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Mundo imposible

Mundo imposible

Los pequeños detalles cambian por completo los cursos de muchas vidas; Maximiliano lo vivió de cerca en el peor día para olvidar las cosas más sencillas de la vida diaria

Óscar Aquino López / Portavoz

Las noticias de la radio anunciaron que la temperatura máxima de ese día sería de 39 grados centígrados a la sombra. Por mucho, ese iba a ser el día más caluroso hasta ese momento del año. Eso, bien podía ser un augurio.
Maximiliano Guerra escuchó el aviso 12 minutos antes de las seis de la mañana. De lunes a viernes se despertaba cinco minutos antes de las cinco. Lo primero siempre era tomar un baño caliente y rápido, ataviarse correctamente para presentarse en su lugar de trabajo. Caminaba once cuadras todos los días para llegar a él. A esa hora, el transporte público de la ciudad no funcionaba y para Max las caminatas eran una buena manera de llegar con la mente y el cuerpo despiertos a la panificadora donde él prestaba sus servicios.
Acabó de escuchar la información del clima, se enfundó la filipina negra con la que se uniformaba a diario. Salió de su casa decidido a tener un buen día, a ponerle buena cara a la vida y disfrutar haciendo lo que hacía. Caminó las cuadras hacia la panificadora pensando, o mejor dicho, divagando, acerca de la suerte y el tiempo.
El recorrido fue tranquilo y vivificante; caminando, Maximiliano comprobó que los pronósticos climatológicos podían ser ciertos pues a pesar de ser tan temprano, el ambiente se percibía bochornoso, húmedo, y el sol aún no había salido. Llegó puntual a la panificadora, don Venancio, el dueño, lo recibió con un apretón de manos y una palmada fraternal en el hombro.
Maximiliano inició su jornada preparando una enorme masa que después partió en múltiples trozos de tamaños iguales. Al paso de dos horas y 36 minutos, esos pedazos de masa se convirtieron en hogazas listas para ser vendidas. Al terminar de preparar esos panes, elaboró más charolas del mismo producto.
Absorto en su labor, en esa cocina donde no entraba la luz del sol, se le fueron las primeras cuatro horas a Maximiliano. Pasando de las 10 de la mañana, se tomó el acostumbrado receso por la hora del almuerzo. Tenía la costumbre de visitar una fonda cercana, atendida por la señora Placencia, una anciana viuda que alimentaba a sus hijos con lo que obtenía de la venta de comidas corridas. Maximiliano se sentía en confianza con esa señora, ahí pasaba íntegros los 30 minutos que le autorizaban para alimentarse en las mañanas.
Salió de la panificadora después de las 10 y media de la mañana. Al asomar por la puerta hacia la calle, la intensidad de la luz solar lo deslumbró, sintió que sus ojos se secaron y que el calor abrasaba cada parte de su cuerpo. No importó, de cualquier forma caminó hacia la fonda, hambriento; mientras caminaba se fue imaginando la delicia de platillo que pediría.
Maximiliano sabía que tenía el tiempo contado pues al volver a la panificadora después del desayuno, tenía el encargo de llevar las hogazas como donación a un hogar de niños desvalidos, al que llegarían ese día varios niños nuevos, pequeños provenientes de un pueblo muy pobre de donde fueron expulsados por órdenes de un político.
A don Venancio le resultaba particularmente importante que las hogazas estuvieran a tiempo pues de ello dependía que recibiera una ayuda de parte de la alcaldía para su negocio. La llegada de esos niños sería supervisada personalmente por el alcalde de la ciudad. Por eso la aflicción de don Venancio por hacer llegar puntualmente los panes a la casa hogar.Si el alcalde veía esa contribución, seguramente sería retribuido.
Maximiliano pensó que lo que les estaba ocurriendo a esos niños desamparados podía llamarse mala suerte pues ninguno de ellos tenía nada que ver con los conflictos que había en su pueblo.
Cuando llegó a la fonda, la encontró cerrada. -Esto también se puede llamar mala suerte-, pensó.
