Por Mario Escobedo
Solo 90 de 6 mil 29 aspirantes lograron mantener presencialmente el alto desempeño que habían obtenido en línea en el examen de ingreso a la Universidad Nacional Autónoma de México.
Noventa.
Apenas 1.5 por ciento volvió a ubicarse entre los 110 y 120 aciertos. El otro 98.5 por ciento quedó por debajo de ese rango cuando realizó la evaluación de control de manera presencial.
El dato es demasiado contundente para ignorarlo. De los 36 mil 719 aspirantes con resultados comparables entre ambas evaluaciones, 95.4 por ciento obtuvo menos aciertos presencialmente. La caída mediana fue de 30 respuestas correctas y, en el sistema escolarizado, llegó a 32.
Hay que decirlo con responsabilidad: estos resultados no demuestran que todos esos jóvenes hayan hecho trampa. El examen presencial no se aplicó al universo completo de aspirantes, sino a determinados grupos convocados según los criterios establecidos para cada carrera. Los números muestran una diferencia extraordinaria entre ambas evaluaciones, pero por sí solos no explican todas sus causas.
Sin embargo, tampoco podemos mirar hacia otro lado.
Porque quizá la discusión más importante no está solamente en la UNAM. Está unos años antes: en nuestras preparatorias y bachilleratos.
Ahora que también estoy frente a estudiantes de educación media superior, estos resultados me llevan inevitablemente a preguntarme: ¿qué estamos haciendo los docentes frente a una generación que tiene acceso inmediato a herramientas capaces de responder casi cualquier cosa?
Durante años pensamos la trampa escolar de manera relativamente sencilla: copiarle al compañero, llevar un acordeón o buscar una respuesta en internet. Hoy un estudiante puede sacar el teléfono y, en segundos, resolver una ecuación, resumir un libro que nunca abrió o redactar un ensayo aparentemente impecable.
La inteligencia artificial cambió las reglas.
La respuesta fácil sería prohibirla. Bloquear ChatGPT, retirar teléfonos y regresar al papel como si pudiéramos detener una transformación tecnológica que ya ocurrió.
No creo que ese sea el camino.
Nuestros estudiantes utilizarán inteligencia artificial. Nosotros también lo haremos muchos docentes ya lo hacemos. Formará parte de las universidades, las empresas, la investigación, los medios de comunicación y prácticamente cualquier profesión.
Por eso, el desafío educativo no puede consistir en enseñarles a vivir en un mundo sin inteligencia artificial.
Tenemos que enseñarles a pensar en un mundo que tiene inteligencia artificial.
Y eso también nos obliga a revisar nuestra práctica docente.
Si una tarea consiste únicamente en “investigar qué es la globalización y entregar dos cuartillas”, no debería sorprendernos recibir treinta textos impecables generados en segundos. Tal vez el problema no sea únicamente que el estudiante encontró una herramienta para evitar el esfuerzo. También deberíamos preguntarnos si nosotros seguimos diseñando actividades para un mundo que ya desapareció.
El aula tendrá que recuperar algo esencial: preguntar, argumentar, discutir, equivocarse, volver a explicar y defender una idea propia. Tendremos que evaluar no solamente la respuesta final, sino el proceso mediante el cual se llegó a ella.
Porque existe una diferencia enorme entre tener información y comprenderla.
Un estudiante puede entregar un ensayo extraordinario y ser incapaz de explicar durante tres minutos lo que supuestamente escribió. Puede presentar una investigación perfectamente estructurada y no saber defender una sola de sus conclusiones.
Ahí está nuestro verdadero problema.
No se trata de formar estudiantes que simplemente “no hagan trampa”. Tenemos que formar jóvenes que comprendan por qué aprender sigue teniendo sentido cuando una máquina puede proporcionarles una respuesta.
Incluso podemos incorporar la IA al aula: pedirles que cuestionen sus respuestas, encuentren errores, verifiquen fuentes, comparen argumentos o expliquen qué cambiarían de un texto generado por una herramienta. La inteligencia artificial puede ser un recurso extraordinario siempre que sea herramienta y no sustituto del pensamiento.
Pero esto también exige cambiar a los docentes.
No podemos pedir pensamiento crítico mientras repetimos las mismas diapositivas durante años. No podemos exigir creatividad si nuestras evaluaciones únicamente premian la memorización. Y tampoco podemos reclamar que los estudiantes utilicen nuevas tecnologías mientras nosotros nos negamos a comprenderlas.
El reto también es nuestro.
El caso de la UNAM debería preocuparnos, pero sobre todo debería hacernos mirar nuestros propios salones. Porque detrás de esos resultados aparece una pregunta mucho más importante que cualquier porcentaje:
¿Qué ocurre cuando una calificación deja de representar lo que una persona realmente sabe?
Podemos vigilar un examen durante tres horas, retirar teléfonos y colocar supervisores. Pero después nuestros estudiantes regresarán a un mundo lleno de pantallas, algoritmos e inteligencia artificial.
La escuela no podrá vigilarlos toda la vida. Tampoco debería intentarlo.
Nuestra responsabilidad es conseguir que, cuando nadie los esté vigilando y tengan frente a ellos una herramienta capaz de proporcionarles casi cualquier respuesta, todavía quieran comprender, preguntar, dudar y construir una idea propia.
El examen de la UNAM nos deja entonces una advertencia que comienza mucho antes de llegar a la universidad.
No necesitamos competir contra la inteligencia artificial.
Necesitamos enseñar a nuestros estudiantes a no renunciar a la suya.








