La nueva desigualdad ¿Nos estamos volviendo menos inteligentes?
La pregunta parece provocadora, incluso incómoda. Durante décadas nos repetimos que cada generación superaba a la anterior. El llamado “Efecto Flynn” mostraba que el coeficiente intelectual promedio aumentaba con el paso del tiempo. La humanidad parecía avanzar no solo en tecnología, sino también en capacidad cognitiva.
Pero algo cambió.
DIVERSIÓN MASIVA, PENSAMIENTO ESCASO
Diversos estudios muestran que en varios países desarrollados esa tendencia se ha detenido e incluso revertido. No se trata de una involución genética, sino de una transformación en la manera en que pensamos.
La revolución digital modificó nuestros hábitos mentales. Ganamos velocidad, inmediatez y acceso ilimitado a información. Pero perdimos concentración profunda, lectura prolongada y capacidad de análisis complejo.
En México el fenómeno adquiere un matiz particular. A la precariedad educativa histórica se suma ahora la cultura del estímulo permanente. Redes sociales dominadas por consignas, polarización alimentada por algoritmos, debates reducidos a etiquetas. Se privilegia la reacción sobre la reflexión.
La discusión en torno a los nuevos libros de texto de educación básica no es menor. Más allá de simpatías ideológicas, preocupa la reducción del énfasis en contenidos estructurados, pensamiento lógico y lectura sistemática.
Cuando la formación se diluye en narrativas fragmentadas o enfoques excesivamente doctrinarios, el alumno pierde herramientas fundamentales para el análisis crítico. Educar no es simplificar la realidad; es dotar al estudiante de instrumentos para comprender su complejidad.
CAPITAL COGNITIVO Y PODER POLÍTICO
La desigualdad tradicional se medía en ingresos. Hoy comienza a medirse también en capital cognitivo. Quienes pueden acceder a educación sólida, lectura crítica y formación analítica desarrollan herramientas mentales superiores. Quienes no, quedan atrapados en el consumo de entretenimiento inmediato.
Esa diferencia impacta directamente en la calidad democrática. Una sociedad que no lee textos largos difícilmente sostendrá reformas complejas. Una ciudadanía que decide con base en emociones primarias es terreno fértil para el populismo, la simplificación moral y el culto al líder.
México vive una etapa donde la narrativa sustituye al argumento. Se habla de transformación mientras se debilitan instituciones. Se apela al “pueblo” mientras el debate se empobrece. La conversación pública se polariza y el matiz desaparece. Pensar distinto se convierte en sospecha.
EDUCACIÓN, TECNOLOGÍA Y RESPONSABILIDAD
La tecnología puede democratizar el conocimiento como nunca antes. Pero si el sistema educativo no exige disciplina intelectual, lectura profunda y razonamiento lógico, la herramienta se convierte en distracción permanente.
La nueva desigualdad no se medirá únicamente en pesos o patrimonio. Se medirá en capacidad de pensar. Y esa brecha, si no se corrige, será más profunda que cualquier disparidad económica.
Porque una nación que descuida el rigor intelectual de sus niños está hipotecando su futuro democrático.
Y esa es una deuda que ningún discurso podrá saldar.








