Hablar de la muerte, aislarse, despedirse, regalar pertenencias o mostrar cambios bruscos de conducta pueden ser señales de alerta. El riesgo no depende de una sola causa y prevenirlo exige atención familiar, escolar, sanitaria y políticas públicas capaces de detectar y acompañar a tiempo
AquíNoticias Staff
Abril tenía 11 años y todavía hacía planes. Le gustaba tocar el piano, preparaba su participación en un carnaval y nada en su vida parecía anunciar con claridad lo que ocurriría después. Sin embargo, durante las semanas previas comenzaron a aparecer cambios que su familia sólo pudo interpretar cuando ya era demasiado tarde.
No quiso celebrar su cumpleaños como acostumbraba. Habló de la muerte. Devolvió a su madre unas botas que le había regalado, le pidió que no gastara más dinero en ella y comenzó a prolongar sus abrazos antes de ir a la escuela. Al mismo tiempo enfrentaba un problema que su familia apenas empezaba a conocer: sufría acoso escolar y hostigamiento en un grupo de WhatsApp, donde llegó a expresar que ya no quería vivir. Abril murió por suicidio en enero de 2024.
Su historia muestra una de las dificultades centrales de la prevención: una crisis suicida no siempre se presenta de la manera que las familias imaginan. Una persona puede continuar estudiando, trabajando, conversando o haciendo planes y, al mismo tiempo, atravesar un sufrimiento que quienes la rodean desconocen.
Tampoco existe una lista de “síntomas” que permita diagnosticar desde casa quién intentará suicidarse. Lo que existen son factores de riesgo y señales de alerta que deben valorarse en conjunto. Tener uno de esos factores no significa que una persona vaya a intentar quitarse la vida, pero la acumulación de riesgos y, sobre todo, un cambio reciente de comportamiento justifican prestar atención y buscar ayuda. El suicidio rara vez responde a una sola circunstancia.
Entre los factores que pueden aumentar el riesgo se encuentran un intento previo, depresión u otros trastornos de salud mental, consumo problemático de alcohol o drogas, experiencias adversas durante la infancia, violencia, acoso escolar, conflictos familiares o de pareja, pérdidas importantes, problemas económicos o laborales, discriminación y aislamiento social. También influye la dificultad para acceder oportunamente a servicios de salud. Ninguno debe interpretarse de manera aislada ni como una causa automática.
En niñas, niños y adolescentes deben observarse además el bullying y el ciberbullying, la violencia sexual, los cambios en sus relaciones escolares, el aislamiento repentino y lo que ocurre en los espacios digitales que frecuentan. La experiencia de Abril reunió varios de esos factores: había perdido a su padre durante la infancia, enfrentaba dificultades de integración y había sido sometida a hostigamiento escolar y digital.
Las señales más inmediatas pueden aparecer en las palabras y en la conducta. Hablar reiteradamente de morir, decir que la vida no vale la pena, expresar desesperanza o sentirse una carga; despedirse de personas cercanas, regalar objetos importantes, apartarse de actividades y amistades, abandonar hábitos significativos o mostrar cambios bruscos de comportamiento son alertas que no deben minimizarse. En algunos casos también puede aparecer una tranquilidad inesperada después de un periodo de intenso sufrimiento. Ninguna señal prueba por sí misma que exista una intención suicida, pero sí abre una pregunta que merece hacerse.
Y esa pregunta puede ser directa: “¿Estás pensando en suicidarte?”. Preguntar no introduce la idea en la mente de una persona ni aumenta el riesgo. Por el contrario, puede permitir que alguien que ha estado sufriendo en silencio hable de lo que le ocurre. La recomendación es escuchar sin juzgar, sin discutir y sin responder con frases como “échale ganas”, “todo va a pasar” o reproches destinados a hacer sentir culpa.
Si la persona reconoce pensamientos suicidas pero no existe un peligro inmediato, el siguiente paso es no dejar la conversación en una promesa de que “todo estará bien”. Conviene acompañarla para contactar a un profesional de salud mental, informar a una persona adulta de confianza cuando se trate de menores y construir una red que permita saber cómo se encuentra durante los días siguientes. El seguimiento importa: una aparente mejoría o tranquilidad no debe interpretarse automáticamente como el fin del riesgo.
