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El heredero

El heredero

El pálido y débil Yuré se volvió el líder de su comunidad por herencia de su abuelo; el poder rápidamente detonó su locura; el pueblo vio llegar su día de partir

Óscar Aquino López / Portavoz

El viejo curandero Turcio Quiñones se encargó de los aldeanos en la epidemia de demencia que atacó la Guanda Azul en el año 1938. La comunidad casi completa enloqueció; el pánico y el descontrol se apoderaron del pequeño pueblo. El anciano era la persona más respetada entre los 352 adultos y 31 niños que habitaban esa porción de planeta.
La epidemia se propagó a gran velocidad contagiando sin distinción. El curandero Turcio aplicó sus técnicas tratando de salvar a todos. No lo logró, 37 personas murieron de locura, adultos y niños, hombres y mujeres. Entre todos ellos se fue la señora Manfreda, esposa del curandero y madre de Melisa Quiñones, hija única de ambos.
En un principio, fue muy complicado detectar la razón por la que se había desatado esa epidemia de insanidad mental; pero fue un momento muy serio, determinante. El impacto por las muertes de tantos vecinos suyos, dejó al borde de la locura al mismo curandero. Sin embargo, pudieron más en él las ganas de salvar a sus discípulos.
En esos días se vieron escenas de horror, entre los enfermos. Algunos niños comieron la tierra naranja al pie del risco. Ocho jóvenes en un solo día se lanzaron desde lo alto de ese risco sin que nadie pudiera evitarlo; se aislaron del grupo y en secreto subieron. Antes de lanzarse, gritaron, uno por uno, la misma frase ininteligible; después cayeron al vacío. El resto de las personas que murieron en esa época, también gritaron la misma frase antes de perecer.
Algunos se salvaron porque tuvieron la fortuna de no estar en los días de la locura. Se fueron en busca de alimentos y de granos para sembrar en la Guanda Azul. Otros se refugiaron en las chozas de la comunidad y lograron salir ilesos.
Pero de todos los que se salvaron, la pareja de hermanos, Ángeles y Lucas, fueron los casos más difíciles de aceptar. Los dos pequeños solían jugar a un costado del manantial, casi a 41 millas de la aldea. Cuando la epidemia llegó, estaban haciendo figuras con el barro que se forma junto al ojo de agua. También bebieron directamente de él aunque lo tenían prohibido.
Durante la noche de ese día, los dos hermanos se alejaron de la aldea, se fueron hacia la cueva detrás del risco; no volvieron a asomar en la Guanda Azul. Hay quienes dicen que ambos se quedaron a vivir ahí, que con el paso del tiempo se llenaron de pelos por todo el cuerpo hasta parecer simios; entonces fueron adoptados por una familia de chimpancés. Es lo que dijeron; al final, en un tiempo muy breve, el tema pasó a ser una anécdota más en la comunidad.
La epidemia marcó para siempre la vida de muchos aldeanos, incluso los que salieron ilesos. Al ver que había pasado el brote, decidieron permanecer ahí a continuar con sus rutinarias y opacas vidas porque, según ellos, en ese sitio estaban más cerca de dios que de los humanos, con quienes no tenían contacto.
Cada una de las muertes fue un dolor para el curandero Turcio Quiñones. Aun así, no tenía tiempo para depresiones ni lamentos. Logró reponerse de la pena gracias a que su hija Melisa se salvó y con ella, en su vientre, estaba el futuro heredero del poder y del gobierno de Guanda Azul.
El hijo que esperaba Melisa, nieto del curandero Turcio, tenía el derecho hereditario a ser el máximo jefe de la aldea, a pesar de ser un niño bastardo. La ausencia de padre fue suplida con poder y privilegios desde pequeño.
Las mujeres que sobrevivieron a la locura de 1938, en agradecimiento por la protección que les brindó el curandero Turcio, confeccionaron pequeñas ropas y se las obsequiaron a Melisa para que con ellas abrigase a su primogénito.
La criatura vio la luz de la vida en agosto. Para toda la aldea, la espera de su llegada fue impaciente, comentada entre todos. En el pueblo estaban seguros de que ese pequeño hombrecito que estaba por nacer, traería consigo toda la bondad y el conocimiento de su abuelo. No nacía y ya era casi un ídolo.
Algo que al curandero Turcio importaba sumamente era poder transmitir el secreto milenario de todos los líderes de la Guanda Azul a su nieto y heredero. El viejo Quiñones tenía que enseñarle todas las minucias, las cosas importantes, todo, acerca de la leyenda de las plagas. Era algo urgente, tomando en cuenta que Turcio era un anciano viviendo contrareloj y el niño tomaría el mando absoluto de la aldea a muy temprana edad.