Una de las cosas que hacía a Maximiliano cliente de ese lugar era que, si lo necesitaba, le daban la comida aunque la pagase hasta el final de la semana pues en la panificadora recibía su pago semanal los sábados al medio día. En ese momento no tenía dinero en efectivo, su única opción sería caminar rápidamente las seis cuadras que había de distancia hasta la sucursal más cercana del banco donde podría obtener algo del dinero que guardaba en su cuenta personal.
El sol a esa hora caía con todo su peso y su poder encima de la ciudad. Maximiliano aguantó con trabajos la intensidad del calor, era mejor eso que soportar el hambre y el traspaso.
Enorme sorpresa se llevó al llegar al banco. Al pasar a la ventanilla, la señorita cajera, con tono gentil, lamentó decirle que en ese momento no podía darle dinero en efectivo por una falla en el sistema de cómputo del banco. En cambio, lo invitó a acudir a otra sucursal, la más cercana quedaba a 13 cuadras de distancia. Maximiliano pensó en cuál sería la mejor opción para solucionar el problema.
Salió más hambriento del banco, se amarró las agujetas de los zapatos pensando qué hacer. Lo que fuera, tenía que ser de inmediato pues los minutos seguían corriendo y debía regresar puntual al trabajo y a atender el encargo de don Venancio.
Pensar de manera lógica cuando se siente hambre es algo de verdad complicado. Con esa sensación de vacío y sintiéndose ligeramente mareado, Maximiliano decidió que intentaría llegar a tiempo al banco y regresar a la panificadora. Tal vez comprar algo de comer en el camino.
Comenzó la caminata con pasos acelerados. Pasó por una escuela, una enorme y vieja secundaria en proceso de demolición. Maximiliano vio junto a una de las paredes más altas, un andamio construido por los albañiles que ahí trabajaban. Era muy alto. Nada más de verlo, Maximiliano sintió vértigo y pensó -Mala suerte sería, por ejemplo, tener que trabajar arriba de esos andamios-.
Siguió su paso hasta llegar a la calle Décima Victoria. En la esquina había una patrulla atravesada impidiendo el paso de más vehículos por el lugar. Seis oficiales de policía caminaban de un lugar a otro detrás de la patrulla, en el área acordonada. Caminó por el lugar sin ver nada fuera de lo normal. Unos pasos más adelante, vio que los policías tapaban apresuradamente un cuerpo tendido sobre la acera de enfrente. Unos cables colgaban de un poste de luz. Toda la escena era confusa, pero Maximiliano no tenía tiempo para indagar.
Tras haber presenciado todo el desorden en esa calle, pensó en qué clase de mala suerte hay que tener en la vida para morir en la calle como un perfecto desconocido, sin gloria ni nada, sólo muerte y olvido.
Al seguir avanzando en su camino rumbo al banco, Maximiliano se dio cuenta de que el tiempo se le había acortado considerablemente. La hora de regresar al trabajo estaba cada vez más cerca. -Quizás haya calculado mal el tiempo-, reflexionó. Pero ya estaba a la mitad del camino y el hambre aumentaba con el paso de los minutos, como también iba creciendo la sensación de mareo y debilidad por falta del primer alimento del día. Además, el calor se sentía infernal, y más aún bajo la filipina negra que usaba de uniforme en la panificadora.
Avanzó unas cuadras más. En ese momento comenzó a sentir que veía borroso, sudaba frío y su respiración estaba agitada. Por el esfuerzo de caminar bajo los rayos más intensos de la luz solar, la presión arterial se le bajó. Siempre le ocurría eso si no desayunaba a una hora decente. Aún así, continuó su andar.
Maximiliano prefirió mantener el buen humor con el que salió de casa esa mañana muy temprano. A pesar de todo, seguía en busca de la sucursal del banco. Necesitaba contar con dinero para resolver las cosas del resto del día y ya encaminado, nada lo detendría.
