Infancias rotas
Con diez años se debería aprender a leer mejor, a jugar sin miedo, a imaginar futuros posibles. Con diez años no se debería parir. Y sin embargo, en San Cristóbal de las Casas, una niña de apenas diez años dio a luz y hoy se encuentra grave. Su cuerpo no estaba preparado. Su mente tampoco. El bebé nació prematuro. El supuesto padre, un joven mayor de edad que se presentó como “esposo”, desapareció. Y el Estado, como casi siempre, llegó tarde.
No se trata de un hecho aislado ni de una tragedia excepcional. Es apenas una postal más de una realidad que se multiplica en las comunidades más pobres de Chiapas, particularmente en la región de Los Altos, donde el embarazo infantil dejó de escandalizar para convertirse en estadística.
LOS ALTOS: DONDE LAS CIFRAS YA NO CONMUEVEN
Chiapas encabeza desde hace años los índices nacionales de embarazo infantil y adolescente, especialmente en niñas de entre 10 y 14 años.
Mientras en otras entidades esa cifra desciende, aquí se mantiene —o crece— como una constante. No por casualidad, sino por abandono.
Pobreza estructural, ausencia de educación sexual, falta de servicios de salud cercanos y funcionales, violencia normalizada, uniones tempranas disfrazadas de “costumbre” y una justicia que rara vez entra a las comunidades. El resultado es devastador: niñas convertidas en madres y madres condenadas a repetir la pobreza.
NATALIDAD, PROGRAMAS SOCIALES Y EL CÍRCULO VICIOSO
Hay un dato que pocos se atreven a poner sobre la mesa: los altos índices de natalidad en Chiapas son directamente proporcionales al número de programas sociales, pero no porque estos incentiven la maternidad, sino porque no existe una política integral que acompañe esos apoyos con educación, planeación familiar y desarrollo económico real.
Más nacimientos significan más demanda de servicios de salud, más presión sobre escuelas saturadas, más necesidad de vivienda, más gasto social. Y Chiapas no tiene ni el músculo económico ni la capacidad presupuestal para sostener indefinidamente ese crecimiento demográfico sin desarrollo. El resultado es un barril sin fondo: se administra la pobreza, pero no se rompe el ciclo.
DESCOLONIZAR…
Ahora que se ha puesto de moda hablar de “descolonizarlo todo”, quizá valdría la pena empezar por descolonizar a los más marginados de un asistencialismo electoral que, lejos de emanciparlos, los mantiene cautivos. Porque cuando el ingreso depende del padrón, del apoyo condicionado y del favor político, la pobreza deja de ser un problema a resolver y se convierte en un instrumento de control.
No hay derechos, hay dádivas, porque si los hubiera el dinero debería de servir para cambiar estás realidades.
LA POLÍTICA DE ESTADO QUE NUNCA LLEGÓ
Aquí está el punto central: Chiapas no tiene una política de Estado para proteger a la infancia, solo programas dispersos, discursos bienintencionados y reacciones tardías cuando el daño ya está hecho.
No hay educación sexual integral adaptada a contextos comunitarios.
No hay cobertura real de salud reproductiva en zonas rurales.
No hay seguimiento institucional efectivo de la violencia sexual infantil.
No hay una estrategia que rompa la transmisión intergeneracional de la pobreza. Y sin eso, todo lo demás es simulación.
NO SON NÚMEROS
La niña que hoy lucha por su vida en un hospital de San Cristóbal no es una cifra ni un expediente. Es una infancia rota, como muchas otras. Y cada vez que normalizamos estos casos, cada vez que los reducimos a “problemas culturales” o a fatalidades inevitables, renunciamos como sociedad a proteger lo más básico: a nuestros niños.
Chiapas no necesita más diagnósticos ni más consignas importadas. Necesita romper la dependencia, sustituir el asistencialismo por desarrollo y la retórica por responsabilidad. Porque mientras la pobreza siga siendo rentable políticamente, la tragedia seguirá siendo estructural.
Y entonces no será culpa de la niña. Será responsabilidad de todos los que prefirieron administrar el atraso antes que desmontarlo.








