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Laco, por Óscar Oliva
Óscar Oliva, Enoch Cancino Casahonda, profesor Édgar Robledo Santiago, Manuel Galiche, dramaturgo guatemalteco y el narrador Eraclio Zepeda, Tuxtla Gutiérez. Foto: Cortesía Internet.

Laco, por Óscar Oliva

Antes de comenzar su libro de cuentos, Benzulul, allá por 1957, ya tenía concebido el gran proyecto de su obra literaria, que le llevaría toda la vida. Para eso tenía la fortaleza física, intelectual y emocional para ir enfrentándose a ella, acompañado de Cervantes, Gogol, Quevedo, César Vallejo, Benito Pérez Galdós, Juan Rulfo, y la literatura oral de tantas edades de Chiapas

Óscar Oliva

Yo quisiera, por un rato, que estuviéramos todos juntos alrededor de la mesa que compartimos tantas veces, pero sé que esto ya no es posible, cuando hay una silla vacía para siempre.
Laco, antes de comenzar su libro de cuentos, Benzulul, allá por 1957, ya tenía concebido el gran proyecto de su obra literaria, que le llevaría toda la vida. Para eso tenía la fortaleza física, intelectual y emocional para ir enfrentándose a ella, acompañado de Cervantes, Gogol, Quevedo, César Vallejo, Benito Pérez Galdós, Juan Rulfo, y la literatura oral de tantas edades de Chiapas.
Laco comenzó hacer muchos trazos en distintos cuadernos cuadriculados, a dejar palabras en pergaminos ya habitados con pinturas y dibujos extraños, a planear viajes que lo llevarían a otros mundos con otros idiomas y costumbres. Laco estaba dispuesto a averiguar otros ríos que no fueran el Leteo ni el Usumacinta.
Su literatura sería construida en las nacientes armas milagrosas de la Revolución Cubana, en las Puertas donde nació un potro, en el tren transiberiano, en la fría península de Kamchatka de Leopoldo Lugones, en los 10 días que estremecieron el mundo, de John Reed, su hermano.
Laco vio cómo los árboles del Huitepec, al mecerse, crecían un poco más.
A veces no podía aguantarle el paso. Aprisa, hermano, me gritaba en la noche cerrada de San Juan de la Cruz, ya va a aparecer el coyotaje en la Loma del Venado, ya Tuxtla va a desaparecer, me seguía apurando.
Luego volvíamos a los poemas de Nazim Hikmet, a su duro oficio de exilio, y acabábamos llorando.
Yo iba más lento. Si no llegábamos a tiempo, nos perderíamos tantas cosas. Yo creo que tú las ganaste.
Laco, ya no podré enseñarte lo último que estoy escribiendo. Pero sé que te dará gusto que cada vez más me estoy convirtiendo simplemente en un compilador, en alguien que nada más organiza y compone. He comprendido que de nadie es el laboratorio, ya sea bajo tierra o el espacio exterior.
Guardo en el cajón de mi escritorio uno de tus cuadernos cuadriculados.
Sí, hemos llegado todos, puntuales, y nos hemos sentado alrededor de la mesa, la noche va a ser muy larga. Todo va ser como en el comienzo. No hay sillas vacías.
Tuxtla, 17 de septiembre, 2015.

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