La Ventanilla convirtió la protección de tortugas, cocodrilos y manglares en una fuente de ingresos comunitarios. En Tonalá persisten el saqueo de huevos y las agresiones contra fauna silvestre, mientras El Madresal demuestra que Chiapas ya tiene una base para ampliar esa transición
AquíNoticias Staff
En octubre de 2025, habitantes de Cabeza de Toro, en el municipio de Tonalá, capturaron y mataron a un cocodrilo de aproximadamente tres metros después de que las lluvias lo desplazaran hacia una zona frecuentada por personas. El animal pertenecía a fauna protegida y, de acuerdo con los reportes del caso, fue sacrificado en lugar de solicitar la intervención de especialistas.
El episodio no quedó como una anécdota aislada sobre la relación entre las comunidades costeras y la fauna que comparte con ellas lagunas, esteros, manglares y playas.
En agosto de 2026, Roberto Escalante López, director del Santuario Playa Puerto Arista, describió al ser humano como el principal depredador de tortugas y cocodrilos en esa zona de la costa chiapaneca y relacionó particularmente el saqueo de huevos de tortuga con la búsqueda de ingresos económicos entre algunas familias.
La Secretaría de Medio Ambiente e Historia Natural de Chiapas también ha documentado operativos en Puerto Arista para combatir el saqueo de nidos, el transporte y la venta de huevos de tortuga marina, además de las muertes asociadas al uso inadecuado de artes de pesca.
El problema, entonces, no se reduce a convencer a alguien de que deje de comerse un huevo de tortuga o de matar un cocodrilo cuando lo considera peligroso.
También es económico.
Y ahí existe una experiencia cercana que Chiapas podría estudiar.
Cuando el animal vivo comenzó a valer más
La comunidad de La Ventanilla, en Santa María Tonameca, Oaxaca, vivió durante décadas de actividades agrícolas, pesca y aprovechamiento de fauna. La venta clandestina de huevos de tortuga llegó a representar para algunas familias un ingreso considerablemente mayor al obtenido como jornaleros.
La transformación comenzó cuando desapareció esa economía extractiva y la comunidad tuvo que encontrar otras fuentes de sustento.
Un dato merece precisión: la veda federal decretada el 31 de mayo de 1990 correspondió a todas las especies y subespecies de tortuga marina, no conjuntamente a tortugas y cocodrilos, como algunas reconstrucciones periodísticas recientes han señalado. El acuerdo continúa siendo uno de los pilares de la protección de estos quelonios en México.
En La Ventanilla, habitantes comenzaron a organizarse durante los años noventa hasta constituir una cooperativa ecoturística. El cambio fue profundo: personas pertenecientes a una comunidad donde antes se recolectaban huevos pasaron a proteger playas, manglares y fauna, y a obtener ingresos mediante recorridos, hospedaje, alimentación, observación de animales y educación ambiental.
Actualmente, la propia cooperativa define su actividad alrededor del ecoturismo y la conservación, mientras un plan desarrollado con apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo considera su oferta sostenible, rentable y con posibilidades de ser replicada mediante protocolos de operación, educación ambiental, alianzas y protección de manglares, tortugas y cocodrilos.
La transformación contiene una lección particularmente útil para Chiapas: la prohibición puede detener legalmente una práctica; difícilmente elimina por sí misma el incentivo económico que la mantiene.
La Ventanilla construyó otro incentivo.
Conservar empezó a producir trabajo.
Chiapas no tendría que comenzar de cero
Tonalá posee algo que vuelve todavía más viable esa discusión.
En el ejido Manuel Ávila Camacho funciona desde 2008 el Centro Ecoturístico El Madresal, creado por habitantes de una comunidad pesquera que diversificaron sus actividades hacia el turismo de naturaleza.
El sitio ofrece recorridos en manglares y esteros, observación de aves, avistamiento de tortugas y cocodrilos, hospedaje y otras actividades ligadas al ecosistema. La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas todavía lo incluyó en su Catálogo Regional de Centros Ecoturísticos Comunitarios de 2025.
Su historia resulta especialmente significativa.
Una investigación académica sobre El Madresal encontró que la cooperativa desarrolló actividades de vigilancia ambiental, monitoreo biológico y conservación, e influyó para reducir la caza y extracción de cocodrilos, iguanas y aves en su entorno inmediato. El mismo estudio advirtió que esas prácticas continuaban fuera del área de influencia del proyecto y planteó ampliar la educación ambiental y fortalecer instrumentos comunitarios de manejo.
