¿Quién debe votar? / Eduardo Torres Alonso

Damos por sentado que votar es un derecho de toda persona que cumpla con los requisitos para ello. Sin embargo, esa idea es más reciente de lo que parece y, para algunos pensadores, sigue siendo discutible.

Hace pocas semanas, el tema sobre si era conveniente restringir el derecho a votar apareció en nuestro espacio público con particular fuerza, por lo que conviene reflexionar sobre un tema y una pregunta que son más viejos que lo que la controversia mediática sugiere.

Conviene empezar desde aquí. En México, votar no siempre fue “de todos”. Las mujeres pudieron sufragar en elecciones federales apenas en 1955, tras la reforma de 1953, y hasta 1969 la ciudadanía plena empezaba a los 21 años: fue entonces cuando se bajó a los 18, en parte como respuesta al movimiento estudiantil de 1968. Incluso, hoy, el artículo 34 constitucional conserva un requisito curioso: “tener un modo honesto de vivir”. El padrón que hoy nos parece natural es, en realidad, el resultado de decisiones y luchas.

La dirección de esas decisiones ha sido casi siempre la misma: ampliar. La discusión mexicana más reciente lo confirma. En el marco de la reforma electoral impulsada en 2025, algunos legisladores propusieron reducir la edad para votar de 18 a 16 años. El debate real, entre nosotros, no es cómo restringir el voto, sino si conviene extenderlo aún más.

En la teoría política existe, no obstante, una corriente contraria. El politólogo Robert Dahl consideraba la inclusión de todos los adultos como un rasgo esencial de la democracia. Frente a esa idea, el filósofo Jason Brennan, en Against Democracy, cuestiona el sufragio universal y defiende la “epistocracia”: el gobierno de quienes saben. Su argumento es que votar es ejercer poder sobre los demás, de manera que un buen gobierno exigiría votantes competentes; propone, por ejemplo, condicionar el voto a un examen de conocimientos. No es una ocurrencia aislada: en el siglo XIX, John Stuart Mill ya sugería dar más peso al voto de los más educados.

La objeción más fuerte a esa propuesta no es moral, sino práctica. ¿Quién define qué es “saber lo suficiente”? El filósofo David Estlund advirtió que cualquier criterio de competencia tiende a favorecer a los grupos ya privilegiados. La historia le da la razón: en el sur de Estados Unidos, las llamadas pruebas de alfabetización sirvieron durante décadas para excluir a los votantes afroestadunidenses bajo la apariencia de exigencia cívica. Otros autores, como Hélène Landemore, añaden que la diversidad de muchos suele decidir mejor que la sabiduría de unos pocos.

Quizá, entonces, la pregunta no sea si la gente es lo bastante competente para votar, sino en quién confiaríamos para trazar esa línea. Porque cada vez que se ha trazado, rara vez ha resultado neutral.

Esa, más que la competencia del votante, es la verdadera prueba de una democracia.

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