La segunda mitad del trayecto hacia la sucursal bancaria fue más pesada que la primera; el hambre y el calor surtieron un efecto de severo agotamiento en el cuerpo y la convicción de Maximiliano. Siguió caminando en línea recta, pasando cuadras, viendo al resto de transeúntes y preguntándose a dónde iría cada uno de ellos. A medida que avanzaba tenía la sensación de que su destino se estaba alejando y que nunca llegaría. En ese momento del día, la temperatura era exactamente la que predijeron los meteorólogos en la radio.
Maximiliano sintió el acre sabor de su boca reseca, los labios se le pegaron; lo único que lo consoló fue que la sucursal del banco estaba a dos cuadras nada más. Un poco más y llegaría. Motivado por la cercanía de su objetivo, aceleró el paso. En su andar presuroso, vio un anuncio que llamó su atención en la fachada de un negocio; desde antes de llegar a ese sitio, volteó su mirada hacia las letras rotuladas en la pared. Le gustó la combinación de color anaranjado con verde que usaron. Al pasar en ese punto, el pie izquierdo de Maximiliano avanzó, mientras él seguía observando el letrero al paso. En el lugar donde debía caer el pie para dar el paso, había un escalón que Maximiliano no vio; el pie se fue de largo, medio metro abajo, el suelo era de tierra y piedras, sobre una de ellas cayó todo el peso de su cuerpo. El tobillo se dobló por completo, el dolor arrancó un grito desde lo más profundo del alma de Maximiliano. Un grito que también contenía mucha de la rabia que sintió en ese momento desafortunado. Cayó al suelo, su filipina se manchó de tierra. También una parte de su cabeza se impregnó.
El banco estaba a tan solo una cuadra. Maximiliano casi había llegado a su ansiado destino. Se levantó, sacudió con las manos su filipina y se quitó la tierra del cabello. El dolor en el tobillo era intenso; revisó la parte dolorosa, bajó el calcetín; vio su tobillo hinchado y con un hematoma alrededor del hueso del tobillo.
-No importa- pensó, -ya casi llego-.
No pudo caminar normalmente, el dolor en el tobillo se lo impidió, pero llegó al banco brincando sobre su pie derecho y sujetándose de las paredes. En la entrada del banco, una señorita uniformada le dio un boleto con el número de turno que le tocaría para poder retirar el efectivo.
Tomó asiento en los lugares de espera. Vio su boleto, era el número 189, después vio la pantalla que muestra el turno actual de ventanilla; el cliente en ese momento era un hombre de edad avanzada, a él le había tocado el turno 146. Faltaban 43 clientes antes del turno de Maximiliano. Preguntó la hora con alguien que estaba ahí esperando su número; eran 14 minutos después del tiempo límite para volver a la panificadora, pero, la verdad es que con el dolor de tobillos estaba olvidado del compromiso hecho con don Venancio. Pensó en regresar de inmediato, pero al verse ahí en el banco, consideró que lo mejor era esperar su turno y volver después. El dolor también había mitigado el hambre que sentía.
Al paso de 52 minutos, la pizarra de los turnos mostró el número 185, sólo faltaban tres personas más y por fin pasaría. Atento, observó a la distancia todo lo que el cliente 185 hacía en la ventanilla. La cajera y el cliente hablaron, ella tomó el teléfono, un instante después, colgó. Él gesticulaba como explicando algo. Maximiliano, ansioso por pasar, sintió deseos de gritarles que se dieran prisa, pero se contuvo. Por fin, el joven cliente se retiró de la ventanilla cargando una mochila de lona llena de dinero. Se trataba del hijo de un reconocido empresario local. El muchacho retiró una fuerte cantidad en efectivo, que nadie en el banco supo, con ello se iría a un viaje como regalo de su padre por haberse graduado del doctorado en negocios internacionales.
Un par de minutos después, la pantalla de los turnos se apagó ante la sorpresa de Maximiliano y el resto de clientes. Un ejecutivo del banco se paró enfrente de todos los que esperaban sentados. Era el gerente de la sucursal, quien amablemente se disculpó y anunció que no habría más retiros de efectivo porque el joven que acababa de salir, se llevó todo el dinero con el que contaban. Reiteró la disculpa e invitó a que fueran a otra sucursal, a cuatro cuadras de ahí.
