Estudios documentan más eventos cerebrovasculares en adultos jóvenes; el riesgo empieza antes de los 40

La presión alta, la glucosa elevada y las alteraciones del colesterol pueden avanzar sin síntomas durante años; conocer estos indicadores y actuar ante señales repentinas puede reducir daño y discapacidad

AquíNoticias Staff

Un evento vascular cerebral continúa siendo más frecuente entre personas mayores, pero la juventud no descarta el riesgo. Estudios realizados en Estados Unidos, Europa y otros países han registrado aumentos entre adultos jóvenes, especialmente en los eventos isquémicos causados por la obstrucción del flujo sanguíneo hacia el cerebro.

Los datos deben leerse sin exageraciones. No significan que los jóvenes hayan desplazado a los adultos mayores como el grupo más afectado, sino que existe un cambio suficiente para revisar la idea de que el infarto cerebral es una enfermedad exclusiva de la vejez.

El aumento es pequeño en porcentaje absoluto, pero significativo

En Estados Unidos, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades compararon los periodos 2011-2013 y 2020-2022. La prevalencia autodeclarada de eventos cerebrovasculares entre adultos de 18 a 44 años pasó de 0.8 a 0.9 por ciento.

La diferencia absoluta fue de 0.1 puntos porcentuales, pero representó un incremento relativo de 14.6 por ciento y resultó estadísticamente significativo. En contraste, durante 2020-2022 la prevalencia entre personas de 65 años o más fue de 7.7 por ciento, lo que confirma que la edad avanzada sigue concentrando la mayor carga.

Un análisis basado en el estudio Global Burden of Disease 2021 estimó que el número mundial de casos nuevos entre personas de 15 a 49 años aumentó 36 por ciento entre 1990 y 2021.

Ese dato tampoco debe confundirse con un incremento uniforme del riesgo individual: las tasas ajustadas por edad disminuyeron durante buena parte del periodo. Sin embargo, entre 2015 y 2021 volvió a crecer la incidencia ajustada de infartos cerebrales isquémicos y hemorragias subaracnoideas entre jóvenes. La presión sistólica elevada fue el principal factor asociado con pérdida de años de vida saludable.

En Países Bajos, un estudio nacional identificó 15 mil 257 primeros eventos cerebrovasculares entre personas de 18 a 50 años. La incidencia aumentó 23 por ciento entre 1998 y 2010, al pasar de 14 a 17.2 casos por cada 100 mil personas-año.

El crecimiento se concentró principalmente entre mayores de 35 años y estuvo impulsado por un aumento de 46 por ciento en los eventos isquémicos.

México carece de una medición comparable para menores de 40

Las fuentes oficiales mexicanas consultadas reconocen la enfermedad vascular cerebral como un problema de salud pública, pero no presentan una serie nacional reciente y comparable que permita medir específicamente su evolución entre menores de 40 años.

Por ello, las cifras internacionales no deben trasladarse automáticamente a México. Sí permiten advertir una tendencia y reforzar la vigilancia de factores de riesgo que también están presentes en la población mexicana.

“Lo que estamos viendo hoy es que personas muy jóvenes, desde los 30, 35 años, están padeciendo estas enfermedades crónicas a edades tempranas”, explica el doctor Daniel Sánchez Arreola.

El problema no empieza el día del infarto. La diabetes, la hipertensión, la obesidad y las alteraciones de los lípidos pueden avanzar durante años sin producir molestias evidentes.

Algunas personas descubren que vivían con presión alta o glucosa elevada cuando llegan al hospital por una descompensación o un evento vascular. El episodio aparece de forma súbita, pero el daño en los vasos sanguíneos puede haberse construido lentamente.

Tres indicadores que conviene conocer

Presión arterial

La hipertensión es uno de los principales factores modificables de riesgo cerebrovascular. Puede mantenerse sin síntomas mientras daña las arterias que llevan sangre al cerebro.

La guía estadounidense de prevención primaria de eventos cerebrovasculares destaca el control de la presión como una intervención fundamental y recomienda valorar también colesterol, glucosa, obesidad, tabaquismo, actividad física y alimentación.

Una medición aislada no permite confirmar un diagnóstico. La presión debe tomarse con una técnica adecuada y evaluarse mediante varias lecturas; únicamente un profesional de la salud puede determinar si existe hipertensión y definir el tratamiento.

Glucosa en sangre

La diabetes contribuye al deterioro de los vasos sanguíneos y eleva el riesgo cardiovascular y cerebrovascular, especialmente cuando coincide con presión alta, tabaquismo o alteraciones del colesterol.

La glucosa en ayuno muestra la concentración de azúcar después de varias horas sin consumir alimentos. La prueba de hemoglobina A1c permite estimar el comportamiento promedio de la glucosa durante los tres meses anteriores.

La necesidad y frecuencia de estas pruebas deben definirse mediante valoración médica, particularmente cuando existen sobrepeso, antecedentes familiares, hipertensión u otros factores de riesgo.

Colesterol y triglicéridos

Un perfil de lípidos mide colesterol total, LDL, HDL y triglicéridos. Un nivel elevado de LDL, especialmente cuando coincide con triglicéridos altos o HDL bajo, favorece la acumulación de grasa en las paredes arteriales y aumenta el riesgo de obstrucciones.

Sánchez Arreola advierte que una alimentación desequilibrada puede favorecer la formación de placas arteriales desde edades jóvenes. Es un proceso gradual al que también contribuyen el sedentarismo, el tabaquismo, la diabetes y la presión elevada.

Los hábitos no actúan por separado

Dormir poco, fumar, consumir alcohol en exceso, permanecer inactivo y mantener durante años una alimentación desequilibrada no provocan necesariamente un infarto cerebral de manera inmediata.

Su efecto es acumulativo: pueden favorecer aumento de peso, hipertensión, resistencia a la insulina, diabetes y alteraciones del colesterol. El riesgo resulta de la interacción entre hábitos, condiciones médicas, antecedentes familiares, edad y acceso oportuno a atención preventiva.

Sánchez Arreola lo resume como una combinación multifactorial que puede convertirse en “una bomba de tiempo”.

La prevención no consiste en atribuir toda la responsabilidad a las decisiones individuales. También requiere consultas accesibles, detección temprana, seguimiento de pacientes, disponibilidad de medicamentos y campañas que permitan reconocer un evento cerebrovascular.

Las señales aparecen de forma repentina

Los signos de alarma más frecuentes son debilidad o adormecimiento súbito de la cara, un brazo o una pierna —principalmente de un solo lado—; dificultad para hablar o comprender; pérdida repentina de la visión; problemas para caminar; mareo, desequilibrio o falta de coordinación; y dolor de cabeza intenso sin causa conocida.

Una forma práctica de actuar es observar tres elementos:

Rostro: pedir a la persona que sonría y revisar si un lado cae.

Brazos: pedirle que levante ambos y observar si uno pierde fuerza.

Habla: solicitarle que repita una frase sencilla y detectar dificultad o confusión.

Si aparece cualquiera de estas alteraciones, el tiempo importa. Debe llamarse al 911 y acudir inmediatamente a un servicio de urgencias, incluso cuando los síntomas disminuyan o desaparezcan. El tratamiento temprano puede limitar el daño cerebral y reducir secuelas motoras, visuales y del lenguaje.

Ser joven no elimina el riesgo. Conocer la presión arterial, la glucosa y el perfil de lípidos tampoco garantiza que un evento no ocurrirá, pero permite identificar condiciones tratables antes de que la primera señal aparezca en una sala de urgencias.

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