Y enmudeció el palenque
En la canción La muerte de un gallero, esa pieza popular que primero hizo suya Antonio Aguilar y que después llevó a lo más alto Vicente Fernández, el momento decisivo no está en la tragedia del hombre, sino en la irrupción del gallo. No es cualquiera: es el Águila Real. Cuando el animal se avalanza no contra el gallo rival, sino contra el propio gallero que apenas está soltando al suyo, se rompe el ritual. El grito se corta de golpe. La multitud enmudece. No es cobardía: es la turbamulta acallada por la fuerza del hecho consumado. El silencio no nace del miedo, sino del pasmo ante lo inevitable.
EL RUIDO COMO ARMA
La política mexicana vive de palenques. Durante años, el grito fue uno solo: expedientes fiscales, litigios prolongados y una acusación repetida con vocación moralista —“no paga impuestos”. Ese fue el único flanco verdaderamente eficaz para desacreditar a Ricardo Salinas Pliego ante la opinión pública. Todo lo demás —su fortuna, su estilo, su carácter— era accesorio. Aquí, el señalamiento fiscal funciona como garrote simbólico.
CUANDO EL GALLO CAMBIA DE OBJETIVO
La manifestación de voluntad de pago del crédito fiscal determinado por el Servicio de Administración Tributaria, bajo los plazos y beneficios que la ley prevé tras años de litigio, altera por completo la escena. No se trata de una concesión política ni de un perdón disfrazado. Es la aplicación estricta del Estado de derecho. El sistema fiscal no existe para humillar, sino para cobrar. Y cuando el contribuyente reconoce el adeudo y se somete a las reglas, la autoridad está obligada a cobrar conforme a ellas.
LAS CIFRAS SIN GRITERÍA
Conviene poner los números en su lugar. El crédito firme ronda los cincuenta mil millones de pesos. En esquemas de pago en parcialidades, eso implica destinar una porción relevante de utilidades durante varios años. No es poca cosa. Significa menos margen para expansión, menos dividendos, menos holgura financiera. Pero también significa algo decisivo: no hay quiebra, no hay confiscación, no hay despojo. Hay flujo financiero aplicado a una obligación legal.
EL ARGUMENTO QUE SE DESARMA
Con ese movimiento, el reproche central se diluye. Ya no hay “evasor”; hay contribuyente regularizado. Y cuando el argumento principal cae, la gritería se queda sin libreto. Lo que queda es ruido de fondo: que si es rico, que si es empresario, que si incomoda. Nada de eso inhabilita a nadie en una democracia. Al contrario: el cumplimiento verificable suele tener un efecto corrosivo sobre la indignación de ocasión.
LA TURBAMULTA EN SILENCIO
Lo importante no es el pago en sí, sino el mensaje implícito: pagué lo que la autoridad determinó, bajo las reglas que ella misma estableció. No hubo genuflexión ni trato de favor. Hubo cumplimiento. Y el cumplimiento, cuando es claro, no necesita gritos: acalla a la turbamulta.
DESPUÉS DEL PALENQUE
¿Es esto vía libre automática rumbo a 2030? No. La política no se gana con balances contables. Se gana con votos, estructura y narrativa. Pero sí elimina el único cerrojo jurídico-moral que podía usarse como arma preventiva. A partir de aquí, el debate deja de ser fiscal y pasa a ser político. Como debe ser. En los palenques, cuando el gallo se le va encima incluso al gallero, no hay discusión posible. El ruido se apaga solo. Y entonces —como dice la canción— enmudece el palenque.