Yerú, el heredero, nació una tarde de agosto en la choza del viejo Turcio. Melisa, durante el parto, sufrió más por el porvenir de su hijo que por el dolor que le causó al salir de su útero. La experiencia fue casi traumática para Melisa. Los dolores, los espasmos y los calambres casi la dejan inmóvil de dolor. Pujó y se esforzó natural y exageradamente. Fueron muchos minutos de lucha.
Toda la gente que esperaba el nacimiento afuera de la choza, escuchó el primer alarido el bebé entre los carrizos de las paredes. La duda circulaba en las mentes de todos ellos. ¿Cómo será nuestro nuevo líder?
El único que mantuvo abiertos los ojos, además de las matronas que se encargaron del parto, en el momento justo en que la criatura ansiada asomó al mundo, fue el viejo Turcio. A él, primero que a nadie, le causó una sorpresa mezclada con temor al ver el color de piel del recién llegado. Nadie en la aldea era como él, tan blanco, tan lánguido, difícil de explicar para su abuelo. La segunda sorpresa ocurrió unos minutos después, cuando la criatura abrió sus ojos. Las pupilas eran de color turqueza, algo completamente ajeno a los rasgos habituales de los habitantes de Guanda Azul.
En sus primeros meses de vida, el nuevo miembro de la comunidad fue mantenido en casa, su madre evitó mostrarlo demasiado al público, prefirió cuidar de él sin las molestas preguntas de los curiosos. El viejo Turcio, todas las noches se sentaba junto a su nieto para hablarle de los orígenes de la aldea y de que tarde o temprano le tocaría el turno de gobernarla.
Entre los aldeanos, la llegada del pequeño Yuré fue motivo de alegría, pero no todos estaban de acuerdo con la idea de que el niño fuera a heredar el poder. Había un grupo de hombres dispuestos a plantear ante Turcio la posibilidad de que el nuevo líder de la comunidad fuera elegido democráticamente. Fue una discusión que tomó mucho más tiempo del que se hubieran imaginado; años, en los que Yuré empezó a crecer, aprendió a hablar y tuvo su primera conciencia de quién era y cuál sería su destino.
Turcio se fue deteriorando rápidamente, sabía que cada vez estaba más cercana la fecha de su partida y de la sucesión. El curandero sabio escuchó las peticiones de los aldeanos que proponían la elección del líder por medio del pueblo, pero encontró siempre buenos argumentos para defender su postura de mantener el poder hereditariamente, como era el caso de Yuré, su nieto, que para ese entonces era un niño de siete años cumplidos.
El color de piel de ese niño causaba extrañeza entre los habitantes, muchos desconfiaban, evitaban verlo directamente hacia los ojos. Sus pupilas turqueza provocaban miedo en algunos niños. Yuré tuvo siempre pocos amigos.
Pasaron tres años más. La condición física del curandero Turcio estaba muy deteriorada por su prolongada vida. Yuré estaba cerca de cumplir 10 años, su llegada al poder de la aldea era inminente. Eso generó un ambiente de tensión al interior de la comunidad. El viejo Turcio lo supo, pero nada pudo hacer para interponer su sabiduría ante esta adversidad. Ya nadie le hacía caso, el pueblo estaba más concentrado en evitar que ese niño llegase a gobernarlos.
Una noche de esas, el viejo Turcio pidió a Yuré que lo acompañara, mientras le diría consejos para gobernar humanitariamente, sin rencillas, ayudando a todos. Le recomendó cuidarse de los inconformes y evitar peligros innecesarios.
Una de las más importantes recomendaciones que hizo fue proteger de las plagas a la aldea. Las plagas eran enormes nubes de insectos voladores de varios colores, grillos rojos, verdes y azules; chapulines amarillos y púrpuras; langostas, saltamontes. -Nadie podrá evitar que lleguen, pero tú tendrás que evitar que dañen a la comunidad- dijo el viejo Turcio, resoplando de cansancio cuando terminó de hablar. Estaba muy débil y su muerte era únicamente cuestión de tiempo.
El curandero alcanzó a hablar con su hija. Ella se sentó junto a la cama en la choza del viejo, iluminados por una vela al caer la noche. Él confesó que sentía miedo de que Yuré estuviera aún infectado por la demencia. -Tal vez ha estado loco siempre, desde antes de nacer. Cuando tú estabas embarazada, cayó en la aldea la epidemia. Tal vez todos estemos locos- dijo el viejo a su hija. Seis días después, el viejo curandero Turcio murió sin sentirlo.
