A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

Los creyentes

Desde la Antigüedad se sabe que la degradación de la política comienza cuando la razón es sustituida por la fe ciega. En Atenas, cuna de la democracia, Platón advirtió que cuando el pueblo deja de deliberar y empieza a seguir pasiones, la democracia degenera en demagogia. Ya no gobiernan los argumentos, sino quienes mejor saben manipular el ánimo colectivo. La República Romana recorrió el mismo camino. El culto al líder, la exaltación del resentimiento social y la promesa de redención desde el poder transformaron al ciudadano en súbdito. Aristóteles lo explicó con crudeza: el tirano no necesita convencer, necesita creyentes. Donde hay fanatismo, la virtud cívica estorba.

Nada de eso es nuevo.
Solo cambia el lenguaje.
Toda transformación auténtica se sostiene en ideas, resultados y autocrítica. La llamada Cuarta Transformación, en cambio, se sostiene cada vez más en otra cosa: la fe política. No en ciudadanos críticos, sino en devotos. No en razones, sino en consignas. No en deliberación pública, sino en obediencia emocional.

EL PODER Y LA FE

Todo régimen que fracasa en la realidad necesita triunfar en el relato. Y para eso requiere creyentes: personas dispuestas a justificarlo todo, a negar lo evidente, a culpar siempre a un enemigo externo. El pasado, el neoliberalismo, la prensa, los jueces, los científicos, Estados Unidos; cualquiera sirve mientras no se mire al poder. En esa lógica no existen errores, solo traiciones. No hay críticas legítimas, solo ataques “conservadores”. No hay datos incómodos, solo “campañas”. El creyente no discute: acusa. No razona: descalifica. No contrasta: repite.

NO TODOS CREEN

Conviene decirlo con claridad: no todos los que defienden al régimen lo hacen por fe. Algunos creen —o fingen creer— porque les conviene. Porque han encontrado acomodo, contratos, negocios, impunidad o protección al amparo del poder. Su lealtad no es ideológica: es transaccional. Defienden no un proyecto, sino su lugar en la mesa. Otros lo hacen por prebendas. Programas sociales convertidos en mecanismo de control político, apoyos usados como chantaje emocional, subsidios que no empoderan sino que dependen. No es ciudadanía: es clientelismo. No es justicia social: es administración de la pobreza.

LOS TONTOS

Hay, además, una categoría distinta y quizá la más trágica: los tontos útiles. Aquellos que creen estar luchando por la justicia social mientras aplauden la destrucción de instituciones, la militarización de la vida pública, el debilitamiento del Estado de Derecho y la concentración obscena del poder. No obtienen contratos ni prebendas relevantes. Obtienen consignas, aplausos momentáneos y la ilusión de superioridad moral. El régimen no los ve como ciudadanos, sino como herramientas: sirven para atacar, para linchar en redes, para intimidar al disidente, para llenar plazas. Después estorban. Y cuando estorban, se desechan. Eso decía Lenin.

MORAL DE CARTÓN

El creyente —por fe, por conveniencia o por dependencia— se indigna selectivamente. Se escandaliza por el pasado, pero guarda silencio ante el presente. Tolera la pobreza mientras el discurso sea “correcto”. Justifica la violencia mientras el culpable sea “el otro”. Defiende la soberanía mientras el país se desangra y el Estado pierde el control del territorio. Eso no es compromiso político. Es complicidad.

EL DESTINO

La historia es clara: los creyentes nunca heredan el poder que defienden. Ni los fanáticos, ni los convenencieros, ni los tontos útiles. Todos son reemplazables. Todos son prescindibles. El régimen siempre sobrevive a sus fieles.

La historia no absuelve a los creyentes. Y cuando el poder cae, nadie recuerda a quienes aplaudieron,
sino a quienes pensaron.

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