Volver a volar Chiapas
Chiapas fue pionero en algo que hoy vuelve a cobrar sentido: usar la aviación para unir a la gente. Mucho antes de que existieran carreteras asfaltadas y antes de que la conectividad se volviera palabra de moda, el estado entendió que el avión no era un lujo, sino una herramienta de integración territorial.
UNA FIGURA QUE MARCÓ UNA ERA
La historia no se entiende sin Francisco Sarabia. Nacido en 1900 en Ciudad Lerdo, Durango, Sarabia fue uno de los grandes pioneros de la aviación comercial mexicana. Se formó como piloto en Estados Unidos y regresó al país con una idea clara: poner el avión al servicio del desarrollo, no del espectáculo.
En los años treinta impulsó rutas aéreas en el sureste, fundó empresas de transporte aéreo y fue clave en la conectividad de Chiapas, Tabasco y la península de Yucatán cuando el aislamiento era la regla. Su vuelo récord Ciudad de México–Nueva York, realizado en menos de once horas a bordo del Conquistador del Cielo, lo colocó en la escena internacional. Murió trágicamente en 1939, pero dejó sembrada una visión: volar para integrar.
UNA RED QUE YA EXISTIÓ
Entre las décadas de 1920 y 1940, Chiapas llegó a contar con entre 25 y 40 pistas de aterrizaje distribuidas a lo largo de su territorio. No eran aeropuertos formales, sino pistas de tierra, abiertas en potreros, llanuras o claros de selva. Aterrizar ahí exigía pericia, conocimiento del terreno y una audacia que hoy parece impensable. Esas pistas conectaban Tuxtla, Tapachula, Comitán y San Cristóbal, pero también regiones remotas de la Sierra Madre, la Selva Lacandona y la Frontera Sur. Por ellas no solo viajaban pasajeros: viajaban correo, médicos, maestros, medicinas y presencia del Estado. En muchos casos, el avión era el único vínculo rápido con el resto del país.
EL HILO QUE RETOMA EL PRESENTE
Con el paso del tiempo, muchas de esas pistas desaparecieron o quedaron en el olvido. La aviación de enlace fue sustituida por carreteras incompletas y por una visión centralizada que dejó fuera a comunidades dispersas. Por eso resulta relevante que hoy el gobernador retome ese hilo histórico y lo convierta en gestión concreta. En su reciente gira de trabajo en la Ciudad de México, el diálogo con autoridades federales permitió poner sobre la mesa un proyecto que, en el fondo, no es nuevo, pero sí urgente: fortalecer la conectividad aérea regional a través de Aerobalam, la Tour Operadora Turística Aérea del Gobierno de Chiapas, y avanzar hacia una red de aeródromos que acerque turismo, servicios y oportunidades a comunidades de difícil acceso. La interlocución con la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes y la Agencia Federal de Aviación Civil no es un gesto protocolario: es el paso indispensable para ordenar, regular y hacer viable una idea que Chiapas ya probó hace casi un siglo.
A ello se suma que Chiapas ya forma talento aeronáutico propio. La Secretaría de Protección Civil ha impulsado la carrera de aviación en el estado, fortaleciendo capacidades locales para la operación aérea, la atención de emergencias y la protección civil. Volver a volar no es solo infraestructura: es también capital humano formado en casa.
VOLAR TAMBIÉN ES GOBERNAR
Hay algo profundamente chiapaneco en esta apuesta. No se trata solo de turismo ni de aviones: se trata de reconocer la geografía, de entender que gobernar Chiapas implica pensar en vertical, no solo en horizontal. Volar es, en este contexto, una forma de justicia territorial.
Retomar la aviación como herramienta de integración no es nostalgia: es memoria bien aplicada. Chiapas ya supo hacerlo cuando no había tecnología ni recursos. Que hoy el gobernador lo recupere mediante gestiones formales y respaldo federal es, en el fondo, volver a volar sobre una idea que nunca terminó de aterrizar.








