Por Mario Escobedo
Durante 133 años, la Universidad de Princeton confió en la palabra de sus estudiantes. Desde 1893, al terminar un examen, cada alumno firmaba una declaración asegurando, bajo su honor, que no había dado ni recibido ayuda. La confianza sustituía a los vigilantes.
F. Scott Fitzgerald, quien estudió en Princeton, defendía este sistema como una de las tradiciones más importantes de la universidad. Decía que consultar unas cuantas notas le habría permitido aprobar más de un examen, pero hacer trampa simplemente no se le ocurría.
En mayo de 2026, Princeton decidió recuperar la supervisión presencial. El Código de Honor no desapareció, pero dejó de ser suficiente frente a las nuevas formas de fraude y al uso de la inteligencia artificial.
La Universidad Nacional Autónoma de México enfrentó un problema semejante. Por primera vez, aplicó completamente en línea su examen de ingreso a licenciatura. Cerca de 159 mil jóvenes participaron mediante una plataforma que incluía reconocimiento facial, bloqueo de aplicaciones, grabación del entorno, inteligencia artificial y supervisión humana.
El sistema parecía seguro, pero los resultados mostraron aumentos atípicos. Los puntajes casi perfectos se multiplicaron y en redes sociales circularon métodos para burlar la vigilancia: teléfonos ocultos, audífonos, transmisiones en tiempo real, cámaras colocadas estratégicamente y ayuda de personas fuera del encuadre.
La UNAM respondió con una medida difícil: convocó a 58 mil 783 aspirantes a presentar un examen presencial de control. La decisión afectó también a jóvenes que probablemente habían obtenido sus resultados honestamente. Muchos tuvieron que trasladarse a otras ciudades, pagar transporte y alimentación y demostrar nuevamente lo que ya habían acreditado.
La universidad debe responder por las fallas de la plataforma, la contratación de la empresa y los costos que trasladó a los aspirantes. Sin embargo, hizo algo indispensable: reconoció que la credibilidad del proceso estaba en duda y decidió revisarlo.
El caso obliga a mirar hacia la Universidad Autónoma de Chiapas.
La UNACH también ha aplicado exámenes de admisión en línea y, como ocurrió en otras universidades, dentro de la comunidad circularon señalamientos sobre posibles consultas externas, ayuda de terceros y falta de control durante la evaluación.
Esto no permite afirmar que todos los aspirantes hicieron trampa ni que los resultados carezcan de validez. Una sospecha no es una prueba. Precisamente por eso se requiere transparencia: para distinguir los rumores de los hechos y proteger a quienes ingresaron honestamente.
La pregunta no debe ser únicamente por qué la UNACH no repitió su examen, sino cómo determinó que no era necesario hacerlo.
¿Se realizó un análisis estadístico de los resultados? ¿Se compararon los puntajes con los de años anteriores? ¿El sistema generó alertas? ¿Cuántos casos fueron revisados? ¿Existieron resultados atípicos? ¿Qué procedimientos se aplicaron para descartar la intervención de terceras personas?
Si la universidad hizo estas revisiones, sería conveniente que las informara. La transparencia no debilita a una institución; le permite demostrar que sus decisiones tienen sustento.
La experiencia de la UNAM también deja claro que repetir masivamente un examen no siempre es la mejor solución. Puede castigar a estudiantes honestos, generar gastos y reproducir desigualdades. Pero entre repetir toda la prueba e ignorar las dudas existen alternativas.
La UNACH podría establecer un protocolo permanente para revisar resultados extraordinarios, realizar exámenes de control únicamente en los casos que presenten anomalías, conservar registros de las alertas tecnológicas y crear una comisión técnica con participación de especialistas, docentes y representantes estudiantiles.
También podría publicar, sin revelar datos personales, un informe posterior a cada proceso de admisión: número de aspirantes, incidencias registradas, exámenes cancelados, resultados atípicos y medidas adoptadas. De esta manera, la comunidad no tendría que depender de versiones o rumores.
Otra posibilidad es aplicar un modelo mixto. La modalidad en línea puede mantenerse para reducir gastos y evitar traslados, especialmente en un estado con una geografía compleja y comunidades alejadas. Sin embargo, los resultados que se aparten significativamente de los patrones históricos podrían verificarse mediante una segunda evaluación presencial, una entrevista académica o ejercicios complementarios.
Además, es necesario revisar qué se pregunta. Si un examen puede resolverse con ayuda de una aplicación en pocos segundos, quizá no basta con aumentar la vigilancia. También debemos transformar la evaluación. Menos memorización y más comprensión, razonamiento, solución de problemas y capacidad para argumentar.
La inteligencia artificial no debe entenderse únicamente como enemiga. Puede apoyar el aprendizaje, identificar dificultades y ampliar el acceso al conocimiento. La responsabilidad de las universidades consiste en establecer con claridad cuándo su uso es legítimo, cuándo constituye una ayuda no permitida y cómo debe evaluarse en un entorno donde estas herramientas ya forman parte de la vida cotidiana.
También se necesita una cultura de integridad. Las cámaras, los navegadores bloqueados y los algoritmos pueden dificultar la trampa, pero no reemplazan la formación ética. Princeton sostuvo durante más de un siglo un sistema basado en la confianza; su crisis muestra que la honestidad no se conserva únicamente mediante una firma. Pero la vigilancia tampoco funciona si no está acompañada de reglas claras y autoridades dispuestas a revisar sus propios procedimientos.
En Chiapas, el acceso a la universidad puede cambiar la trayectoria de una familia. Por ello, cualquier irregularidad, por pequeña que parezca, merece atención. Un lugar obtenido mediante una ventaja ilegítima puede significar que otro joven, que respondió honestamente, quede fuera.
La UNAM decidió repetir su examen porque consideró que la duda era suficientemente grave. La UNACH no necesariamente debe copiar esa decisión, pero sí aprender de ella. Debe explicar cómo garantiza la integridad de sus procesos y qué hará si vuelven a presentarse señalamientos.
Una universidad no demuestra fortaleza afirmando que todo salió bien. La demuestra cuando revisa, informa y corrige.
El examen de admisión no solo evalúa a los estudiantes. También pone a prueba la transparencia de las instituciones. Frente a la inteligencia artificial y las nuevas formas de fraude, la UNACH tiene una oportunidad: esperar a que ocurra una crisis o construir desde ahora un proceso más verificable, justo y confiable.








