Tuxtla perdió 760 hectáreas de cobertura arbórea en 25 años; la expansión urbana concentra casi la mitad

Datos satelitales muestran que el municipio perdió alrededor de 8% de la cobertura arbórea que tenía en 2000. Especialistas advierten que el crecimiento urbano también reduce sombra, hábitat y capacidad de regulación ambiental

AquíNoticias Staff

Tuxtla Gutiérrez perdió 760 hectáreas de cobertura arbórea entre 2001 y 2025, una superficie equivalente a alrededor de 8% de la cobertura registrada en el municipio al inicio del siglo, de acuerdo con datos de monitoreo satelital de Global Forest Watch.

La pérdida no responde a una sola causa. De las 760 hectáreas registradas, 370 estuvieron asociadas con asentamientos e infraestructura, 290 con agricultura permanente y 91 con actividades mineras y extractivas. Tan solo la expansión de zonas urbanizadas y obras representa cerca de la mitad de la superficie perdida durante esos 25 años.

El dato permite dimensionar una transformación que es visible desde tierra: Tuxtla creció y parte de ese crecimiento ocurrió sobre espacios donde antes había árboles.

Sergio López Mendoza, profesor del Instituto de Ciencias Biológicas de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH) y responsable del Laboratorio de Ecología, relacionó la disminución de cobertura vegetal con la construcción de viviendas, nuevas vías de acceso y una planificación urbana que no siempre ha garantizado la conservación de zonas arboladas.

El investigador identifica como puntos particularmente sensibles las periferias cercanas al Cañón del Sumidero, el sector donde se encuentra el Museo de Ciencia y áreas próximas al Parque Patricia. En el caso del crecimiento alrededor del Cañón, considera necesario reforzar la regulación territorial.

La pérdida de árboles tiene efectos que van más allá del paisaje. La sustitución de superficies vegetadas modifica las condiciones térmicas de la ciudad, reduce espacios de sombra y transforma el hábitat de especies que dependen del suelo, de los árboles y de la humedad.

Felipe Ruan Soto, también profesor del Instituto de Ciencias Biológicas de la UNICACH, advierte que organismos como los hongos enfrentan riesgos precisamente por la reducción y alteración de sus hábitats. La construcción de caminos y el tránsito de vehículos, por ejemplo, pueden compactar el suelo y modificar las condiciones necesarias para su desarrollo.

Si las 760 hectáreas se distribuyeran de manera uniforme en los 25 años analizados, equivaldrían a alrededor de 30 hectáreas anuales. El promedio, sin embargo, funciona únicamente como referencia: la pérdida no ocurrió al mismo ritmo cada año.

Los registros también muestran que hubo recuperación en determinados puntos. Entre 2000 y 2020 se identificaron aproximadamente 97 hectáreas de ganancia de cobertura arbórea y 120 de pérdida, con un balance neto de unas 23 hectáreas menos durante ese periodo.

Los incendios aparecen igualmente entre los factores asociados a la reducción de cobertura, aunque en una proporción menor. Entre 2001 y 2025 se atribuyeron alrededor de 38 hectáreas a incendios. El mayor registro ocurrió en 2020, con aproximadamente nueve hectáreas.

López Mendoza señala que algunas actividades humanas pueden aumentar el riesgo de fuego en zonas forestales próximas a la ciudad, entre ellas las fogatas, la quema de residuos y las chispas producidas por fuegos artificiales.

El efecto más cotidiano de la disminución de árboles puede sentirse en la calle. La cobertura arbórea proporciona sombra, interviene en la regulación de las condiciones ambientales y almacena carbono. Su desaparición deja más superficie expuesta a la radiación solar y reduce esos servicios ambientales.

La respuesta, sin embargo, no consiste únicamente en plantar árboles.

Un ejemplar joven no reemplaza de manera inmediata la biomasa ni las funciones de un árbol adulto. Además, una campaña de reforestación solo puede evaluarse con el paso del tiempo: importa cuántos árboles sobreviven, reciben agua y mantenimiento y logran desarrollarse.

Ese antecedente resulta especialmente relevante en Tuxtla. Durante el sexenio de Manuel Velasco Coello se anunció la plantación de 10 mil árboles nativos en parques, avenidas y zonas urbanas. Colectivos ambientalistas cuestionaron entonces las jornadas porque, según denunciaron, varias plantaciones carecieron posteriormente de riego, seguimiento y monitoreo.

Los especialistas plantean además que la recuperación de vegetación debe integrarse a la planeación de la ciudad. Parques como Cañahueca, Parque del Oriente y Patricia, además de los corredores del río Sabinal, aparecen entre las zonas donde conservar o recuperar árboles puede generar beneficios.

En el Sabinal, la vegetación de las riberas puede ayudar durante las lluvias, aportar sombra y favorecer las condiciones del agua. La propuesta es mirar al río no únicamente como un cauce que atraviesa Tuxtla, sino como un corredor ambiental que puede recuperar parte de la vegetación perdida.

El crecimiento urbano seguirá planteando necesidades de vivienda e infraestructura. El problema que dejan los datos de estos 25 años es otro: cómo permitir que la ciudad crezca sin que cada nueva expansión implique perder los espacios naturales que ayudan a hacerla habitable.

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