El Museo de las Artesanías de Chiapas celebró su octavo aniversario con fotografías y testimonios de integrantes de la mayordomía del Rosario, dedicados a conservar ofrendas, cocina, música y danzas
AquíNoticias Staff
La tradición zoque de Tuxtla no permanece únicamente en las fiestas o en los altares. También vive en las manos de quienes preparan alimentos, elaboran ofrendas, tocan música, danzan y cumplen responsabilidades comunitarias que han pasado de una generación a otra.
Esas personas fueron el centro de una exposición fotográfica y un encuentro realizado durante el octavo aniversario del Museo de las Artesanías de Chiapas, donde integrantes de la mayordomía del Rosario compartieron las historias y conocimientos que sostienen estas prácticas en la capital chiapaneca.
La muestra retrata a maestras y maestros en sus hogares, junto a altares y en espacios relacionados con su vida cotidiana. Diana, autora del trabajo fotográfico y ramilletera de la mayordomía, explicó que el proyecto surgió con la intención de conservar la memoria de sus integrantes y reconocer las tareas que realizan detrás de cada celebración.
La necesidad de documentar esas historias adquirió mayor relevancia, señaló, después del fallecimiento de maestros que dejaron conocimientos y recuerdos entre quienes continúan participando. Las fotografías funcionan así como testimonio de personas, oficios y formas de organización que difícilmente pueden separarse de la vida comunitaria.
Óscar, presentado durante el encuentro como albacea principal, explicó que asumir un cargo tradicional implica tiempo, trabajo y disposición. Quienes participan deben organizar sus actividades familiares y laborales para cumplir con los compromisos en las casas de priostes y mayordomos.
Dentro de esa organización intervienen cocineras, chocolateras, pozoleras, ramilleteros, músicos y danzantes, cuyos conocimientos se transmiten principalmente mediante la observación y la práctica.
Una de esas historias es la de Mila, chocolatera de 86 años, quien relató que comenzó a servir a los 22. Más de seis décadas después continúa atendiendo las invitaciones para colaborar en las celebraciones, al tiempo que mantiene su actividad como vendedora de tamales.
Su experiencia permitió mostrar cómo una práctica tradicional puede acompañar prácticamente toda una vida y convertirse también en un vínculo entre generaciones.
Carlos, ramilletero originario de Suchiapa, recordó a los maestros de quienes aprendió a elaborar las ofrendas. Desde su experiencia como campesino, relacionó este trabajo con las peticiones de lluvia, el cultivo del maíz y el sustento de las familias.
También llamó a las generaciones jóvenes a acercarse a estos conocimientos para evitar que desaparezcan con quienes actualmente los conservan.
Mantener las celebraciones tampoco está exento de dificultades. Los horarios laborales, los cambios de la ciudad y la disponibilidad de algunos materiales obligan a adaptar tiempos y formas de organización. Diana relató que en ocasiones trabaja durante la noche para terminar los ramilletes que deberán entregarse a la mañana siguiente.
Esos esfuerzos cotidianos explican una parte de la tradición que pocas veces resulta visible para quienes observan únicamente el resultado final: detrás de cada altar, alimento, danza u ofrenda existe una red de personas que dedica tiempo, conocimientos y recursos para cumplir con una responsabilidad asumida colectivamente.
En el aniversario del museo, las fotografías y los testimonios permitieron mirar esa herencia desde quienes la hacen posible. La memoria zoque continúa en Tuxtla porque todavía existen personas dispuestas a aprender, enseñar y cumplir los compromisos que le dan continuidad.








