Las tecnologías nunca llegan solas, traen consigo una visión del mundo y un nuevo reparto del poder. Conviene tener esta premisa clara al leer AI and the Future of Education: Disruptions, Dilemmas and Direction, la antología que la UNESCO publicó en 2025 sobre la inteligencia artificial (IA) y el futuro de la educación. Se trata de un volumen de veintiún ensayos mesurados que diseccionan los impactos y riesgos de esta tecnología en las aulas.
El texto apareció el mismo año en que Estados Unidos, lugar desde donde se diseñan, junto con China, casi todos los modelos de frontera, anunció por tercera vez su salida de la UNESCO (efectiva a finales de este 2026), tras calificar de «ideología globalista» la agenda de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, cuyo cuarto pilar es, precisamente, la educación. Esto es irónico: quien más define el rumbo técnico del planeta se retira de la mesa donde se debate su sentido humano.
Frente a ese panorama, el contenido de la antología resulta provocador. La lingüista Emily Bender, por ejemplo, sostiene que no estamos obligados a aceptar la IA generativa como un destino ineludible. Advierte que acostumbrar a los niños a delegar en máquinas equivale a enseñarles a menospreciar su propia voz y a devaluar el trabajo humano con el que dichos modelos fueron entrenados. Por su parte, el pensador Báyò Akómoláfé desconfía incluso del término «reorientación», al que considera demasiado amable para nombrar lo que en realidad es una desorientación de raíz; frente a la prisa tecnológica, su propuesta es radical: detenerse.
El verdadero nudo político se asoma cuando George Siemens advierte que la IA ya es un instrumento de Estado, uno que las grandes potencias manejan con la previsión estratégica habitualmente reservada al poder militar. Si esto se lee desde el Sur global, el panorama cambia por completo. Mientras la IA es materia de seguridad nacional en Washington y Pekín, a los países periféricos se les receta el diálogo, el bien común y la deliberación.
En los algoritmos de frontera, nuestras lenguas pesan poco y nuestras formas de conocer, aún menos. Un tercio de la humanidad sigue sin conexión, y la «personalización educativa» que promete la IA llega, casi siempre, empaquetada como un producto en venta. Existe, además, una asimetría perversa: los remedios más repetidos (la ética del cuidado, el diseño compartido, el resguardo de los datos) recaen como responsabilidad sobre quienes menos poder tienen, como el magisterio y las comunidades marginadas, mientras las decisiones de fondo se toman en un reducido número de empresas de dos países.
La antología de la UNESCO recuerda que enseñar no es un simple intercambio de datos, sino una relación humana sostenida. Subraya, también, que la evaluación estandarizada ya medía mal, y que la IA solo vino a dejar al descubierto esa vieja debilidad. Nos demuestra que caben otros futuros y no uno solo, dictado por las pantallas.
Hannah Arendt sostuvo, en su ensayo «La crisis en la educación», que educar equivale a decidir si amamos el mundo lo bastante para hacernos responsables de él. Por ello, la lección definitiva de estos ensayos no es sentarnos a esperar un consenso en un foro global, sino decidir aquí, con nombre propio, qué le entregamos a la máquina y qué preservamos.
En la Secretaría de Educación Pública, en las escuelas normales, en cada salón de clases, esa decisión deja de ser abstracta. Se resuelve en la práctica: al elegir una plataforma digital, al redactar una norma o al determinar qué es lo que mide un examen.