La fecha llegó, los aldeanos de Guanda Azul velaron el cuerpo del anciano en su choza, rezando por su descanso, llorando por su ausencia tan reciente y tan eterna. La tradición del lugar señalaba que un gobernante sólo dejaría de serlo hasta morir, como era el caso de Turcio; y el nuevo líder de la comunidad tenía que ser investido al día siguiente.
Uno de los temas en el funeral del curandero fue si el pueblo permitiría que al día siguiente recibiera el mando de la aldea un niño de 10 años en quienes pocos confiaban. De lo contrario, ¿cómo evitarían su llegada al mando?
El curandero Turcio murió convencido de haber tomado la decisión correcta, al heredar el mando a su nieto. Pero no toda la comunidad se sintió satisfecha con esa determinación. Algunos consideraron que hacer una elección del nuevo líder sería la mejor alternativa, en vez de permitir que un niño de 10 años tuviera que decidir sobre las cosas más importantes del pueblo.
En el funeral de Turcio, el ambiente se enrareció con una mezcla de tristeza y tensión. Durante todo ese día, habitantes de la Guanda Azul se reunieron en la choza del viejo sabio curandero recién fallecido, porque el respeto hacia él, a pesar de todo, era completamente irrestricto.
En medio de la situación, un grupo de hombres, por separado, se reunieron para deliberar sobre la forma en que evitarían la llegada de Yuré al mando. Entre los cuatro sujetos urdieron la estrategia para evitar la sucesión. Acordaron que hablarían con Melisa, la madre del niño, le explicarían a ella sus alternativas; escogieron ser amables, no imponer su voluntad sobre el mandato tradicional de la aldea, ni generar conflictos.
Después de hablar con Melisa, buscarían la forma de acercarse a Yuré; el niño poderoso, el heredero involuntario del destino de la Guanda Azul. Ese pequeño, con su pálida piel, extraño por no ser como el resto de los guandazulenses; con sus ojos color turqueza, hipnóticos, que atemorizaban a muchos en la aldea.
Sus congéneres desconfiaban de él. Yuré no tuvo amigos en la infancia, no amigos verdaderos, los pocos niños que se animaban a acercarse a él, no duraban mucho rato a su lado. Algo les incomodaba, la presencia del blancusco y escuálido niño les resultaba poco grata, pero no sabían explicar con certeza lo que sentían. Yuré fue un niño solitario y tímido, pero también enojado, resentido.
Cuando su abuelo, años atrás, le dijo que él algún día sería el líder de la comunidad, Yuré no comprendía el significado de esas palabras. Las entendió hasta ver a su abuelo morir unos momentos antes, ahora estaba a pocas horas de recibir el poder. Lo esperaba con ansias.
A las horas del anochecer, cuando los cuatro sujetos fueron a buscar a Yuré en su choza, no lo encontraron. Melisa tampoco sabía dónde estaba su hijo e invirtió la solicitud de favor, les dijo a los hombres que si llegaban a ver al niño, le dijeran que su madre lo esperaba en casa, mientras ella atendería a las visitas de su difunto padre.
Los cuatro se fueron de ahí en busca de Yuré. Caminaron hasta el risco, pero no lo encontraron, después al arroyo, pero tampoco estuvo. Recorrieron palmo a palmo todos los alrededores de la aldea sin localizarlo. Volvieron a sus casas decepcionados. Su última esperanza era intentar hablar con Yuré, muy temprano, antes de que ocurriera la ceremonia de toma de poder.
Momentos antes de aclarar la mañana siguiente, a la puerta de la choza de Melisa llegaron tres de los cuatro sujetos del día anterior, faltaba uno. Evitaron tocar la puerta, en vez de eso fueron a buscar a su compañero en su choza. Golpearon la puerta de madera varias veces, pero nadie respondió. Decidieron entrar a despertar a su amigo, pero lo que hallaron, los dejó paralizados. Pétreos.
El hombre llamado Jobin, estaba colgado de un madero con una soga en el cuello. Tumefacto por la asfixia. Muerto sin explicación, de la noche a la mañana, en unas cuantas horas. La desgracia se hizo presente en la aldea. Los tres sujetos vivos interpretaron esa tragedia como un mal presagio.
No pudieron hacer nada para evitar la toma de poder de Yuré, tampoco tuvieron deseos de volver a tocar el tema, no fuera a ser que corrieran la misma suerte que Jobin. Asistieron obligatoriamente a la ceremonia, pocas horas después del terrible hallazgo.
