A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

La nueva hoguera digital

Hubo un tiempo en que las plazas públicas servían para escuchar, debatir y contrastar ideas. Hoy, paradójicamente, esas plazas se han trasladado a una pantalla y, en demasiadas ocasiones, se han convertido en tribunales sumarios donde la sentencia llega antes que los hechos. Bastan unos segundos, un video recortado o un encabezado malicioso para encender la indignación colectiva.
Las redes sociales, que nacieron como espacios para acercarnos, terminan a menudo funcionando como hogueras digitales donde alguien es arrojado al fuego sin derecho a defensa. No importa si la acusación es cierta, exagerada o falsa: una vez que la multitud enciende la llama, el daño ya está hecho.

LA VELOCIDAD DEL JUICIO

El problema no es la crítica. La crítica es necesaria, especialmente en la vida pública. El problema es cuando el juicio se dicta sin escuchar, cuando se etiqueta sin conocer y cuando se reduce a una persona a un instante fuera de contexto.

Se olvida con facilidad que detrás de cada cargo, de cada nombre que circula en la polémica, hay una historia personal, una vocación, una familia y una trayectoria con aciertos y errores, como cualquiera. Pero en la lógica digital eso se vuelve irrelevante: la persona desaparece y queda solo el personaje que conviene atacar.

LA INDIGNACIÓN COMO ESPECTÁCULO

Las redes han convertido la indignación en un espectáculo rentable. El escándalo genera clics, los clics generan alcance y el alcance se traduce en influencia. Así, la verdad pasa a segundo plano frente al impacto emocional.

Y cuando el odio se normaliza como forma de participación política, la democracia se erosiona. Porque exigir cuentas es sano; destruir reputaciones por deporte, no. No se construye una sociedad más justa desde el insulto ni desde la desinformación.

EL NEGOCIO DEL ESCÁNDALO

A esa dinámica se suma otro problema incómodo: cierto sector de la prensa que ha dejado de ejercer el periodismo para comportarse como un sicariato mediático. No todos, por supuesto, pero sí aquellos que convierten la crítica en moneda de cambio.

El mecanismo es conocido en la vida pública: golpear, insinuar, presionar… hasta que llega el convenio, la pauta o el apoyo que compra silencio o transforma los ataques en elogios. Un verdadero derecho de piso mediático donde algunos gobiernos terminan pagando por recibir aplausos en lugar de trancazos.

Y así, la opinión pública deja de informarse para convertirse en rehén de intereses económicos disfrazados de libertad de expresión. La prensa libre es indispensable; el chantaje, no.

SERVIR EN TIEMPOS HOSTILES

Hoy ejercer un cargo público exige no solo capacidad y vocación, sino también resistencia emocional. Seguir trabajando en medio del señalamiento injusto requiere carácter. No es buscar aplausos; es sostener convicciones aun cuando el ambiente se vuelve adverso.

Eso no significa que nadie deba quedar exento de crítica ni de responsabilidad. Significa que debemos recuperar un principio elemental: cuestionar es válido; deshumanizar, no.
Porque si algo deberíamos cuidar en esta época de linchamientos digitales es la capacidad de reconocer al otro como persona. No permitir que la furia momentánea nos robe la empatía.

Y quizá el verdadero acto de valentía, en estos tiempos, sea apagar la hoguera y volver a encender la conversación.

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