Por Eduardo Torres Alonso
En este mismo espacio, el 23 de septiembre de 2025 se publicó mi artículo titulado «Era» (https://aquinoticias.mx/era-eduardo-torres-alonso/). Se trataba de un texto festivo. La editorial Era cumplía 65 años de existencia.
Fundada por Tomás y Neus Espresate, Vicente Rojo y José Azorín, en lo que nos parece el lejano 1960, la editorial se volvió parte fundamental del mundo cultural mexicano y latinoamericano. Las plumas de escritores de nuestro idioma y nuestra geografía fueron publicadas por ella: Monterroso, Monsiváis, Pacheco, Revueltas, Rulfo, Morábito, Bracho, Huerta, entre otros.
Ahora, escribo esta columna habiendo leído el comunicado de la editorial difundido el 17 de agosto pasado en donde informa que se ve obligada al cierre de sus operaciones.
Este texto tiene un tono muy distinto al de aquel de septiembre. No hay júbilo ni espacio para la efeméride dichosa. Lo que se percibe en el ambiente de la república de las letras es el peso del luto. Una desazón que es provocada por la pérdida de un ícono del espíritu cultural e histórico de México. Cuando una editorial del prestigio de Era cierra, no concluye el ciclo de una empresa, sino que se clausura una oportunidad para entender el tiempo.
Para comprender lo que se pierde es necesario recordar de dónde vino. Era no nació de la ambición comercial o de un gran conglomerado mediático. Nació de la memoria, de la generosidad y de la dignidad del exilio republicano español. Traía consigo una idea radical: el libro como herramienta de resistencia, como espacio de libertad y como refugio donde la inteligencia crítica pudiera desplegarse sin concesiones al poder ni a la complacencia. Desde sus míticos talleres y bajo el diseño sobrio e inconfundible de Vicente Rojo, el catálogo de Era no solo acompañó la historia política y literaria de México durante la segunda mitad del siglo XX, sino que, en buena medida, la inventó y la nombró.
Allí vieron la luz textos que le dieron estructura y contenido al pensamiento crítico en tiempos oscuros. Piénsese en Aura, en Días de guardar, en La noche de Tlatelolco o en la poesía desgarrada y lúcida de José Emilio Pacheco. Era fue la trinchera donde el ensayo político, la crónica urbana y la más cara poesía de nuestra lengua encontraron una casa común. Perderla significa que el ecosistema cultural mexicano se queda sin uno de sus faros más constantes, un sello que garantizaba, solo por llevar sus siglas en el lomo, rigor en la edición y compromiso con la palabra.
El impacto para la comunidad de lectores es devastador. Muchos nos formamos académica y sentimentalmente leyendo a Era; aprendimos a dudar, a disentir y a mirar el mundo a través de sus colecciones. La desaparición de este proyecto es el síntoma aterrador de un mercado feroz que parece hostil a la edición independiente, a la paciencia del proceso editorial y a la preservación del fondo de catálogo. Que una casa que albergó a los nombres más decisivos de la literatura hispanoamericana no pueda sostenerse habla de las prioridades del presente, donde el algoritmo sustituye al criterio y la inmediatez se traga la memoria. Se acaba una época. Nos quedan los libros en nuestros libreros, con ese diseño pulcro que jamás perderá su elegancia, pero el vacío que deja Era en las librerías y en el horizonte intelectual será imposible de llenar.








