A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

Dime de qué presumes

Hay una idea tan extendida como corrosiva en las sociedades contemporáneas: creer que el dinero lo compra todo. No sólo bienes materiales, sino respeto, legitimidad, estatus y hasta poder moral. No importa su origen. No importa el método. No importa si fue producto del trabajo, del abuso, de la tranza o del crimen. Lo esencial es tenerlo, exhibirlo y ejercer poder a toda costa, incluso por encima de los principios más elementales.

CONSUMO COMO SUSTITUTO DE IDENTIDAD

El consumismo no ha creado esta distorsión; la ha amplificado. Lo que verdaderamente la explica es una decadencia de valores que lleva a muchas sociedades a confundir el tener con el valer. En ese contexto surgen productos culturales chatarra y bienes materiales sobrevalorados, cuyo precio no guarda relación con su calidad, su utilidad o su aporte real, sino con su capacidad para vender estatus.

No se compra por necesidad ni por excelencia. Se compra para aparentar, para ser visto, para suplir con objetos lo que no se construyó con educación, carácter o mérito. El mercado responde a esa lógica ofreciendo símbolos donde hay vacío y etiquetas donde falta identidad.

EL LUJO COMO SIMULACRO

Por eso resulta tan revelador que muchas marcas de supuesto “lujo” se fabriquen en masa a costos mínimos y luego se vendan a precios desproporcionados. El valor no está en la manufactura ni en la durabilidad, sino en el relato que rodea al producto. Se compra la ilusión de pertenecer a una élite imaginaria, la sensación de superioridad prestada, el brillo que pretende sustituir al contenido.

DINERO, PODER Y LEGITIMIDAD FALSA

La distorsión se vuelve más grave cuando el dinero mal habido es celebrado como símbolo de éxito. Narcotráfico, corrupción y tranza dejan de verse como degradación moral para convertirse en atajos aspiracionales. La riqueza rápida otorga visibilidad y poder, y eso basta para que algunos la confundan con admiración legítima.
Aquí la crisis ya no es económica. Es civilizatoria. Cuando el poder se busca a cualquier costo y los principios se consideran obstáculos, la ética deja de ser fundamento para convertirse en ingenuidad.

OSTENTACIÓN

No es casual que en las economías más cultas y avanzadas este fenómeno no sea central. Ahí el capitalismo funciona, pero el estatus no depende de la ostentación sino del mérito y la aportación real. El dinero es herramienta, no identidad. No absuelve ni ennoblece por sí mismo.

En sociedades culturalmente frágiles ocurre lo contrario. Al faltar referentes sólidos, el prestigio se compra. Al faltar educación profunda, se presume. Y al faltar valores compartidos, se impone el poder como medida del éxito.

Al final, la ostentación suele decir más de lo que intenta ocultar. Porque una sociedad que convierte el tener en sinónimo de valer termina exhibiendo, sin querer, su propia precariedad moral.

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