La construcción sustentable cambia la ecuación y gana valor como estrategia inmobiliaria

El costo inicial dejó de ser la única medida para decidir una inversión. Menor consumo energético, ahorro de agua, acceso a financiamiento verde y demanda de espacios eficientes están modificando la forma de valuar los inmuebles

AquíNoticias Staff

Durante años, construir con criterios ambientales cargó con una objeción recurrente: sale más caro. La discusión inmobiliaria empieza a moverse hacia otra pregunta: cuánto cuesta mantener durante décadas un edificio que consume demasiada energía, agua y recursos.

Ese cambio de perspectiva es el que plantea Marta Bonadie, fundadora y directora general de Taller 1339, firma mexicana de arquitectura e interiorismo fundada en 2018.

Su tesis puede condensarse en una frase: “La sostenibilidad no es un costo”. Para Bonadie, incorporar criterios ambientales desde el diseño sirve también para preservar el valor futuro de un activo inmobiliario.

La evidencia internacional respalda una parte importante de esa transformación, aunque exige matices en algunas cifras.

El World Green Building Council sostiene que los edificios verdes pueden desarrollarse actualmente con costos comparables a los convencionales y que los mayores desembolsos iniciales pueden recuperarse mediante menores gastos de operación. La organización documenta además casos concretos con diferenciales relativamente reducidos: un edificio británico certificado WELL y BREEAM reportó un sobrecosto de 3%, mientras un proyecto LEED Platinum en Atlanta situó por debajo de 0.5% el diferencial asociado a su sistema energético. Eso no significa que exista un sobrecosto universal de 1% a 5% para todos los proyectos: depende del inmueble, mercado, certificación, tecnología y momento en que la sustentabilidad entra al diseño.

El costo que aparece después de inaugurar

La discusión cambia cuando el edificio deja el plano y comienza a operar.

Iluminación, climatización, bombeo, agua, mantenimiento y sustitución de equipos acompañarán al inmueble durante buena parte de su existencia. Un proyecto eficiente reduce esa exposición.

EDGE, sistema de certificación desarrollado por IFC, exige para su nivel básico que el edificio demuestre al menos 20% de ahorro en energía, agua y energía incorporada en materiales frente a una referencia convencional. Su metodología permite además calcular los costos incrementales de distintas medidas desde la etapa de proyecto.

La experiencia tampoco termina necesariamente en ese mínimo. Un reporte del World Green Building Council publicado en 2025 encontró en Asia-Pacífico edificios verdes certificados con ahorros energéticos de entre 20% y 60%. Es un dato regional y no debe trasladarse automáticamente a México, pero muestra el tamaño que puede alcanzar la diferencia operativa en determinados mercados y proyectos.

Por eso resulta más preciso evaluar cada inmueble mediante su consumo proyectado, características climáticas, tecnología, mantenimiento y costo total durante su vida útil que asumir porcentajes universales de ahorro.

Un edificio también puede quedarse atrás

Hay otro riesgo que comienza antes de que el inmueble termine físicamente su vida útil: que el mercado deje de quererlo.

En el sector inmobiliario se habla de stranded assets o activos varados para describir propiedades cuyo valor queda comprometido debido a cambios regulatorios, ambientales o en las exigencias del mercado. La Royal Institution of Chartered Surveyors advierte que los edificios incapaces de cumplir futuros estándares energéticos o expectativas de compradores y arrendatarios enfrentan una mayor posibilidad de obsolescencia anticipada.

Eso convierte la eficiencia en algo más que una decisión ambiental.

Un edificio diseñado hoy deberá competir dentro de diez, veinte o treinta años con inmuebles más nuevos, regulaciones potencialmente más estrictas y empresas que incorporan compromisos climáticos a sus decisiones de inversión y ocupación.

El World Green Building Council señala que los mejores atributos ambientales pueden incrementar la comercialización de los activos y, en determinados mercados, relacionarse con mayor capacidad para atraer inquilinos y obtener mejores rentas o precios de venta.

En Asia-Pacífico, por ejemplo, su reporte de 2025 detectó primas de renta de hasta 11% para edificios verdes certificados. Nuevamente, el dato describe aquel mercado y no constituye una expectativa automática para México.

La oficina también se mide por las personas

La ecuación incluye otro activo menos visible: quienes trabajan dentro del edificio.

Luz natural, calidad del aire, acústica, confort térmico, contacto con el exterior y distribución espacial forman parte de estándares como WELL, orientado a la salud y bienestar de los ocupantes.

Aquí también conviene evitar promesas absolutas.

Un estudio revisado por pares publicado en Building and Environment, basado en más de 1,300 respuestas antes y después de ocupar oficinas certificadas WELL en Norteamérica, encontró mejoras significativas en satisfacción, bienestar y productividad percibida, aunque el efecto sobre la productividad autoevaluada fue pequeño.

Otra investigación realizada en 14 oficinas de Australia, Nueva Zelanda y Hong Kong encontró mejores resultados de satisfacción con distintos componentes del entorno en los espacios WELL, pero no diferencias significativas generales en salud entre las oficinas certificadas y no certificadas. Sí registró menos quejas relacionadas con el síndrome del edificio enfermo y molestias musculoesqueléticas.

La conclusión es más interesante que una promesa publicitaria: el diseño puede influir en el desempeño y bienestar, pero ningún sello garantiza por sí mismo determinada productividad.

Del precio por metro cuadrado al valor por metro cuadrado

Para Bonadie, ahí se encuentra el cambio metodológico pendiente.

El sector inmobiliario acostumbra preguntar cuánto cuesta construir cada metro cuadrado. El enfoque sustentable obliga a incorporar otra variable: cuánto valor puede conservar o producir ese metro cuadrado a través del tiempo.

No basta entonces con colocar paneles solares al final del proyecto y añadir una etiqueta verde.

La eficiencia empieza en orientación, envolvente, iluminación, ventilación, sistemas hidráulicos, elección de materiales, comportamiento térmico y operación futura. Cuando esas decisiones llegan tarde, suelen resultar más caras y menos efectivas.

Taller 1339 plantea precisamente esa integración entre diseño, ingeniería y funcionamiento del espacio; la firma trabaja en proyectos corporativos, residenciales, comerciales y de hospitalidad.

El mercado terminará poniendo a prueba esa tesis inmueble por inmueble.

El argumento financiero, sin embargo, ya cambió: la pregunta dejó de ser únicamente cuánto cuesta hacer un edificio más eficiente y empezó a incluir cuánto puede perder un propietario por mantener durante años uno que no lo sea.

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