El futuro y sus señales / Eduardo Torres Alonso

Cada año, el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) publica un informe con las diez tecnologías emergentes que, a su juicio, están a punto de cambiar la vida colectiva. La edición número 14, publicada en junio de 2026 no es un texto neutral ni pretende serlo: parte de una convicción: la de que las decisiones que hoy toman gobiernos, empresas y centros de investigación definirán cómo llegan esas innovaciones al mundo.

En 2026, el Foro dejó atrás la encuesta a especialistas de años anteriores y adoptó un procedimiento de nominación asistido por inteligencia artificial, desarrollado por Frontiers. Tres modelos de lenguaje (GPT-4.1 mini, GPT-5 y Gemini 2.5) generaron y cotejaron las candidaturas de tecnología iniciales: más de 1,200. Una primera depuración las redujo a unas ochenta. Después, la consulta a investigadores de distintas disciplinas dejó 20 finalistas, y un consejo asesor eligió, en dos sesiones de febrero, las diez que componen el informe.

Las perspectivas estratégicas se trabajaron con la Fundación Dubái del Futuro. Que una lista sobre el porvenir tecnológico se integre con la propia tecnología que anuncia dice algo del momento que vivimos.

¿Y qué reúne dicha lista? Vacunas de ARN mensajero diseñadas a partir del tumor de cada paciente; exosomas, los mensajeros naturales de las células, reprogramados para llevar medicinas al lugar exacto donde hacen falta; recubrimientos que enfrían edificios enviando calor al espacio sin gastar electricidad; microbios que fabrican las proteínas de la leche con una fracción del agua; procedimientos para destruir los PFAS, esos «químicos eternos» hallados hasta en la sangre de casi todas las personas examinadas. A ello se suman la extracción directa de litio, la simulación cuántica que traza candidatos a fármaco átomo por átomo, la criptografía capaz de resistir a las computadoras cuánticas, los llamados modelos de mundo para la IA y la energía de «todo a la red», que convierte cada edificio, vehículo y fábrica en una fuente capaz de devolver electricidad al sistema. La mezcla no es homogénea, pero el propio informe reconoce tres inclinaciones compartidas: lo personal, lo distribuido y el hacer más con menos.

Hacia el final, el documento sostiene que la confianza y el acceso a la tecnología y sus productos pesarán más que cualquier otra cosa. La confianza, porque estas tecnologías piden a la ciudadanía, a los reguladores y a los médicos aceptar arreglos sin precedentes: una terapia creada para una sola persona no puede evaluarse con los ensayos pensados para millones. El acceso, porque, dejados a su inercia, los beneficios se concentrarán donde ya hay recursos y ensancharán las brechas que dicen querer cerrar.

El informe advierte que la decisión sobre estas tecnologías se reparte entre muchos más actores que antes: un gobierno local que compra una flota de transporte para la modernización de las unidades decide también quién aprovecha la flexibilidad eléctrica; un hospital que fabrica sus propias terapias decide qué pacientes las recibirán.

El propio informe insiste en que la concentración de los beneficios no es un destino, sino lo que sucede por inercia cuando nadie decide lo contrario.

La Fundación Dubái del Futuro lo formula como la búsqueda de futuros deseables, aquellos definidos por el crecimiento, la prosperidad y el bienestar. Alcanzarlos supone una decisión ética sostenida, y no la confianza en la técnica.

Lo que estas tecnologías podrían ofrecernos ya se ve con claridad; lo que costará, también.

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