Tallada en madera de cedro y heredada entre generaciones, esta pieza de Chiapa de Corzo concentra historia, devoción, oficio artesanal y una identidad comunitaria que sigue viva en la Fiesta Grande de Enero
Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón
Antes de colocarse sobre el rostro de un danzante, la máscara de parachico ya ha recorrido un camino de historia, creencias y respeto por la naturaleza.
En Chiapa de Corzo, cada pieza tallada en madera de cedro es mucho más que una artesanía. Es un símbolo donde convergen el misticismo, el sincretismo religioso y una de las expresiones culturales más reconocibles de Chiapas.
La máscara nace en el taller, entre el aroma del cedro recién tallado y las manos pacientes de los artesanos. Ahí, la madera deja de ser materia prima para convertirse en rostro ceremonial, memoria comunitaria y continuidad familiar.
Su origen popular se vincula con la leyenda de María de Angulo, situada en el siglo XVIII. La tradición cuenta que habitantes del antiguo pueblo de Chiapa se cubrieron el rostro con máscaras de rasgos europeos para divertir al hijo enfermo de una noble española. Al preguntar quiénes eran aquellos personajes, la respuesta habría sido: “Para el chico”. Con el tiempo, esa expresión dio nombre a los parachicos.
Pero detrás de esa leyenda existe una lectura más profunda. La máscara expresa el encuentro entre el mundo indígena y la herencia colonial española. Sus facciones serenas, mejillas sonrojadas, ojos claros y, en ocasiones, un bigote delicado evocan un rostro europeo; su sentido espiritual, en cambio, pertenece a la identidad chiapaneca.
Al portarla, el danzante deja de ser sólo individuo. Se integra a una comunidad ritual de alegría, gratitud y devoción durante las celebraciones dedicadas al Señor de Esquipulas, San Antonio Abad y San Sebastián Mártir, realizadas del 4 al 23 de enero.
Uno de los aspectos menos conocidos es el misticismo que rodea la elaboración de la pieza. Entre artesanos persiste la creencia de que el cedro debe obtenerse durante la luna llena, porque se considera que así la madera adquiere mayor resistencia y durabilidad.
Ese vínculo con la naturaleza también se expresa en el respeto por los árboles. Muchos artesanos prefieren trabajar con madera de ejemplares caídos de manera natural, alcanzados por un rayo o que ya concluyeron su ciclo de vida, antes que derribar árboles sanos.
Cada máscara es tallada completamente a mano. No existen dos iguales. En cada una queda la experiencia, sensibilidad y estilo de quien la trabaja.
Después del tallado, la pieza recibe capas de pintura con esmaltes o acrílicos que resaltan sus rasgos tradicionales. Así queda lista para acompañar al parachico junto con el sarape multicolor, la montera de ixtle, las chalinas bordadas y el chinchín que marca el ritmo de la danza.
En Chiapa de Corzo suele decirse que “el parachico nace, no se hace”. La frase resume el arraigo de una tradición donde portar la máscara implica compromiso con la comunidad, la historia familiar y una identidad que atraviesa generaciones.
Muchos artesanos heredaron el oficio de padres o abuelos. Hoy lo enseñan a hijos y aprendices para mantener viva una técnica que ha resistido al tiempo, al mercado turístico y a la tentación de convertir una tradición profunda en simple objeto decorativo.
La máscara de parachico no es sólo un recuerdo para visitantes. Es el rostro visible de un sincretismo que unió culturas, de un misticismo que aún acompaña a los talleres y de una tradición que sigue viva porque hay quienes entienden que cada veta de cedro también guarda la historia de Chiapas.








