¿Tu refresco diario puede aumentar el riesgo de cáncer de hígado?

El mayor análisis realizado hasta ahora reunió a más de 1.5 millones de adultos y encontró una asociación entre el consumo habitual de bebidas azucaradas y dos tipos de cáncer hepático. La evidencia no permite afirmar que una lata cause cáncer, pero sí añade otra razón para evitar que el refresco se convierta en parte de la rutina diaria

AquíNoticias Staff

Una lata sobre la mesa no parece una amenaza. El cambio ocurre cuando deja de ser una excepción y se convierte en parte del desayuno, la comida o la cena. Día tras día. Año tras año.

Es justamente ese hábito el que acaba de quedar nuevamente bajo la lupa de la ciencia.

Un estudio publicado en junio de 2026 en JAMA Network Open reunió información de 11 grandes cohortes prospectivas y 1 millón 518 mil 411 adultos, seguidos durante una mediana cercana a 18 años. En ese periodo fueron diagnosticados 2 mil 811 casos de cáncer de hígado.

Los investigadores analizaron cuánto cambiaba el riesgo por cada bebida azucarada adicional consumida diariamente —aproximadamente 355 mililitros—. Encontraron una asociación con 10% más riesgo relativo de carcinoma hepatocelular, el tipo más frecuente de cáncer de hígado, y con 15% más riesgo de colangiocarcinoma intrahepático, un cáncer que se origina en los conductos biliares dentro del órgano.

El dato merece atención. También necesita una frontera clara.

El estudio no demuestra que tomar refresco cause cáncer. Al analizar todos los cánceres hepáticos como una sola categoría, el consumo de bebidas azucaradas no mantuvo una asociación estadísticamente significativa después de ajustar por otros factores. La señal apareció al separar los dos principales tipos de tumor estudiados.

Ese matiz cambia considerablemente la historia frente a algunos titulares que han circulado en los últimos años.

En 2023, otro estudio de JAMA siguió durante casi 21 años a 98 mil 786 mujeres posmenopáusicas. Quienes consumían una o más bebidas azucaradas al día tuvieron una incidencia de cáncer hepático 85% mayor que aquellas que bebían tres o menos al mes. También registraron una mortalidad por enfermedad hepática crónica 68% superior.

Ese 85% se convirtió en una cifra poderosa para redes sociales. El problema aparece cuando se presenta como si significara que cualquier persona que toma un refresco diario aumenta automáticamente 85% su probabilidad de desarrollar cáncer.

No significa eso.

El trabajo de 2023 estudió específicamente a mujeres posmenopáusicas y registró apenas 207 casos de cáncer de hígado. Sus propios autores pidieron que los resultados fueran confirmados mediante nuevas investigaciones. El estudio publicado en 2026 amplió la observación a más de 1.5 millones de adultos y encontró una relación más compleja y de menor magnitud en los dos subtipos de cáncer.

Ahí está el cambio que aporta la evidencia reciente: la señal no desapareció, pero tampoco permite reducir la enfermedad a la ecuación “refresco igual a cáncer”.

El hígado está en medio de una cadena mucho más larga.

Las bebidas azucaradas aportan grandes cantidades de azúcares de rápida absorción y su consumo habitual puede favorecer aumento de peso y alteraciones metabólicas. El exceso de peso, la diabetes tipo 2 y la enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica forman parte de los factores relacionados con mayor riesgo de cáncer hepático.

La fructosa también interesa especialmente a los investigadores porque una parte importante de su metabolismo ocurre en el hígado y puede contribuir a la producción y acumulación de grasa hepática. Los científicos todavía estudian cuánto del riesgo asociado a las bebidas azucaradas pasa directamente por estos mecanismos y cuánto está mediado por obesidad, diabetes u otras enfermedades metabólicas.

Por eso el verdadero problema empieza antes del cáncer.

Empieza cuando el organismo recibe todos los días una carga de azúcar que puede ir modificando durante años el metabolismo, el peso corporal y la salud del hígado. El cáncer es uno de los posibles desenlaces dentro de una cadena en la que intervienen muchos otros factores.

Y esos otros factores importan.

Las infecciones crónicas por hepatitis B y C, la cirrosis, el consumo excesivo de alcohol, el tabaquismo, la obesidad y la diabetes tipo 2 se encuentran entre los riesgos mejor establecidos para cáncer de hígado. Prevenir o tratar las hepatitis, mantener un peso saludable y limitar alcohol y tabaco siguen teniendo un peso central en la prevención.

Reducir el refresco no ofrece inmunidad contra el cáncer. Tampoco existe un alimento capaz de garantizarla.

Lo que sí puede hacerse es intervenir en los riesgos que dependen de nuestras decisiones cotidianas.

El refresco tiene una particularidad: no necesitamos beberlo para obtener ningún nutriente indispensable. Sustituirlo habitualmente por agua permite retirar una fuente importante de azúcar añadida sin convertir la alimentación en una lista imposible de prohibiciones.

La evidencia científica todavía tendrá que responder preguntas sobre mecanismos, cantidades, duración de la exposición y diferencias entre poblaciones.

Pero ya ha cambiado algo.

Hace algunos años, la relación entre bebidas azucaradas y cáncer hepático era una señal procedente de estudios relativamente pequeños. Ahora existe información acumulada de más de 1.5 millones de personas que vuelve a colocar esa relación sobre la mesa.

No alcanza para condenar una lata.

Sí alcanza para preguntarnos por qué seguimos convirtiéndola en costumbre.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *