Liberación, no cinismo
Es francamente increíble la crítica de la 4T y de sus seguidores más fanatizados hacia quienes vemos la caída de Nicolás Maduro como un acto de liberación para el pueblo de Venezuela. Aun concediendo —porque es cierto— que el régimen sigue vivito y coleando mientras permanecen sus principales operadores y se espera que más temprano que tarde entreguen un poder que usurpan ilegalmente, reducir toda la discusión a que Donald Trump “solo quiere el petróleo” es una simplificación torpe y, peor aún, hipócrita.
Sí, el petróleo importa. Importa porque Venezuela concentra alrededor de una cuarta parte de las reservas probadas del mundo. Importa porque ese mismo energético fue rematado durante años a mitad de precio a países como China. Importa porque el chavismo quebró a su empresa emblema, destruyó la capacidad técnica y hundió la producción a niveles de subsistencia. Hoy Venezuela ya no figura entre los grandes exportadores: su lugar en el ranking mundial es marginal, lejísimo del potencial que alguna vez tuvo. Eso no es “soberanía”; es devastación económica deliberada.
MISERIA, POBREZA Y EXILIO
Los abusos cometidos contra los venezolanos no son una consigna: son una realidad que los empujó a la miseria. Un país que fue potencia energética terminó convertido en uno de los más pobres del continente, disputando los últimos lugares de América Latina junto con Haití. No por falta de recursos, sino por la rapiña institucionalizada, la corrupción estructural y la destrucción consciente del aparato productivo.
Salarios pulverizados, hiperinflación, desabasto crónico de alimentos y medicinas, hospitales colapsados: el catálogo completo del fracaso autoritario.
A ello se suma la diáspora más grande que haya conocido la región: alrededor de nueve millones de venezolanos fuera de su país, huyendo no por capricho, sino por supervivencia. Ninguna retórica “antiimperialista” explica esa estampida humana.
USURPACIÓN ELECTORAL Y TERROR DE ESTADO
El poder fue usurpado elección tras elección, simulando procesos democráticos que el régimen ganaba a toda costa: inhabilitaciones selectivas, control del árbitro electoral, uso de recursos públicos, intimidación abierta y fraude. No hubo alternancia porque nunca se permitió competir en igualdad de condiciones.
Y cuando la ciudadanía se manifestó, la respuesta fue la violación sistemática de los derechos humanos: miles de presos políticos, perseguidos, exiliados y, en no pocos casos, asesinados por protestar. Detenciones arbitrarias, torturas documentadas, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales. No son excesos aislados; es un método de control.
SOBERANÍA NO ES IMPUNIDAD
Hablan de soberanía como si fuera una patente de corso, como si bastara invocarla para blindar cualquier crimen. Pero la soberanía no es un fuero para la impunidad. No ampara la tortura, no justifica la persecución política, no legitima la usurpación del poder ni convierte en “asunto interno” el hambre, el exilio forzado y la represión sistemática. Cuando un Estado convierte a sus ciudadanos en rehenes, la soberanía deja de ser un principio y se vuelve una coartada.
LA DOBLE MORAL DE LOS OFENDIDOS
La indolencia de quienes se asumen de izquierda y hoy se dicen ofendidos porque Trump “vulneró la soberanía” venezolana raya en el cinismo. Las protestas organizadas en México fueron insignificantes y, curiosamente, hubo más venezolanos reclamándoles a esas huestes que mexicanos defendiendo una causa que, en todo caso, no les corresponde. Los venezolanos —los de carne y hueso— celebran la caída de Maduro. Lo demás es postureo ideológico desde la comodidad.
Trump no miente cuando habla del potencial petrolero venezolano. Es poco cuidadoso al decirlo, sí. Pero de ahí a afirmar que “se lo va a robar” hay un abismo. Nadie ha dicho que no se pagará el crudo. De hecho, Chevron nunca dejó de adquirir petróleo venezolano, incluso en los peores momentos del régimen. ¿Dónde estaba entonces la indignación soberanista?
UNA RUTA ESTÉRIL
El gobierno de Claudia Sheinbaum parece insistir en una ruta que no conduce a ninguna parte. México no obtiene beneficio alguno de su relación con dictaduras como Venezuela y Cuba. Ni económico, ni moral, ni estratégico. Aferrarse a ellas es cargar un lastre innecesario.
Por más críticas —muchas legítimas— que se puedan hacer a Estados Unidos, lo cierto es que ningún otro poder sobre la tierra habría sido capaz de destronar a Maduro. Él llevó las cosas al extremo y cerró cualquier salida pacífica que incluso le hubiera resultado benéfica.
Hoy quedan Delcy Rodríguez, Vladimir Padrino López y Diosdado Cabello, cómplices de los abusos cometidos. Eso no es suficiente. Y sería lamentable que Trump termine negociando con esa banda de forajidos mirando solo el interés económico de su país.
Mientras tanto, María Corina Machado guarda un silencio prudente. Pero no se va a dejar. Si intentan salir con una batea de baba, el engaño no pasará.
Trump aún puede quedar en la historia como un libertador. Si opta por el trueque cínico, pasará a ser un mercader mezquino e inescrupuloso. Nada está escrito. Habrá que observar los hechos y la secuencia de los próximos días, semanas y meses para saber a qué atenernos.








