En julio leí Las niñas bien, de Guadalupe Loaeza. Me había resistido un poco a hacerlo porque un halo de frivolidad rodeaba al libro y a la autora, pero lo que me motivó fue saber que se reeditó con motivo de su cuadragésimo aniversario y que es uno de los best sellers mexicanos, con más de 350,000 ejemplares vendidos.
Las crónicas, escritas entre 1982 y 1985, en sus años de taller con Elena Poniatowska, retratan a la burguesía capitalina en su hábitat: Polanco, las Lomas, el psicoanalista, las excursiones a la Lagunilla, las fiestas de happy birthday, el Betamax, la devoción por lo francés. Loaeza observa bien, pero observa modales, no poder. Su costumbrismo de ricos cataloga cubiertos de plata y marcas de perfume con la misma atención con que un naturalista ordena mariposas; lo que casi nunca aparece es la pregunta por el origen de tanto privilegio.
Conviene recordar el momento. El libro nació entre ruinas: la nacionalización de la banca en 1982, la fuga de los sacadólares, la inflación, el fin del auge petrolero y, al fondo, el terremoto de 1985. Para millones, esos años fueron hambre; para las niñas bien, una molestia que encarecía el viaje de compras al extranjero. Loaeza se ríe de quienes discuten la cotización del dólar entre canapés, y la risa se agradece, pero no pasa de ahí. Es una sátira que no amenaza el orden que describe. Aquélla no es el objetivo del libro.
Ese es el límite mayor de la obra. La autora pertenece a la clase que disecciona y su humor funciona menos como crítica que como una suerte de absolución: permite a la clase alta reírse de sí misma. Comparada con la crónica de Carlos Monsiváis, que tenía filo político, o con el trabajo testimonial de la propia Poniatowska, que asumió el dolor ajeno tras el temblor, la de Loaeza se queda en la página de sociales.
Tampoco conviene ser indulgentes con la clase retratada. No es una pieza de museo ni un grupo inofensivo de personas excéntricas. Es un grupo sostenido por el privilegio, muchas veces heredado, y por una jerarquía que en México también es de color: el afrancesamiento de esas familias fue, muchas veces, desdén por lo indígena y lo popular, por el país concreto que quedaba del otro lado de la calle. Esa élite no desapareció. Se recicló. Hoy combina el huipil con el pantalón carísimo, dona a la causa de moda y sigue concentrando el capital económico y cultural.
El presente exige la misma dureza. En el México de 2026, “aspiracionismo” se ha vuelto insulto oficial y el privilegio se denuncia desde las tribunas; sin embargo, la desigualdad persiste y el discurso contra la élite convive con la formación de élites nuevas. Unos ostentan humildad de huipil mientras conservan la cuenta bancaria; otros hacen del antielitismo una pose tan hueca como la ternura de Loaeza. Las redes, entretanto, industrializaron la ostentación que el libro apenas insinuaba. Hoy se condena el clasismo y se le practica en el mismo scroll.
Cuarenta años y más de 350 mil ejemplares después, el libro sobrevive porque la desigualdad persiste.








