El outsider
Hay encuestas que aparecen como quien deja una cerilla encendida en un cuarto lleno de gasolina. Una de esas sugiere una ventaja amplia entre quienes votarían por el PAN a favor de Ricardo Salinas Pliego. Y él, fiel a su libreto, ya dijo que no. Y luego que no. Y luego, otra vez, que no. Tres veces no, como quien entiende que en política el “no” también es una forma de “todavía”.
EL INSTINTO DEL OUTSIDER
Ese triple rechazo no es timidez: es estrategia. Lo que se está construyendo, con cálculo quirúrgico, es la figura del outsider. El que no le debe nada a nadie, el que no carga el costal de piedras de los partidos, el que se asoma desde la orilla para decir: “yo no soy de esos”.
Porque hoy los partidos se parecen a esas camionetas viejas de rancho: sirven, sí, pero traen tanta historia encima que cuando intentas subirte ya te manchaste la camisa.
Y ahí está el espejo de Milei. Empezó como fenómeno de redes, con un estilo personalísimo, con un tono que a muchos les pareció estridente, casi caricaturesco. Al principio “está loco”, decían. Luego “está exagerando”. Después “esto ya se puso serio”. La política contemporánea, aunque nos duela, ya no se cocina sólo en comités; se cuece en pantallas, en clips, en indignaciones virales. Y el outsider entiende esa lógica mejor que nadie.
LA IZQUIERDA DEMOCRÁTICA Y LA OTRA
Pero América Latina no es un tablero uniforme. Hay izquierdas que todavía operan dentro de un marco democrático —con tensiones, sí, pero con alternancia posible— y hay izquierdas que, cuando se sienten acorraladas, se convierten en dictadura.
Argentina y Chile, con todos sus problemas, siguen siendo países donde se disputa el poder de manera real. En el otro extremo están los casos donde la retórica antiimperialista se vuelve permiso para aplastar al adversario: Maduro que se aferraba al poder con un país deshecho; Díaz-Canel administrando la ruina como si fuera virtud; Ortega sosteniendo un reinado tropical con cárcel, exilio y silencio.
Y aquí viene lo incómodo: la disyuntiva mexicana ya no es entre “izquierda y derecha”, sino entre “democracia con instituciones” o “poder sin contrapesos”. México, se ve más cerca del modelo venezolano que del chileno. La erosión de instituciones, el control de lo que sobrevive, la captura del Legislativo, la toma del Judicial, el forcejeo constante contra el árbitro electoral, la tentación permanente de reformar reglas cuando no convienen: todo eso dibuja un paisaje peligroso.
EL MANUAL DEL PODER: ASISTENCIALISMO, APARATO Y MIEDO
El asistencialismo masivo —financiado con deuda y con costo futuro— no es sólo política social: es estructura electoral. Millones de beneficiarios, operadores territoriales, servidores de la nación, programas que se sienten en la mesa de la casa.
Sumemosle el control de gubernaturas, el aparato estatal y la capacidad de movilización, y tienes una maquinaria completa: votos, operación y vigilancia.
Y todavía falta el ingrediente que nadie quiere mirar de frente: la sombra del crimen organizado. No afirmo sentencias; señalo el ambiente. Hay acusaciones, episodios, intimidaciones, asesinatos de candidatos y climas donde competir no es campaña: es supervivencia. Con ese cóctel, el mensaje implícito es terrible: “no hay forma de que pierdan”.
EL TERMÓMETRO INTERMEDIO Y EL REACOMODO
Las intermedias serán termómetro. Ahí veremos si hay resistencia real o sólo resignación. Ahí también veremos si la oposición entiende que su problema no es ideológico, sino aritmético. Porque dispersar el voto opositor, con cada partido cuidando su parcela y su ego, es regalarle el tablero al oficialismo que pondrá a prueba toda su maquinaria para no perder la mayoría en el congreso.
CORINA MACHADO Y LA FÓRMULA DE LA UNIDAD
En Venezuela, frente a un sistema diseñado para no perder, la oposición tuvo que inventar un método: unificarse. Corina Machado lo entendió: primero se hace una elección interna para que haya un solo abanderado.
La idea, trasladada a México, sería brutalmente simple: una coalición no alrededor de un partido, sino alrededor de un candidato independiente. Un paraguas, no una camiseta.
Porque si cada partido va por su cuenta, cada uno se quedará con “sus votos duros” y la oposición perderá por división, aunque el país esté harto.
LAS FIRMAS: EL FILTRO Y LA TRAMPA
Ahora bien: el independiente no es libre; es un corredor con pesas en los tobillos. Para la candidatura presidencial necesita alrededor de un millón de firmas (el 1% del padrón nacional) y al menos el 1% del padrón en 17 estados. En condiciones normales, con fama y con estructura, no debería ser problema. El problema es otro: lo van a observar con lupa. Si quieren tumbarlo, el camino más limpio es el más sucio: invalidar apoyos, “depurar” firmas, castigar errores administrativos, asfixiar por fiscalización. Por eso, si Salinas va en serio, no puede jugar a “cumplir el requisito”.
Tiene que rebasarlo obscenamente. No un millón: dos. No dos: tres. Y, sobre todo, cuidar a su equipo como si fueran cirujanos: porque aquí una firma mal tomada no es un error; es una bala legal.
LA CAMPAÑA REAL: CASILLAS, DATOS Y RESISTENCIA
Luego viene lo que decide elecciones cerradas (y más si el árbitro está bajo fuego): representantes de casilla en todo el país para tener las boletas de la elección como pasó en Venezuela. No es romanticismo democrático: es logística militar. Y un sistema paralelo de captura y concentración inmediata de actas, para documentar lo documentable y cerrar la puerta a la impunidad del “no pasó nada”.
Y sí: está el factor de las televisoras. Un instrumento de comunicación masiva que incomoda. Uno que muchos dudarían en tocar, porque tocarlo sería incendiar algo más grande que una elección. En un escenario extremo, incluso podría sostener una narrativa de resistencia inédita cubriendo su señal en todo el territorio desde el extranjero. Esto ya no suena a campaña: suena a una cruzada contra el régimen.
EL ARTE DE LO POSIBLE
La política, al final, es el arte de lo posible dentro de lo deseable. Lo deseable sería una oposición razonable, partidos renovados, instituciones fuertes y un árbitro incuestionable. Pero México no está en la mesa de lo deseable: está en el taller de emergencia de lo posible.
Y la pregunta no es si Salinas cae bien, si es simpático o si es el amigo ideal. La pregunta es otra, más cruda: en el escenario que se está construyendo, ¿hay alguien más con capacidad de financiar su campaña sin comprometerse, de montar una estructura nacional, de resistir presión y de no depender de los partidos? Ahí, por ahora, el tablero se queda casi vacío.
¿Podrá Salinas lograrlo?
Podrá si entiende que no compite contra candidatos, sino contra una maquinaria de Estado. Podrá si convierte su “no” en un “sí” a tiempo. Podrá, sobre todo, si la oposición deja de verse al espejo y decide, por primera vez en mucho tiempo, ver al país. Porque si no lo hacen, no será que Morena gane. Será que nadie pudo —o quiso— impedir que se perpetúe en el poder.