Maximiliano se quedó perplejo ante el anuncio del gerente. Volvió a sentir un sabor amargo en su boca y un intenso ardor en el esófago y el estómago, en seguida, tuvo deseos de vomitar, pero no pudo porque el dolor de tobillo seguía ocupando la mayor parte de sus pensamientos.
Él y todos los clientes salieron del banco; así, en grupo, se dirigieron hacia la otra sucursal que les indicaron. No fue necesario llegar hasta ella. Desde lejos se podía que de ahí salía una enorme fila de personas. Eran por lo menos 50, más todo el grupo que iba con Maximiliano. Eso se había vuelto un imposible.
No hizo siquiera el esfuerzo de acercarse más, dejó que el resto del grupo fuera hacia el banco, él decidió regresar a la panificadora; para ello tendría que caminar de vuelta, por lo menos otras 15 cuadras. No había más remedio, así que caminó lentamente, cojeando, doliéndose de su infortunio.
Muy lentamente regresó hacia la panificadora, más hambriento que al principio y con la novedad de que su tobillo izquierdo estaba hinchado y morado como un sapo. Las agruras se hicieron más severas en el camino. Maximiliano detuvo su paso para sentarse, primero en un parque, en una banca donde estuvo unos minutos tratando de mitigar el dolor con masajes en el tobillo; más adelante se sentó en una escalera, a la entrada de una casa; por último, se sentó dos cuadras antes de la panificadora a donde llegó después de 49 minutos de caminata lenta y dolorosa.
La puerta estaba cerrada. Era obvio que adentro no había nadie. Don Venancio habría salido, supuso Maximiliano, a entregar las hogazas en la casa hogar de niños desamparados. Colgando de la puerta había un papel con un mensaje en manuscrito. Era la letra de don Venancio, decía “Maximiliano, si acaso regresas, estás despedido”.
En menos de dos horas, la vida de Maximiliano dio muchos y muy estrepitosos giros. La decepción lo derrotó; explotó en llanto y se sentó en el piso, recargando la espalda sobre la puerta cerrada de la panificadora. Ahí se quedó esperando un rato a que volviera don Venancio para tratar de explicarle lo que había ocurrido y el por qué de la tardanza.
Sin embargo, después de media hora, Maximiliano se levantó de ahí. Comenzó el camino rumbo a su casa, soportando los embates del dolor de tobillo, del hambre, de las agruras y del amargo sabor de su boca completamente seca. En todo el trayecto de vuelta, no volvió a pensar en la mala suerte.
Con todo su corazón deseaba llegar a casa y quitarse los zapatos, la ropa, tomar un baño fresco, comer algo y después ir al hospital a recibir atención por el tobillo hinchado.
Llegó exhausto, rendido moralmente después de la peor mañana de toda su vida. Él sólo salió de la panificadora porque quería desayunar. Jamás iba a pensar que su camino se volvería tan incierto y complicado.
Parado enfrente de la puerta, Maximiliano metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, en el que normalmente guardaba las llaves de su casa, pero no encontró nada; buscó en la bolsa izquierda, pero esa también estaba vacía. Con las dos manos palpó los bolsillos delanteros y traseros de su pantalón sin encontrar objeto alguno. Al tocar la parte posterior, tampoco sintió el acostumbrado bulto que hacía su cartera.
Soprendido, trató de recordar si sus llaves y cartera podían haber quedado en la panificadora, pero no. También rememoró el momento en que tropezó y se dobló el tobillo, quizás ahí las dos cosas cayeron de los bolsillos, pero no consiguió tener ningún recuerdo claro de eso.
Instantes después, un escalofrío recorrió su cuerpo en ese día de calor infernal. Fue entonces cuando Maximiliano recordó que las llaves y la cartera habían quedado en los bolsillos de otro pantalón desde la noche anterior. En la billetera estaba su tarjeta; sólo con ella hubiera podido retirar dinero del banco si el destino se lo hubiese permitido.

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