El tercer lugar / Eduardo Torres Alonso

Llegó la segunda quincena de agosto y, con ella, la rutina de las ciudades mexicanas vuelve a su ritmo acelerado. Para buena parte de la población, las vacaciones de verano concluyeron; para otros, están a punto de terminar.

El regreso a las dinámicas del calendario escolar y del trabajo trae de vuelta el tráfico matutino, la urgencia diaria y la inercia familiar. La vida se estrecha hasta reducirse a trayectos obligados, generalmente bidireccionales: casa-trabajo. Ante ese ir y venir cotidiano, conviene detenerse a pensar en dónde queda el margen para convivir. Ese espacio que no es ni para la productividad ni para el trabajo doméstico.

La sociología urbana nos ayuda con esto. A finales de los años ochenta del siglo XX, Ray Oldenburg introdujo el concepto de tercer lugar para referirse a aquellos espacios de carácter público o semipúblico (las cafeterías, pero no las de cadena, los parques, las bibliotecas, los bares y cantinas tradicionales) distintos del hogar (el primer lugar) y del centro de trabajo (el segundo). La idea de Oldenburg mantiene su vigencia: estos entornos neutros sirven como el soporte para la vida. Son puntos en donde las personas comparten sin la presión del rendimiento ni los roles familiares, favoreciendo el trato en persona y la conversación.

Las vacaciones en nuestro país hacen manifiesta la falta de estos espacios. En los días de descanso, las plazas recuperan su papel central. Pensemos en el tejido social que se genera en lugares como el centro de Coyoacán o los andadores de San Cristóbal de Las Casas. Ahí, el residente y el visitante coinciden en una banca, en una caminata sin rumbo fijo o en un café para ver pasar la tarde. Sí, para eso, nada más. El espacio, en esos momentos, vuelve a ser patrimonio compartido que les devuelve a las personas el dominio de su tiempo.

La dificultad aparece cuando la rutina exige la marcha ordinaria. Gran parte del desarrollo urbano ha ido ahogando estos puntos de contacto. El crecimiento caótico y la lógica inmobiliaria han reemplazado el parque por la plaza comercial, donde la sola presencia está condicionada a la tarjeta o a la cartera. Por otro lado, la inseguridad y el refugio constante en los dispositivos digitales han empujado a las personas hacia un aislamiento cómodo, pero empobrecedor.

La escasez de espacios de encuentro informal termina afectando a la cohesión social. Ya lo decía Jürgen Habermas en sus estudios sobre la esfera pública: la salud de la democracia necesita lugares físicos para el encuentro de ideas y el reconocimiento del otro. Cuando desaparecen las bancas del parque central o cierra la cafetería de la esquina, se pierde la oportunidad de saludar al vecino y al desconocido y, con ello, se desgasta la capacidad de construir identidad colectiva.

Ahora que las vacaciones, para la inmensa mayoría de las personas en México, están por decir adiós, se hace necesario reclamar ciudades con espacios para el encuentro.

La madurez de la vida pública nacional no tendría que medirse solo por la actividad económica, sino por la posibilidad real de habitar las calles y avenidas. De hacer comunidad fuera de las paredes de oficinas y casas. Estos recintos son una condición básica de la vida en sociedad.

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