PAZ, Somos México y las elecciones de 2027 / Eduardo Torres Alonso

Los partidos políticos son, a pesar de la desconfianza que los rodea, piezas difícilmente sustituibles de la democracia representativa. Median entre la sociedad y el poder, organizan la competencia por los cargos y traducen preferencias difusas en programas de gobierno.

Por ello, el nacimiento de nuevas organizaciones no significa un trámite administrativo: es un indicador del estado del sistema de partidos y de la calidad de la representación. La pregunta, entonces, no es cuántos partidos surgen, sino qué tipo de partidos son y a qué intereses responden.

El 25 de junio de 2026, el Consejo General del Instituto Nacional Electoral (INE) aprobó el registro de dos nuevas fuerzas nacionales: Construyendo Sociedades de Paz, que competirá como PAZ, y Somos México, surgida de la organización Personas Sumando en 2025, A. C. Con ellas, el país tendrá ocho partidos nacionales rumbo a las elecciones intermedias de 2027, cuando se renovará la Cámara de Diputados, se disputarán 17 gubernaturas y miles de cargos locales. Ambas recibirán, en conjunto, cerca de 84 millones de pesos de financiamiento público para lo que resta del año.

No fue un trámite automático: de las cuatro organizaciones que llegaron a la etapa final, otras dos, México Tiene Vida y Que Siga la Democracia, quedaron fuera por irregularidades en afiliación y financiamiento; a la primera, incluso, se le multó por intentar sobornar a una funcionaria electoral.

Sus fortalezas no deben subestimarse, aunque tampoco exagerarse. Ninguna parte de cero. PAZ hereda la estructura, los cuadros y la experiencia territorial del extinto Partido Encuentro Social (PES), de raíz evangélica y agenda conservadora, encabezado por Hugo Eric Flores. Somos México recoge la energía de la llamada Marea Rosa, el movimiento ciudadano que respaldó la candidatura de Xóchitl Gálvez en 2024, y se apoya en cuadros provenientes del desaparecido PRD, como Guadalupe Acosta Naranjo. Esa genealogía les otorga capital organizativo, redes previas y una capacidad de adaptación pragmática que conviene observar: Encuentro Social ya demostró, al aliarse con Morena en 2018 pese a su ideario conservador, que la elasticidad puede pesar más que la coherencia doctrinaria.

Sin embargo, asoman también sus debilidades. La más seria es la sospecha de dependencia respecto de grupos de poder preexistentes. Diversos analistas ubican a PAZ en la órbita de Morena y del proyecto de la presidenta Claudia Sheinbaum, mientras que Somos México aparece como vehículo de una oposición que busca reconstituirse. Si esas lecturas son correctas, el problema de fondo es la identidad ideológica: una organización de origen evangélico aliada a la izquierda gobernante, y otra definida más por aquello a lo que se opone que por un programa propio, difícilmente proyectan un perfil nítido ante el electorado. En los términos de Herbert Kitschelt, la distancia entre un sistema de partidos programático y uno clientelar reside en si hay idearios o transacciones; el riesgo, aquí, es que estas fuerzas nazcan más cerca del segundo polo que del primero.

A ello se suma una percepción pública comprometida desde el inicio: el propio INE documentó 41 incumplimientos en los procesos (presuntos sobornos, dádivas para afiliar y casos de violencia política contra las mujeres), y ambas fuerzas llegan tarde, cuando los partidos establecidos ya iniciaron la selección de sus candidaturas.

Las oportunidades, con todo, existen y son de orden estructural. El sistema de partidos mexicano vive una reconfiguración profunda. La erosión del viejo tripartidismo PRI-PAN-PRD, la pérdida de registro de este último y el predominio de Morena han dejado espacios vacíos que alguien habrá de ocupar. Somos México puede verse como un intento de recomponer un polo opositor de centro-izquierda, y en un sistema con un actor hegemónico, los partidos pequeños suelen adquirir un valor desproporcionado respecto de su tamaño: se vuelven piezas de bisagra en la aritmética de las coaliciones y en la sobrerrepresentación legislativa, como lo ha mostrado, durante años, el Partido Verde.

De ahí que sus posibilidades deban evaluarse con cuidado. Ganar por sí solas es improbable. El umbral del 3 por ciento de la votación válida es exigente, sobre todo para organizaciones nuevas: no pocas lo han incumplido y perdido el registro pocos años después de nacer, el propio PES entre ellas. Es plausible que su eventual relevancia no provenga de triunfos propios, sino de su función dentro de alianzas mayores: aportar votos al bloque dominante o al opositor y servir de instrumento para sobrerrepresentar a quien las cobije. Esa es, a la vez, su oportunidad y su mayor riesgo.

La distinción decisiva no es entre partidos grandes y pequeños, sino entre partidos reales y partidos satélite. La historia mexicana ofrece un espejo incómodo: el PPS, el PARM y el PFCRN orbitaron durante décadas al partido hegemónico, prestándole votos y legitimidad a cambio de prerrogativas, sin representar jamás una alternativa genuina. Una democracia no se fortalece por la cantidad de siglas en la boleta, sino por la existencia de organizaciones capaces de disputar el poder con programas e idearios propios.

Si las nuevas fuerzas terminan siendo apéndices de proyectos ajenos, habrán engrosado el número sin enriquecer el pluralismo; si logran articular una oferta autónoma, contribuirán a oxigenar la representación.

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