A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

La soberanía como escudo

La operación militar —que muchos se empeñan en llamar invasión— para sustraer a Nicolás Maduro, acusado en tribunales norteamericanos por delitos ligados al crimen organizado y al narcotráfico, desató una defensa furibunda de la izquierda por la “soberanía” que curiosamente no vimos con la misma vehemencia en otros escenarios como la invasión rusa a Ucrania o Taiwán, cercada permanentemente por China. La doble vara es tan evidente que deja al descubierto una verdad incómoda: los organismos internacionales, empezando por Naciones Unidas, hace tiempo que dejaron de cumplir el objetivo para el que fueron diseñados.

No es que hoy “no puedan” hacer nada. Es que desde hace años no han podido —o no han querido— detener bombardeos como los de Libia, ni frenar las intervenciones abiertas o encubiertas y los financiamientos de Rusia o de Estados Unidos. Nadie detuvo nada. Nadie respondió con eficacia. Y así, la soberanía terminó convertida en coartada.

VENEZUELA, UNA EXCEPCIÓN MORAL

El caso venezolano sí es excepcional. No por capricho, sino porque la soberanía se ha usado como escudo para proteger a un mandato criminal, hanbreador y espurio, surgido de elecciones no reconocidas por la mayoría de los países del mundo; un régimen que ha oprimido y expulsado a casi nueve millones de personas. Bajo ese cobijo, el poder actúa a sus anchas.

LOS ALIADOS DE SIEMPRE

No hay misterio sobre quiénes lo respaldan: el Foro de São Paulo, ahora Grupo de Puebla y los regímenes populistas y socialistas que aún sobreviven tras empobrecer a sus pueblos: el caso infame de Cuba, el fracaso estatista en Bolivia o Ecuador. Solidaridad ideológica, silencio estratégico.

LA OMISIÓN INTERNACIONAL

Por eso Donald Trump se cansó de financiar no solo a la ONU, sino a otros organismos que parecen de adorno y no ofrecieron respuestas ante abusos sistemáticos. Antes de condenar, la ONU debió hacer algo para proteger al pueblo venezolano; como tampoco hizo nada durante décadas con Cuba, en vez de avalar a una fuerza multinacional para derrocar a esas dictaduras. En esa omisión está la raíz del problema: cuando nadie actúa, cada Estado defiende sus intereses.

SEGURIDAD NACIONAL Y GEOPOLÍTICA

Para Estados Unidos, Venezuela se convirtió en asunto de seguridad nacional: narcotráfico, redes criminales y alianzas con enemigos comerciales o militares como Irán, Rusia o China. La diplomacia torpe de Trump para explicarlo —incluido el interés petrolero— no cambia el fondo: o se defiende una soberanía abstracta que ampara abusos, o se respalda que alguien haga algo. Y los venezolanos, en buena medida, lo han aplaudido.

LOS INTACTOS

Conviene aclararlo: las cabezas visibles siguen ahí. Delcy Rodríguez, Vladimir Padrino y Diosdado Cabello actúan envalentonados, sabedores de que la crítica a Washington suele favorecerlos. La narrativa antiimperialista vuelve a ser refugio.

¿Y LA DEMOCRACIA?

Venezuela fue expulsada del Mercosur y la OEA por violar la cláusula democrática. A Maduro le importaron poco las condenas de la Unión Europea y de un sinfín de países. Hoy, paradójicamente, apelan a la solidaridad internacional.

HORA DE REPENSARLO TODO

Ya va siendo hora de replantear el papel real de estos organismos. La soberanía no puede seguir siendo el manto que cubre tiranías. Cuando la legalidad internacional se convierte en retórica vacía, otros llenan el vacío con decisiones extremas. El problema no es que eso ocurra; el problema es por qué tuvo que ocurrir.

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