Con la mano en la Biblia, no en la Constitución
Hay políticos que llegan al poder sin pena, sin trayectoria y sin pudor. Y luego hay políticos que, encima de todo eso, suben a la tribuna más importante de su estado a decirle a una comunidad entera que sus derechos deben ejercerse «en casa». En privado. En silencio. Como si existir fuera un defecto que se debe esconder.
Eso fue lo que hizo María Isabel Rodríguez Jiménez el pasado 17 de junio desde el Congreso de Chiapas. Diputada plurinominal de Morena —sin trayectoria política previa visible, llegada al cargo señalada por su cercanía familiar con la senadora Sasil de León Villard— decidió que la mejor manera de estrenar su tribuna era con un discurso que afirmó que quienes decidieran cambiar de género lo hicieran «en su casa», pero que no confundieran «a nuestros niños». Y para que no quedara duda de su postura, fue contundente: «Estoy en contra de la diversidad sexual.»
Así, sin más. Desde la máxima tribuna del estado. Sin rubor.
Lo que hace especialmente grave este episodio no es solo la ignorancia que destila cada frase de su discurso. Es el momento en que lo hizo. Sus declaraciones ocurrieron precisamente el día en que Chiapas conmemoraba por primera vez el Día Estatal de la Lucha contra la Lesbofobia, Transfobia, Bifobia, Homofobia y otras Diversidades Sexuales y de Género, instaurado por decreto del propio gobernador Eduardo Ramírez Aguilar. Es decir: mientras el gobernador de su mismo partido honraba los derechos de una comunidad históricamente perseguida, su diputada los pisoteaba desde el pleno. Paradojas de la 4T chiapaneca.
La diputada se quiso vestir de protectora de las infancias. Ese es el viejo truco de siempre: cuando no hay argumentos, se escudan en los niños. Rodríguez argumentó que las políticas de inclusión representan un riesgo para las infancias, y que los menores, al ser vulnerables, «pueden absorber estas políticas públicas». Lo que no explicó —porque no puede— es cómo un niño se daña por aprender que hay personas distintas a él. Lo que sí se daña con discursos como el suyo es algo más grave: la dignidad de quienes ya viven bajo la amenaza permanente de la violencia.
Y aquí viene la parte que más duele, la que más incomoda a Morena: México es el segundo país con más transfeminicidios del mundo, y la esperanza de vida de una mujer trans es de apenas 35 años. Treinta y cinco años. Y desde la tribuna del Congreso de Chiapas, una legisladora del partido en el poder les dice que si quieren ser quiénes son, que lo hagan encerradas. Que no molesten. Que no existan en público.
Eso no es una opinión. Como advirtió la Asociación Civil Unidos Diferentes, utilizar la tribuna del Congreso para promover mensajes excluyentes «contribuye a fortalecer prejuicios y discursos que históricamente han derivado en discriminación, violencia y vulneración de derechos». Es decir, cada palabra de odio tiene consecuencias en la calle. No en el debate. En la carne.
Pero hay algo más que vale la pena señalar: la hipocresía estructural del entorno político del que viene esta diputada. Una cuñada de la legisladora federal relacionada con su entorno familiar, Sahara Munira José Flores, ocupa una diputación local plurinominal, habiendo sido registrada por Morena bajo la acción afirmativa de diversidad sexual —un caso que generó controversia y litigios electorales por presunta simulación en la aplicación de dichas acciones afirmativas. En cristiano: alguien de su mismo círculo llegó al Congreso usando precisamente la bandera de la comunidad que ella ahora desprecia desde la tribuna. La diversidad, cuando conviene, suma curules. Cuando no conviene, se manda a casa.
Y mientras todo esto ocurre, Rodríguez Jiménez parece convencida de que su arrojo la posiciona políticamente. Que declararse en contra de la diversidad sexual, con esa contundencia y ese desparpajo, le abre puertas. Que hay capital político en el odio disfrazado de protección familiar. Quizá cree que eso es lo que le falta a Chiapas: una gobernadora que legisle con la mano en la Biblia, no en la Constitución.
Las organizaciones lo dijeron con claridad: «Es inaceptable que la diputada haya emitido un discurso contrario a los principios del partido que representa. Evidentemente no comprende que es una representante popular con la responsabilidad de legislar para todas, todos y todes, con la mano en la Constitución y no en la Biblia.»
Esa frase lo resume todo. Porque a eso hemos llegado: a que en el partido que se proclama transformador, que tiene en sus filas a funcionarios de alto nivel que son parte de la comunidad LGBT+, que instauró decretos para conmemorar sus derechos, haya una diputada que sube a la tribuna a decirles que su lugar es el closet.
¿A dónde nos llevan estos discursos? A un lugar que ya conocemos bien. A la normalización del odio con rostro institucional. A la idea de que ciertos mexicanos merecen menos derechos porque a alguien le incomodan. A los crímenes de odio que nadie investiga, a los cuerpos que nadie busca, a las treinta y cinco primaveras que nunca llegan.
La diputada Rodríguez Jiménez no necesita pedir disculpas por convicción. Las necesita pedir porque su cargo se lo exige, porque la Constitución se lo exige, y porque hay personas reales —no abstractas, no estadísticas— que viven peor cada vez que alguien con un micrófono institucional les dice que son un problema.
Mientras tanto, la CEDH de Chiapas ya abrió expediente. El partido, al menos desde su Secretaría de Diversidad Sexual en la Ciudad de México, rechazó sus dichos. Y la comunidad sigue en pie, protestando, exigiendo, existiendo.
Porque para eso están. Para recordarle a diputadas como ella que los derechos no se ejercen «en casa». Se ejercen en la calle, en la tribuna, en la vida entera.
Y eso, le guste o no, no lo va a cambiar ningún discurso.









Un comentario
Excelente columna, más claro ni el agua
Muy buena