En defensa de causas perdidas / Jose Antonio Molina Farro

«El conflicto es padre y rey del universo: a unos hace aparecer como dioses y a los otros como hombres; hace a los unos libres y esclavos a los otros». Heráclito

El autor de la obra que intitula esta columna es Slavoj Zizek; sus libros son un tesoro de perspicacia política y filosófica. Nos atrapa con su profundidad analítica y vastísima erudición. Estimula neuronas y acicatea la consciencia. El autor reivindica el deber de luchar por la emancipación universal, y propone una política alejada de la vulgar manipulación y las felonías en la lucha por el poder. Está a favor de una política de decisiones fundamentales sobre nuestras vidas y de decisiones colectivas por las que hay que asumir una responsabilidad total. Hoy día se considera a este pensador el representante más genial del psicoanálisis moderno y de toda la teoría cultural en general. Según Steven Poole (The Guardian), esta obra «deja al lector…tan entusiasmado como…abandonado en medio de un páramo sembrado de los escombros de los ídolos caídos». Este Maestro del Pensamiento nos recuerda, con Badiou, que las verdaderas ideas son indestructibles, vuelven siempre que se anuncia su muerte. Retrotrae a Bell y Fukuyama: «el capitalismo tiende a socavar sus cimientos, y solo puede prosperar si hay un mínimo de estabilidad social, si se mantiene intacta la confianza…Dentro de este horizonte, la respuesta es una mezcla de liberalismo económico con un espíritu comunitario mínimamente [autoritario]. Zizek va más allá, da un Salto a la Fe, a la fe en las Causas perdidas.

Retomo algunos párrafos de esta seductora creación histórico-literaria. «Si la izquierda quiere volver a tener eficacia política, debe reinventarse por completo a sí misma, abandonar el llamado paradigma jacobino… y abrazar una política radical-emancipadora y activa. Tanto entre la izquierda como en la derecha abundan en la actualidad las lamentaciones por la paulatina desintegración de los vínculos sociales en nuestras sociedades posmodernas, formadas por solipsistas hedonistas…» Más adelante habla de quienes son {parte de ninguna parte}, los desarraigados y desposeídos, «aquéllos que en verdad nada tienen excepto sus cadenas, alejados de todo vínculo social, arrojados a una situación en la que han tenido que inventar una forma de estar juntos y, al mismo tiempo, despojados de las formas tradicionales de vida, de las tradiciones vitales de sus pueblos… su característica definitoria es sociopolítica y tiene que ver con su falta de integración en el espacio legal de la ciudadanía y los derechos que de ella derivan, es un refugiado, un {homo sacer}, el muerto en vida creado por el capitalismo global». Cita a a W. Brown «Politics out of History…» La democracia necesita de un flujo permanente de autocuestionamiento antidemocrático para no dejar de ser una democracia viva. La cura de los males de la democracia es homeopática…» El único remedio verdadero contra los males más evidentes de la democracia pasa por tener más democracia. Zizek denuncia las atrocidades del socialismo real, sin ocultar su devoción por Marx: «Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás».

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