos, particularmente al ejecutar, supervisar y cambiar estrategias.
La diferencia es relevante para padres y docentes: ante dificultades persistentes, la respuesta no tendría que reducirse a “debe esforzarse más”, pero tampoco comenzar con un diagnóstico improvisado. Primero hay que observar qué falla, desde cuándo ocurre, cómo responde el niño al apoyo y, cuando sea necesario, recurrir a una evaluación profesional.








