Por Eduardo Torres Alonso
Un día no basta, aunque nos obliga a tener presente, a fuerza de que la conversación se vuelca sobre el tema, de que las mujeres importan. ¡Vaya cosa! Su presencia, su aporte social y la (des)igualdad en la que viven emergen como cuestiones cardinales de nuestras sociedades.
Cada 8 de marzo se nos recuerda que la igualdad entre mujeres y hombres sigue sin ser un logro consumado. La fecha, instituida por la Asamblea general de las Naciones Unidas en 1977, convoca a reflexionar sobre las desigualdades y violencias estructurales que persisten y atraviesan la vida de las mujeres en todos los ámbitos. Insistamos: un día no es suficiente, pero ayuda a visibilizar las brechas que las separan del resto y los cambios urgentes que se requieren para que la aspiración de una sociedad igualitaria deje de ser un discurso hueco.
El nuevo pacto colectivo, en clave de igualdad exige, de modo ineludible, pensar en las causas y los responsables de este lamentable estado de cosas. En ese ejercicio, las nuevas masculinidades tienen un papel central para repensar y modificar las relaciones de género. Este enfoque propone romper con las formas tradicionales de entender la masculinidad históricamente definidas por la autoridad, la violencia, el dominio y la negación de las emociones y las vulnerabilidades.
Ser hombres no significa reproducir conductas que reafirmen el poder masculino y la opresión de las mujeres y quienes no encajan en el estereotipo de lo que se espera de un «hombre de verdad». Más bien, se trata de resignificar la masculinidad desde la empatía, la corresponsabilidad y el respeto.
El impacto de esta transformación va más allá de lo simbólico: incide en las políticas públicas, en la convivencia día a día y en el bienestar emocional de las personas.
Hablar sobre las nuevas masculinidades en ocasión del 8M no supone desviar el foco de las luchas feministas a las que tanto debemos, incluso, los hombres por hacer que nos repensemos, sino ampliar la mirada para que los cambios sociales sean integrales. Si se quiere erradicar la violencia contra las mujeres, terminar con la feminización de la pobreza, eliminar las brechas laborales y garantizar la plena y efectiva participación de las mujeres en todos los espacios, es imprescindible cuestionar las normas culturales que sostienen la dominación masculina.
El 8M debe ser una oportunidad para interpelar a las instituciones, pero también a nosotros mismos.
La igualdad no se logrará por decreto, sino cuando en las prácticas cotidianas, en las conversaciones familiares, en las escuelas y en los centros de trabajo se reconozca y valore la dignidad de cada persona, sin importar de quién se trate.








