Investigadores mexicanos reportaron estrés oxidativo, alteraciones testiculares, cambios neuropsiquiátricos y daño en el ADN de ratones sometidos a determinadas radiofrecuencias. Los resultados abren preguntas sobre la exposición prolongada, pero no demuestran que el WiFi doméstico provoque esos efectos en las personas
AquíNoticias Staff
El router encendido en casa, el teléfono celular y otros dispositivos inalámbricos forman parte de un entorno en el que las ondas de radiofrecuencia están presentes de manera cotidiana. Su posible impacto sobre la salud lleva décadas bajo investigación. Un trabajo desarrollado por especialistas del Instituto Politécnico Nacional (IPN) agregó datos a esa discusión al encontrar diversos efectos biológicos en ratones expuestos a frecuencias semejantes a las utilizadas por teléfonos celulares de segunda generación y redes WiFi.
El dato requiere una precisión desde el principio: el experimento se realizó con animales, no con seres humanos. Por ello, sus resultados no permiten concluir que utilizar WiFi en casa cause en las personas las alteraciones observadas en los ratones. La propia evidencia disponible sobre redes inalámbricas en humanos no permite establecer hasta ahora esa relación causal.
Más de 300 ratones y cinco años de investigación
El IPN informó el 12 de mayo de 2024 que el proyecto fue desarrollado por investigadores y estudiantes de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas y de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica. El trabajo se llevó a cabo entre 2015 y 2020, de acuerdo con Roberto Linares y Miranda, doctor en Ciencias en Ingeniería Eléctrica y uno de los responsables de la investigación.
Los científicos emplearon más de 300 ratones distribuidos en cinco grupos. Parte de los animales fue expuesta a una frecuencia de 860 MHz con 0.5 watts de potencia, comparable, según el IPN, con la utilizada por teléfonos celulares 2G. Otra exposición se realizó a 2.4 GHz y 0.1 watts, frecuencia empleada por numerosos dispositivos WiFi.
Este último dato corrige una imprecisión que ha aparecido en algunas publicaciones sobre el estudio: el comunicado oficial del Politécnico habla de 2.4 GHz, no de 2.5 GHz.
¿Qué encontraron los investigadores?
El reporte difundido por el IPN señaló que entre los animales expuestos se observaron estrés oxidativo, daño testicular y en el esperma, cambios neuropsiquiátricos detectados mediante electroencefalograma, apoptosis —muerte celular programada—, alteraciones en el ADN de sangre periférica y efectos genotóxicos relacionados con el desarrollo físico y motor.
Son hallazgos relevantes porque muestran respuestas biológicas bajo las condiciones específicas del experimento. Sin embargo, una respuesta biológica no equivale automáticamente a una enfermedad ni permite trasladar directamente un resultado obtenido en ratones a la población humana. La Organización Mundial de la Salud hace precisamente esa distinción al advertir que un efecto biológico no debe confundirse, por sí mismo, con un peligro para la salud.
Hay otra limitación importante. Cuando el IPN dio a conocer los resultados en 2024, señaló expresamente que todavía estaban pendientes de publicación. Eso significa que el comunicado institucional ofrece los principales hallazgos, pero no contiene todos los elementos metodológicos, estadísticos y experimentales que permitiría examinar un artículo científico completo.
Entonces, ¿el WiFi es peligroso para las personas?
Con la evidencia disponible, esa conclusión no está demostrada.
La OMS señala que los niveles de radiofrecuencia a los que normalmente están expuestas las personas por estaciones base y redes inalámbricas son bajos. Las revisiones científicas consideradas por el organismo no han encontrado evidencia convincente de efectos adversos para la salud causados por las señales débiles emitidas por estas redes.
La intensidad de los campos de radiofrecuencia disminuye además rápidamente con la distancia a la fuente. De acuerdo con la OMS, las exposiciones habituales procedentes de tecnologías inalámbricas en espacios públicos se encuentran normalmente muy por debajo de los límites internacionales establecidos para proteger a la población.
Esto no vuelve irrelevante el trabajo del IPN. Los estudios con animales sirven para detectar mecanismos, formular hipótesis y decidir qué preguntas deben investigarse después en seres humanos. Lo que no permiten es saltar directamente de “se observaron alteraciones en ratones” a “el router de una casa produce esas alteraciones en las personas”.
¿Y qué relación tiene esto con el cáncer?
Aquí también hace falta separar dos conceptos.
En 2011, la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), organismo especializado de la OMS, clasificó los campos electromagnéticos de radiofrecuencia dentro del Grupo 2B: “posiblemente carcinógenos para los seres humanos”. La decisión se basó entonces en evidencia considerada limitada, principalmente sobre determinadas exposiciones asociadas al uso de teléfonos móviles.
Una clasificación 2B indica que existe una señal científica que merece investigación; no significa que se haya demostrado que el WiFi cause cáncer. La propia IARC explica que sus categorías identifican la fortaleza de la evidencia sobre un peligro potencial y no cuantifican el riesgo que representa una exposición concreta.
Tampoco puede presentarse esa clasificación de 2011 como una validación del experimento mexicano realizado años después. Se trata de antecedentes científicos distintos que forman parte de una misma discusión sobre las radiofrecuencias.
Un estudio que abre preguntas, no que cierra el debate
El trabajo del IPN coloca un dato mexicano dentro de una investigación internacional mucho más amplia: bajo determinadas condiciones experimentales, la exposición a radiofrecuencias produjo alteraciones mensurables en ratones. El siguiente paso científico consiste en determinar qué mecanismos explican esos cambios, en qué niveles y tiempos de exposición aparecen y si tienen alguna correspondencia relevante para la salud humana.
Para quien utiliza diariamente un celular o tiene un router encendido en casa, la evidencia disponible deja una conclusión menos espectacular, pero más precisa: hay razones para seguir estudiando los efectos de la exposición prolongada a radiofrecuencias; no hay evidencia suficiente para afirmar que el WiFi doméstico provoque en humanos los daños encontrados por el IPN en ratones.
Ese matiz cambia por completo la historia. El hallazgo merece atención científica precisamente porque plantea preguntas que todavía deben responderse, no porque haya demostrado que la tecnología inalámbrica de uso cotidiano enferme a quienes la utilizan.








