Zafarrancho en Xicoténcatl
El Senado debería ser la casa del debate civilizado. En cambio, la vieja sede de Xicoténcatl terminó convertida en gallera. Los protagonistas: Gerardo Fernández Noroña, como presidente interino de la Cámara alta, y Alejandro “Alito” Moreno, que no se quedó cruzado de brazos.
La escena fue tan burda como predecible. Noroña, fiel a su estilo de agitador, utilizó la silla presidencial no como un espacio de árbitro, sino como tribuna de militante. Negó a la oposición su derecho a fijar posición, se burló de los reclamos y mantuvo la misma pose pendenciera que lo ha hecho famoso en cada tribuna. Insultó a lo senadores llamándolos traidores y calló groseramente a Lilly Téllez, mientras interpelaba a Adan Augusto. Esa actitud, más que la calentura del momento, fue la gota que derramó el vaso.
Alito, con todos los defectos que se le puedan enumerar, hizo lo que muchos consideraron inevitable: bajó de su escaño, subió a la tribuna y encaró al mal logrado presidente. Los empujones y manotazos que siguieron dieron forma al zafarrancho. Pero, lejos de quedar como un arrebato condenable, la escena lo ha colocado en un lugar inesperado: más respaldo que crítica.
EL ESTILO NOROÑA
No es la primera vez que Noroña protagoniza un espectáculo de este tipo. Su carrera parlamentaria está marcada por desplantes, insultos y un lenguaje incendiario que raya en lo vulgar. Desde sus tiempos como diputado, se ha dedicado más a la provocación que a la construcción de consensos. Lejos de elevar el nivel del debate, lo ha reducido a gritos, acusaciones y golpes de pecho contra todo aquel que discrepe.
En la tribuna de San Lázaro se le recuerda por llamar “traidores” a sus adversarios, por sacudir pancartas mientras otros legisladores intentaban hablar, por bloquear el acceso a la mesa directiva y por insultar a periodistas que no le aplaudían. Su expediente es largo: desde llamar “hipócritas” a los católicos hasta acusar sin pruebas de corrupción a medios y opositores. Lo suyo ha sido siempre la política del exabrupto.
Incluso fuera del Congreso, Noroña se ha caracterizado por un estilo confrontativo. Ha insultado a presidentes, a secretarios de Estado y a miembros de la prensa. Su fama de “tribuno del pueblo” descansa en esa capacidad de ofender, de generar ruido mediático y de presentarse como víctima de un sistema que —según él— lo persigue por decir “la verdad”. Pero esa verdad siempre viene envuelta en la estridencia de quien confunde valentía con grosería.
EL REFLEJO DE UN GOBIERNO
Lo ocurrido en Xicoténcatl no es un hecho aislado, sino el reflejo de una forma de gobernar que desde Palacio Nacional ha normalizado la confrontación como estrategia. La investidura se usa como micrófono para insultar a periodistas, empresarios, opositores o jueces. Noroña, convertido ahora en presidente del Senado, no hace más que replicar ese patrón en la Cámara alta.
Por eso el choque con Alito se interpretó de manera distinta. No como una riña entre dos políticos más, sino como la imagen de un México que está harto de la provocación cotidiana. La respuesta de Moreno, fue vista por muchos como un acto de resistencia frente al “matón del barrio”. Y en política, la percepción cuenta tanto o más que los hechos.
INSTITUCIONES EN RIESGO
El problema es mayor: si la presidencia del Senado se convierte en plataforma de hostigamiento en vez de garante de equilibrio, el mensaje es devastador. La institución que debería moderar el debate se vuelve escenario de linchamiento. Y entonces la política deja de ser deliberación para convertirse en espectáculo.
Nadie ganó en el zafarrancho. Perdió el Congreso como institución, perdió la política como ejercicio de razón. Pero en la arena pública, donde la percepción pesa más que el reglamento, Alito salió mejor librado de lo que muchos esperaban. Su gesto de confrontar a Noroña le dio algo que rara vez consigue: empatía ciudadana.
La polarización sigue su curso. Y mientras el oficialismo la azuza desde la presidencia de la República y ahora desde la presidencia del Senado, escenas como esta se volverán normales. El himno nacional apenas termina de sonar y ya tenemos gladiadores listos para el espectáculo. La Sombra del caudillo retrató el México donde los generales dictaban la política desde atrás del telón. Hoy asistimos al México donde el zafarrancho dicta la agenda, y donde a veces, en medio del bochorno, el que se atreve a enfrentarlo encuentra más respaldo que condena.