Es decir, el germen del modelo de La Ventanilla ya existe en Tonalá.
Lo que falta es llevar su lógica más allá de un centro turístico.
Puerto Arista muestra lo que está en juego
La escala ambiental justifica intentarlo.
Durante la temporada de anidación de 2025, la Conanp registró en el Santuario Playa Puerto Arista 1,958 nidos, 168 mil 388 huevos y 121 mil 239 crías de tortuga marina. Profepa considera el lugar fundamental para la reproducción de estas especies en Chiapas.
En 2026, la institución tuvo que intervenir también para proteger las dunas del santuario y advertir sobre los efectos de vehículos, actividades masivas, iluminación y otras perturbaciones sobre las zonas de anidación.
La tortuga enfrenta saqueo y transformación de su hábitat. El cocodrilo carga además con el miedo.
La presencia de un ejemplar cerca de personas o ganado puede producir una reacción inmediata: capturarlo o matarlo. Ese conflicto requiere protocolos de prevención, educación y respuesta, no la normalización del riesgo. Profepa recordó en julio de 2026 que agredir, capturar, herir o matar ilegalmente cocodrilos constituye un delito federal y que las sanciones previstas por el Código Penal Federal pueden alcanzar de uno a nueve años de prisión.
La conservación tampoco significa acercarse indiscriminadamente a los animales. Un programa de observación responsable debe mantener distancias, impedir que sean alimentados y evitar modificar su comportamiento.
De la vigilancia a una economía de conservación
La experiencia de Oaxaca permite plantear una posibilidad para Tonalá: articular Puerto Arista, Cabeza de Toro, Boca del Cielo, El Madresal y otras comunidades costeras mediante un programa comunitario de conservación y turismo biocultural.
No existe actualmente un proyecto público con esas características; se trata de una ruta posible derivada de experiencias que ya funcionan.
El objetivo tendría que ir más allá de organizar liberaciones de tortugas para visitantes.
Podría capacitar a habitantes como monitores y guías de fauna; profesionalizar recorridos de observación de cocodrilos; crear protocolos comunitarios para reportar ejemplares que ingresen a zonas habitadas; incorporar jóvenes a monitoreos de nidos y manglares; vincular cooperativas con universidades y especialistas; canalizar una parte de los ingresos turísticos directamente a restauración y vigilancia, y formar emprendimientos locales alrededor de hospedaje, gastronomía, transporte y educación ambiental.
La fórmula tendría una condición básica: que una parte perceptible del dinero generado por conservar permanezca en las comunidades que asumen el costo de convivir con esa fauna.
Las Unidades de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre pueden formar parte de la arquitectura institucional cuando sean técnica y legalmente pertinentes. Eso no significa abrir la puerta al aprovechamiento de cualquier especie. En el caso de las tortugas marinas, la Ley General de Vida Silvestre prohíbe expresamente su aprovechamiento extractivo, incluso con fines de subsistencia o comerciales.
El modelo para ellas tendría que ser estrictamente de protección, investigación, observación y turismo responsable.
Cambiar la relación, no únicamente castigarla
Perseguir a quien saquea un nido es obligación de las autoridades. También lo es intervenir cuando una persona mata ilegalmente fauna protegida.
La experiencia de La Ventanilla muestra otra dimensión del problema.
Una comunidad difícilmente abandona durante décadas una práctica únicamente porque alguien le explique que está prohibida. El cambio se vuelve más resistente cuando conservar el territorio también protege una forma de vivir.
Tonalá reúne muchas de las condiciones necesarias: playas de anidación, manglares, esteros, cocodrilos, aves, comunidades pesqueras, visitantes, un santuario federal y una experiencia comunitaria como El Madresal.
No hace falta inventar el territorio.
Hace falta conectar sus capacidades.
La discusión ambiental para Chiapas podría comenzar ahí: conseguir que para una comunidad un cocodrilo vivo, una tortuga que regresa cada año a desovar y un manglar en pie representen patrimonio, seguridad ecológica y oportunidades económicas duraderas.
La Ventanilla tardó décadas en construir esa transición.
Tonalá ya tiene razones para comenzar a ampliarla.








