Lekil kuxlejal, ni manada, ni museo
En Chiapas vuelve a cobrar fuerza una idea que suena amable, casi poética: el lekil kuxlejal, el “buen vivir”. Se presenta como alternativa moral al modelo occidental de desarrollo, como recuperación de la armonía comunitaria y como antídoto frente al individualismo moderno. El planteamiento, en apariencia, es noble: vivir en equilibrio, respetar la comunidad, no perder la raíz cultural.
El problema no está en la expresión. El problema surge cuando ese concepto deja de ser reflexión cultural y se convierte en política de Estado. Cuando deja de ser horizonte ético libremente asumido y pasa a ser criterio rector del desarrollo público.
Porque entonces la pregunta es inevitable: ¿quién define qué significa “vivir bien”?
Si la respuesta es la comunidad entendida como voluntad colectiva, el individuo comienza a diluirse. Si la respuesta es el Estado que interpreta esa cosmovisión, el riesgo es todavía mayor: el poder político empieza a decidir cuál es el modelo legítimo de realización personal.
Y cuando el Estado define la forma correcta de vivir, la libertad deja de ser principio y se convierte en concesión.
DEL IDEAL CULTURAL A LA INGENIERÍA SOCIAL
El lekil kuxlejal parte de una verdad parcial: el ser humano no es un átomo aislado. Se forma en comunidad, en lengua, en tradición. Nadie nace sin contexto. Esa dimensión relacional es innegable.
Pero una cosa es reconocer que la persona surge en comunidad, y otra muy distinta es sostener que la comunidad debe determinar su horizonte vital.
Cuando el concepto se institucionaliza, suele venir acompañado de una narrativa que privilegia la permanencia sobre la movilidad, la suficiencia local sobre la ambición individual, la armonía estática sobre la transformación. El mensaje implícito es que aspirar a más puede interpretarse como ruptura del equilibrio.
Y ahí aparece la tensión.
El joven que quiere migrar para estudiar ingeniería, ¿está traicionando el “buen vivir”? La mujer que desea independencia económica, ¿está desarmonizando su comunidad?
El emprendedor que quiere competir en mercados nacionales, ¿está abandonando su identidad? Si el ideal comunitario se convierte en parámetro oficial del desarrollo, el margen de decisión personal se reduce sin necesidad de prohibiciones formales. Basta con la presión moral y el discurso legitimado desde el poder.
EL EJEMPLO QUE DESMONTA LA RETÓRICA (CON SUS MATICES)
Ahí está el caso de Alberto López Gómez, originario de Aldama. Creció en un entorno profundamente tradicional. Aprendió desde niño el arte textil. Decidió profesionalizarlo, innovar y proyectarlo internacionalmente. Su trabajo llevó técnicas tsotsiles a escenarios globales, demostrando que la identidad no es frontera sino plataforma.
Sin embargo, también es cierto que, pese a sus logros, han existido señalamientos y conflictos con artesanas que colaboraron en su producción, relacionados con presuntos adeudos o desacuerdos en los pagos, a reserva de contar con información completa y verificada al respecto.
Y este punto no debe ignorarse.
Porque precisamente aquí aparece el otro lado del individualismo: la responsabilidad. El éxito personal no exime del cumplimiento ético. La libertad no elimina obligaciones. El emprendimiento no puede desligarse de justicia contractual ni del respeto a quienes forman parte de la cadena productiva.
El individuo libre es también individuo responsable.
Este matiz no invalida el argumento central, lo fortalece. Ni el colectivismo idealizado ni el individualismo sin límites construyen una sociedad sana. Lo que construye es la combinación de libertad personal con reglas claras, contratos cumplidos y respeto mutuo.
EL RIESGO DEL PATERNALISMO
En Chiapas, el discurso del “buen vivir” suele caminar de la mano del asistencialismo permanente. Se habla de preservar identidad mientras se pospone la construcción de condiciones reales para la movilidad económica. Se celebra la armonía mientras se normaliza la dependencia.
El resultado es una especie de estancamiento elegante: tradición sin prosperidad, cohesión sin crecimiento, pertenencia sin autonomía.
La prosperidad moderna no nace de la deliberación colectiva permanente, sino de la iniciativa individual protegida por instituciones sólidas: propiedad segura, educación de calidad, acceso a crédito, competencia abierta y Estado de derecho.
Nada de eso contradice la vida comunitaria. Lo que exige es que el sujeto del derecho sea la persona, no el colectivo abstracto.
COMUNIDAD QUE ACOMPAÑA, NO QUE ABSORBE
La comunidad es valiosa cuando acompaña, orienta y sostiene. Se vuelve problemática cuando sustituye la voluntad personal. El individuo no es enemigo de la tradición. Es su dinamizador.
La mujer que estudia no rompe su identidad. El joven que emprende no traiciona su raíz. El artista que experimenta no deja de pertenecer. La dignidad no está en la masa. Está en la conciencia individual capaz de decidir.
Si queremos desarrollo real en Chiapas, debemos hablar menos de comunidades abstractas y más de ciudadanos concretos. Personas con derechos y obligaciones propias, responsables de sus actos y libres para elegir cuánto desean avanzar.
Ni manada.
Ni museo.
Ciudadanos.








