Soberanía de papel
Durante los eventos organizados este fin de semana pasado por Morena bajo la consigna de la “defensa de la soberanía”, quedó al descubierto algo que ya no es casualidad, sino método: el doble discurso convertido en política de Estado. No fueron actos de reflexión, sino de consignas y ejercicios de alineamiento partidista, con línea dictada y obediencia cerrada, donde la consigna importó más que la realidad. Mientras Donald Trump ha señalado públicamente que le pidió a Claudia Sheinbaum detener el respaldo energético al régimen cubano, como efectivamente lo hizo, su gobierno optó por el rodeo semántico con las llamadas ayudas humanitarias.
Durante años fue Venezuela quien proveyó a Cuba la mayor parte del petróleo como parte de un eje político que sostenía artificialmente al régimen. Hoy esos envíos se han suspendido porque la cúpula venezolana —con Delcy Rodríguez como operadora central— está siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Washington. El margen se terminó.
México también formó parte de ese esquema. En menor proporción, sí, pero en volúmenes que, comparados con sexenios anteriores, alcanzaron cifras escandalosas. De acuerdo con estimaciones periodísticas basadas en datos oficiales de comercio exterior, los envíos de crudo y derivados a Cuba durante el primer año del nuevo gobierno se han movido entre 800 y más de 1 000 millones de dólares, con promedios mensuales cercanos a 90 millones de dólares. Eso fue exactamente lo que Trump exigió detener: no el eufemismo, no la narrativa de “ayuda humanitaria”, sino el flujo real de recursos energéticos que mantenía con respirador artificial a una dictadura fallida.
LA SOBERANÍA QUE DESAPARECE
México no ha movido un solo dedo frente a los operativos antimigrantes en Estados Unidos que han incurrido en abusos evidentes, incluidos contra mexicanos. No hay un reclamo abierto. Ahí la soberanía se guarda en el cajón. No hay protestas firmes, no hay presión diplomática, no hay defensa real del ciudadano. Solo silencio.
Más grotesca aún es la conformación de un disque movimiento en respaldo abierto a Nicolás Maduro, presentado como si se tratara de una víctima del “imperialismo”. Es el apoyo explícito a una dictadura represora que ha expulsado a más de ocho millones de personas y ha hundido a su país en la miseria. Defender eso no es solidaridad latinoamericana: es complicidad criminal.
RADICALIZACIÓN Y MATRIZ AUTORITARIA
En su soberbia, Morena se radicaliza y deja ver sin pudor su ADN más autoritario, cada vez más cercano a las peores izquierdas del continente. Ese doble discurso nos coloca al filo de la navaja justo cuando se aproxima la negociación del tratado de libre comercio.
No se puede chiflar y comer pinole al mismo tiempo. De ese tratado dependen más de siete millones —una tercera parte— de los empleos en México. Y los estamos poniendo en riesgo por andar coqueteando con dictaduras fracasadas. No lo hacen por romanticismo ideológico, sino por complicidad. El dinero se acabó. La deuda creció como nunca, el gasto deficitario se volvió regla y todo el andamiaje electoral descansa en programas sociales que requieren, guste o no, empleo formal y estabilidad económica. Si esa negociación sale mal, el país puede entrar en una crisis profunda en cuestión de días.
NO SE HAGAN LOS SORPRENDIDOS
Estados Unidos no necesita invadir México. Basta con cerrar la llave. El 70 % de la gasolina que consumimos proviene de allá. El país se paralizaría en dos o tres días. Súmese el tema alimentario: entre 60 % y 70 % del maíz, arroz, frijol y trigo se importa de Estados Unidos. Esa es la dependencia real que nadie se atreve a decir en la plaza pública.
Lo que Trump está exigiendo es simple: que dejen de hacerse guajes. Las agencias de inteligencia saben perfectamente que los grandes capos —la cabeza de la hidra— siguen intocados. No se puede hablar de soberanía cuando la delincuencia organizada domina amplias zonas del territorio y se normaliza esa realidad desde el poder.
PARTIDO DE ESTADO
Especialmente alarmante es el discurso triunfalista de partido único que se empieza a normalizar en los estados. Celebrar la desaparición de la oposición, como lo pronosticó nuestro Ejecutivo estatal durante su discurso, no es fortaleza democrática: es vocación hegemónica. Y ese lenguaje no pertenece a una sociedad plural, sino a regímenes autoritarios.
Que no se confunda nadie. Una cosa es respaldar a un gobernante y otra muy distinta es comulgar con el partido que lo postuló. Morena insiste en confundir liderazgo con obediencia y mayoría absoluta con permiso para imponer.
EL PRECIO DE LA SIMULACIÓN
La verdadera amenaza a la soberanía no viene de fuera. Viene del autoengaño, de la simulación y de un partido que cree que puede sostener al país a base de consignas mientras compromete miles de millones de dólares en respaldar dictaduras, arriesga empleos y juega con la estabilidad nacional. Cuando la realidad pase la factura —porque siempre la pasa— no bastarán las marchas ni los discursos.
La soberanía no se proclama. Se ejerce. Y hoy, por errores propios, está peligrosamente en entredicho.