Si expresa que pretende hacerse daño, existe una amenaza inmediata o su conducta hace pensar que podría actuar en ese momento, la situación debe tratarse como una emergencia. No debe quedarse sola. Es necesario pedir apoyo de otras personas de confianza, reducir su acceso a objetos o lugares con los que pudiera lesionarse y buscar atención profesional urgente. En México se puede llamar al 911 o a la Línea de la Vida, 800 911 2000, servicio gratuito de la Secretaría de Salud que funciona las 24 horas, todos los días del año, y que también puede orientar a familiares y canalizar casos de riesgo a servicios presenciales.
La magnitud del problema explica por qué esa respuesta no puede descansar únicamente en las familias. El INEGI reportó que durante 2025 ocurrieron y se registraron 8 mil 709 suicidios en México, casi uno por hora. El 79.9 por ciento correspondió a hombres. Las personas de 15 a 29 años presentaron la tasa más alta entre los grupos de edad, con 10.2 casos por cada 100 mil habitantes, y concentraron 3 mil 318 muertes, equivalentes al 38.1 por ciento del total nacional considerado por esa estadística.
Chiapas registró una tasa estandarizada de 3.8 suicidios por cada 100 mil habitantes, una de las menores del país. El dato permite dimensionar el problema local, pero no significa que la entidad pueda prescindir de prevención: las estadísticas de mortalidad contabilizan las muertes registradas, no a todas las personas que atraviesan ideación, intentos o crisis que pueden permanecer ocultas.
Entre adolescentes hay otra señal de atención. La ENCODAT 2025 encontró ideación suicida durante los 12 meses anteriores en 3.3 por ciento de la población de 12 a 17 años; entre las mujeres adolescentes alcanzó 5.1 por ciento y entre los hombres 1.6 por ciento. Estas diferencias muestran por qué las políticas necesitan identificar riesgos distintos según edad, género y contexto, en lugar de aplicar una respuesta uniforme.
México comenzó a desplegar este año la estrategia El ABC de las Emociones, dirigida principalmente a adolescentes. El plan contempla trabajo escolar, materiales para estudiantes, docentes y familias, capacitación para detectar casos que requieren atención y fortalecimiento de la Línea de la Vida. La CONASAMA informó en julio que proyecta llegar inicialmente a 4 mil 800 escuelas de 70 municipios y alrededor de 1.6 millones de adolescentes.
El reto, sin embargo, rebasa una campaña de sensibilización. Fortalecer la política pública supone que una señal detectada en una casa o en una escuela encuentre después personal capacitado, una ruta clara de referencia, atención disponible y seguimiento. También exige intervenir frente al bullying, la violencia digital, las adicciones y otras condiciones que pueden aumentar el riesgo, además de capacitar a docentes, personal sanitario y primeros respondientes.
La Organización Mundial de la Salud plantea una respuesta de varios niveles: desarrollar habilidades socioemocionales entre jóvenes; identificar, evaluar, atender y dar seguimiento temprano a las personas en riesgo; reducir el acceso a medios altamente letales; promover un tratamiento responsable del suicidio en los medios de comunicación y sostener estas acciones con financiamiento, coordinación entre instituciones, vigilancia epidemiológica y evaluación.
La prevención empieza mucho antes de una emergencia. Empieza cuando una familia pregunta qué está ocurriendo detrás de un cambio de conducta; cuando una escuela toma en serio el acoso; cuando un servicio de salud no desestima una crisis y cuando alguien puede decir que piensa en morir sin recibir a cambio vergüenza, incredulidad o un sermón.
Y cuando la crisis ya está presente, pedir ayuda no debe quedar para después. Línea de la Vida: 800 911 2000, disponible las 24 horas. Ante peligro inmediato, 911 o el servicio de urgencias más cercano.