Entre los tres pactaron no entrometerse en el mandato de Yuré; más que por respeto, por el coraje que sentían por cómo desestimaron sus propuestas para el cambio de gobierno. En el acto, el niño pálido con ojos color turqueza, fue el ser más extraño y más poderoso de la aldea. En sus gestos dejó ver la emoción que sentía. Su sonrisa malévola aparentaba esconder otras cosas.
Entre los tres inconformes, uno, de nombre Jona, dijo lo siguiente:
-Quiero ver qué hace el niño en poco tiempo, cuando vengan las plagas-.
Esa fue una de las principales encomiendas que el difunto Turcio encargó a su nieto, proteger a la Guanda Azul de los insectos.
Es cierto que en los primeros meses después de que Yuré llegó al poder, la forma de vida no cambió significativamente en la aldea; se podría decir que todo se mantuvo tranquilo hasta el día en que Jona fue encontrado sin vida a un costado del risco. Su cuerpo tenía varios orificios, pequeñas perforaciones de las cuales brotaba sangre.
-Es la plaga de los grillos verdes-, exclamó Flemin, uno de los dos inconformes que seguían vivos.
Mientras eso sucedía, Yuré estaba con los otros niños de la aldea, a quienes obligó a jugar con él, al juego que él les indicase. El pálido líder estaba experimentando en carne propia las ventajas de tener el poder. Sentirse así, despertó en él la ambición de dirigir a su gusto y conveniencia los destinos de la aldea.
No estaba enterado de que la plaga mencionada antes por su abuelo, estaba acechando la Guanda Azul. Un hombre ya había muerto perforado por los grillos verdes y para colmo, horas después, Zulé, una habitante, encontró su milpa deshojada, las mazorcas carcomidas, inservibles. Corrió de inmediato a dar parte al pequeño líder, quien, se suponía, debía hacerse cargo de la situación desde haberla previsto hasta atender ese tipo de circunstancias. Pero el niño no tuvo respuesta, siguió jugando como niño, con otros pequeños de su edad.
Fue cuestión de cinco días para que toda la aldea estuviera cundida de insectos de diferentes colores, todos iguales de peligrosos. Los techos de palma de las chozas fueron devorados por termitas, las langostas acabaron con los árboles, los grillos verdes mataron animales, plantas y humanos. Los insectos amarillos eran únicamente plagas invasoras, no venenosas, pero capaces de comerse todo lo que encontraban a su paso.
Yuré se mostró indolente ante la situación. Le dijo a su pueblo que estaba con ellos, le prometió dar solución pronta a la invasión, pero, de entrada, nadie le creyó pues sus palabras sonaban sin fuerza, fingidas, dichas únicamente para salir del problema.
En medio de la emergencia, Yuré se paró un día en medio de todos los habitantes de la aldea. Con el cetro de poder en la mano, se presumió como el rey de todos ellos. El jefe supremo. Lo dijo con una megalomanía impensada para un niño de su edad.
En la burbuja de poder en que se convirtió la vida del pequeño heredero, la realidad era distinta a la del pueblo. Él juraba que la aldea estaba mejor que nunca, a pesar de que casi todas las chozas habían sido carcomidas por las plagas contra las que nunca hizo nada.
La comunidad se quejó, le echó en cara su falta de seriedad y de cordura para tomar las decisiones correctas para su aldea, pero él únicamente acertó a llamarlos malagradecidos. En ese momento, con el cetro de poder en la mano, parecía lunático diciendo cosas sin sentido.
El curandero Turcio, días antes de su muerte, le platicó a su hija su temor de que la plaga de demencia de 1938 hubiese afectado a Yuré, quien aún no nacía en ese entonces, pero estaba en el vientre de su madre. Tal vez, el niño pálido y extraño se contagió de locura.
La vida en la Guanda Azul se volvió una desgracia. Sin alimentos, sin casas, las personas estaban muriendo ante los ojos de un inexperto y arbitrario líder al que el poder enfermó. Pero el día cúspide fue cuando Yuré encontró a su mamá tendida en un camastro de madera al interior de la choza, sin ojos, sólo las dos órbitas. Los insectos la devoraron mientras dormía. Yuré se quedó sólo con su poder, pero ese de nada le sirvió.
Yuré, igual que los habitantes de la Guanda Azul, se mudaron de ese sitio. A él, lo dejaron irse solo en busca de un lugar donde lo pudieran aceptar. El resto de la aldea se perdió por ahí, entre los agrestes terrenos. El fin de la aldea empezó el día en que el curandero Turcio decidió heredar a un pequeño niño todo el poder.

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